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El Archimago se retira - Capítulo 50

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  4. Capítulo 50 - 50 Capítulo 14 Mentiras suaves
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50: Capítulo 14: Mentiras suaves.

(#1) 50: Capítulo 14: Mentiras suaves.

(#1) El carruaje llegó a la capital después de casi tres semanas de viaje.

Por orden directa de Silvania, el cochero debía dirigirse sin desvíos al palacio.

No había margen para negociar ni posibilidad de tomar otro rumbo: el destino estaba sellado desde el primer día.

Durante el trayecto, dos pensamientos lo habían acompañado como una sombra persistente: ¿Me enviarán a la frontera chinsonita?

y ¿estará Lena bien allá?

Aunque ambas inquietudes parecían un mismo hilo, la primera estaba ligada a su papel en la guerra, y la segunda a una preocupación creciente, casi dolorosa, por ella.

No podía negar que el viaje había sido extenuante, no por la distancia, sino por lo que cargaba en el pecho.

Había subido a ese carruaje con una herida abierta y sangrante en el corazón.

Tres semanas habían sido suficientes para meditar… pero no para sanar.

No existía remedio para esa llaga.

Los guardias del palacio, al ver el sello real en el carruaje, lo dejaron pasar sin preguntas.

No había otro lugar en todo el reino donde los jardines fueran tan fastuosos.

El sendero principal estaba custodiado por almendros en flor; los pétalos blancos y rosados caían como copos suaves, creando una melancolía que se mezclaba con el temor que Dyan llevaba en el estómago.

El carruaje se detuvo en la entrada principal, donde dos sirvientas lo esperaban.

Al bajar, tuvo la extraña sensación de entrar en un mundo ajeno.

Los pilares blancos, la piedra tallada y las esculturas de aves que vigilaban la entrada parecían ofrecer una belleza impecable… pero también un mensaje silencioso: la perfección era una máscara que ocultaba un mundo al que él no pertenecía.

Una de las sirvientas le ofreció la mano para ayudarlo a descender; la otra, con gesto automático, buscó un equipaje que no existía.

Lo único que llevaba consigo era el báculo que sus compañeros de batalla le habían regalado: madera de almendro, vetas largas que daban un aire sobrio y cálido.

—Joven Dyan, su Majestad lo espera.

Sígame, por favor —dijo la primera sirvienta, con cortesía impecable.

—Por supuesto.

Mientras subía los peldaños, se preguntó si la reina lo recibiría con la misma calidez que sus cartas o si, por el contrario, lo juzgaría por lo que no pudo hacer: por haberse expuesto a heridas graves, por haber estado lejos de sus deberes tanto tiempo.

Aunque apenas había pasado una estación, su ausencia como asistente del Archimago podía verse como una falta grave.

Y aunque contaba con su autorización, en el fondo temía que se interpretara como debilidad… o peor aún, como una distracción sentimental que lo apartaba del camino que había jurado seguir y del que ahora se sentía prisionero.

Caminaron por los amplios pasillos.

No era la primera vez que veía el palacio, pero siempre lo impresionaba: alfombras mullidas, retratos solemnes de las reinas Wilfrost alineados en el corredor principal, candelabros de vidrio que atrapaban y multiplicaban cada rayo de luz.

Subieron por la gran escalinata y avanzaron hasta el ala Este, el bastión personal de Silvania.

A pesar de la belleza, todo le resultaba distante, como volver a una casa donde uno sabe que no es más que un invitado temporal.

Sin querer, recordó la casa de Lena: pequeña, pero cálida.

Un brasero en una esquina, una pintura familiar colgada sobre la sala modesta, la cocina de leña, la mesa para cuatro usada casi siempre por un solo lado, el parrón en el patio, viejo como la propia casa, que parecía haber sido construida a su alrededor.

Humilde, sí… pero con un calor que ningún lujo podía imitar.

La extrañaba.

No debía admitirlo, pero lo hacía.

Se detuvieron frente a una puerta enorme, tallada con flores tan finamente trabajadas que parecía que sus pétalos y hojas quisieran escaparse de la madera para echar raíces sobre la alfombra.

—Joven Dyan, su Majestad lo espera —dijo la sirvienta, abriendo paso.

Al entrar, se encontró con un salón amplio, las paredes tapizadas de libreros llenos, sillones cercanos a las estanterías y, al fondo, una gran mesa.

En la cabecera, Silvania Wilfrost.

La luz que entraba por el ventanal a su espalda encendía sus cabellos cobrizos como llamas vivas.

Las sirvientas entraron tras él.

Silvania hizo un gesto para que se acercara.

Un puesto lo aguardaba junto a la reina.

Dyan caminó manteniendo la espalda recta, cuidando que sus pasos no delataran debilidad.

Cuando se disponía a arrodillarse, su voz clara lo detuvo.

—No es necesario, Dyan.

Por favor, toma asiento a mi lado.

Alzó la mirada.

Una de las sirvientas tomó su báculo y la otra le corrió la silla como si fuera un invitado ilustre.

—Come con tranquilidad —dijo Silvania—.

Solo quería darte la bienvenida.

Ha sido un viaje largo, y mereces algo que te devuelva las fuerzas.

Dyan asintió, aunque la opresión en su pecho no cedió.

—Majestad… —comenzó, sin saber si sus palabras serían escuchadas como gratitud o como excusa.

Tragó saliva.

—Disculpe mi demora.

—Bajó la cabeza—.

No quiero excusarme.

Sé que tardé más de lo razonable, pero… Silvania lo interrumpió con la mirada fija en su mano vendada.

Las vendas, gastadas y reutilizadas más de lo prudente, estaban sin embargo limpias.

—No necesitas disculparte.

Levanta la cabeza, por favor.

Dyan obedeció, y en cuanto sus miradas se encontraron lo supo: en sus ojos había tristeza… la misma que había visto tantas veces antes de llegar a la Torre, esa compasión envenenada que odiaba con el alma.

Lástima.

Su rostro se endureció.

No permitiría que nadie, ni siquiera ella, lo mirara así.

—Majestad… ¿puedo pedirle algo?

—Dime, con confianza.

Si está a mi alcance, lo haré realidad.

No dudó, porque esa promesa se la había hecho a sí mismo en los días más oscuros de su vida.

—No me mire con lástima nunca más.

Agradezco sus sentimientos, pero solo cumplía con mi deber.

Y esto… —levantó la mano vendada— …es solo prueba de que aún no soy tan bueno como debería.

Silvania sintió un peso en el pecho, pero suavizó su expresión, obedeciendo su petición.

—Lo siento —dijo, con voz tan tenue como el rocío del amanecer.

—Oh, no, Majestad, no pretendo que se disculpe.

Solo quería dejar claro que mis heridas no son su culpa.

Quien va a la guerra debe cargar con sus propias heridas, sus debilidades… y sus victorias.

La reina se acomodó en su asiento y, con un leve gesto, indicó a las sirvientas que sirvieran al invitado.

Tomó su taza de té con elegancia, bebió un sorbo breve pero suficiente para ordenar sus pensamientos.

En los ojos plateados del joven ardía todavía la misma determinación que ella había visto en su primer encuentro, aunque ahora estaba cubierta por capas de tristeza y dolor.

—Por tus cartas, parece que la capitana Caldrim cuidó de ti con esmero.

Un rubor súbito asaltó el rostro de Dyan.

—Sí, Majestad.

Me trató con un cuidado que creo inmerecido.

Algún día… le devolveré su amabilidad.

—Ya veo —dijo Silvania, con una sonrisa apenas perceptible.

Reconocía bien esa mezcla de timidez y afecto.

La juventud rara vez sabía esconderla—.

Quizá la veas pronto.

Una sirvienta llenó la taza de Dyan y colocó frente a él un platillo con bizcochos.

El mago intentó mantener la compostura.

—¿Qué quiere decir, mi reina?

Tengo entendido que partió a la frontera oeste el día después de que yo dejara Glacius.

Silvania desvió la mirada hacia los jardines, como si contemplar la calma de los almendros en flor pudiera suavizar lo que estaba por decir.

—No es un secreto que nuestras fronteras han estado al límite estos últimos años.

Tengo entendido que Edictus te llevó con él en más de una ocasión.

—Así es, Majestad.

Fui entrenado en parte para eso.

—Si la situación en la frontera se complica, tendrás que ir allí.

—Su tono no buscó endulzar las palabras, aunque algo en su mirada parecía pedirle perdón—.

Me gustaría que te quedaras en el palacio.

Aquí podrías recibir atención médica y aprender la etiqueta necesaria.

Algún día ocuparás el lugar de Edictus y… —Es una lástima, Majestad, pero debo declinar.

Para servirle mejor, necesito volver a la Torre y perfeccionar mis habilidades.

—¿Estás desobedeciendo a tu reina?

Dyan observó su reflejo en la superficie ambarina del té.

—Al contrario.

Lo que me ocurrió me enseñó que aún no tengo lo necesario para cumplir mi propósito.

Volveré a la Torre, y vendré aquí a aprender lo que considere necesario… pero quedarme sería contraproducente, especialmente si mi meta es servir en la guerra para mayor gloria de Su Majestad y del reino.

Silvania hizo un gesto para que las sirvientas se retiraran.

Cuando quedaron solos, el salón pareció aún más vasto.

Se levantó con paso seguro y se acercó al joven.

—¿Cuántos años tienes?

¿Quince?

—Dieciséis, Majestad.

Los cumplí durante el viaje de regreso.

Ella lo hizo ponerse en pie.

—Detrás de esa elocuencia impropia de un muchacho de tu edad… dime, ¿realmente quieres cumplir con ese propósito para el que fuiste entrenado?

—Su mano se alzó con cautela, temiendo que él se apartara, y acarició su rostro—.

Dime la verdad… lo que sientes, no lo que te enseñaron a decir.

Deslizó suavemente el pulgar por su mejilla.

Dyan no se apartó, pero su entrecejo se frunció apenas, un reflejo fugaz de un temor que no se atrevía a nombrar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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