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El Archimago se retira - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - 51 Capítulo 14 Mentiras suaves 2
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51: Capítulo 14: Mentiras suaves (#2) 51: Capítulo 14: Mentiras suaves (#2) —Majestad… ¿importa de verdad lo que yo quiera?

Silvania reconoció ese destello en sus ojos.

Sabía lo que significaba.

Una reina, al igual que un mago formado para servir, pocas veces podía permitirse hacer lo que realmente deseaba.

El deber siempre se interponía, al punto de volver impensable detenerse a escuchar la propia voz interior.

—Claro que importa —respondió, con una sinceridad que rara vez se concedía—.

A mí me importa.

Dyan bajó la mirada apenas un instante, antes de volver a fijarla en los ojos de Silvania.

—Mi reina, quiero ir.

En parte porque hay personas que sufrirán si la guerra se extiende; en parte porque es mi deber… pero también porque quiero cumplir sus expectativas.

—¿Y en tu corazón?

—preguntó ella, con suavidad—.

¿No hay otra cosa que desearías hacer?

—Servir a mi maestro y a usted es lo único que llena mi mente.

Mis deseos son irrelevantes.

—Guardó un breve silencio y, tras inspirar hondo, añadió—: Pero, si me permite ser egoísta solo esta vez… necesito devolver el favor a la capitana Lena y a mis compañeros de la torre.

Ellos cuidaron de mí cuando no podía ni moverme; es probable que ya estén combatiendo.

Silvania sintió un peso incómodo apretarle el pecho.

—Si es tu voluntad, no te detendré.

Pero lo harás para la gloria de mi nombre.

¿Lo entiendes?

—Por supuesto, mi reina.

Todo lo que hago es en honor al reino.

Ella volvió a su asiento y lo invitó a acercarse.

—Ven a verme cada mañana hasta que te llame al Fuerte Frontera.

No quiero que te marches sin antes… —sonrió levemente— sin antes darme el gusto de tu compañía.

Dyan la miró sin comprender.

—¿De qué podría servirle a su majestad un mago inexperto?

—¿No permitirías que tu reina sea también un poco egoísta?

Al menos en esto.

—No era mi intención negarme, majestad.

Si me requiere, vendré cada mañana sin falta.

Silvania sonrió.

Seguía siendo un muchacho tímido, y sin embargo, aquel rubor apenas perceptible, la forma en que desviaba la vista con pudor, la torpeza oculta en cada palabra, llenaban su pecho de una calidez que creía olvidada.

—Come, por favor.

No pienses en nada más.

Dyan apenas pudo ocultar una sonrisa.

Era difícil de explicar, pero la firmeza de su reina, la calidez de su mirada y su sola presencia le daban una seguridad que no sentía en ninguna otra parte.

El regreso a la torre estuvo marcado por miradas esquivas y reproches por su demora.

Edictus lo esperaba en el salón del Archimago, de pie, mirando por los ventanales hacia Scabia.

Sus ojos recorrían con desapego el mercado floreciente, los barrios exteriores, las plantaciones que ondulaban en la distancia.

—¿Dices que tus habilidades no fueron suficientes?

—preguntó sin apartar la vista—.

¿No será que el enemigo era simplemente superior?

Toda magia tiene un límite, incluso para los que nacieron con un pozo de maná anormalmente grande… como tú.

Dyan se acercó al escritorio.

La gran roca de maná en el centro del salón exhalaba hilos plateados que parecían respirar, bañando las paredes con destellos de luz viva.

—Maestro, debe haber alguna forma de mejorar que no haya intentado.

Algún método para ampliar la cantidad de maná que puedo controlar.

Edictus se volvió hacia él.

—Eres un buen muchacho, siempre lo he dicho.

Tu dedicación a la magia es admirable… pero también debes aprender a aceptar tus límites.

Con el tiempo, tu pozo de maná crecerá de forma natural.

Es lo que ocurre siempre.

—Alzó una ceja—.

Los libros no mienten en eso.

En ese momento, la puerta se abrió sin previo aviso.

Entró un anciano mago que arrastraba los pies y apoyaba todo su peso en un bastón de madera oscura.

—Edictus, no seas tan duro con el chico —dijo, con voz grave y pausada—.

Todos hemos soñado alguna vez con lo mismo que él.

Sus cejas grises se alzaron apenas, dejando ver unos ojos claros y serenos, como si contemplaran un horizonte que los demás no podían ver.

—Deja que visite la antigua biblioteca.

Quizá encuentre algo que lo ayude.

—Maestro Elgrin, no le dé falsas esperanzas.

La paciencia también es sabiduría.

Todo a su tiempo, Dyan.

—Edictus volvió a sus documentos—.

Y ahora, volvamos al trabajo.

Elgrin ignoró la orden y rebuscó en su manga hasta sacar un libro tan viejo como él.

—Toma, muchacho.

Son mis experimentos de juventud.

Tal vez te den alguna idea nueva.

¿Qué es la juventud sin atreverse a explorar lo desconocido?

En la portada, apenas legible, se leía: “Experimentos de un joven mago – Tomo I”.

—Gracias, maestro Elgrin —dijo Dyan, tomando el libro con cuidado.

—Para eso estamos los viejos —rió el anciano, girando hacia la puerta—, para allanar un poco el camino y, de vez en cuando, señalar una ruta distinta.

—Ya vete, Elgrin —replicó Edictus, sin levantar la vista—.

Los niños estarán esperando tus clases.

—Niños, magos, archimagos… —musitó el anciano, con media sonrisa—.

Todos necesitan recordar de dónde vienen.

La vida no siempre da segundas oportunidades.

—Claro.

Ahora ve a cumplir tu deber.

Aquí tenemos mucho trabajo.

Elgrin se marchó con paso lento pero seguro, y antes de cruzar el umbral hizo un gesto a Dyan para que leyera su libro cuanto antes.

El joven mago solo pudo dejar el salón del Archimago cerca del atardecer y entrar en el subsuelo de la torre no era algo frecuente, incluso entre magos avanzados como él.

El polvo en el aire parecía danzar con cada paso que daba Dyan.

La luz de las lámparas de aceite apenas arañaba la penumbra de la biblioteca antigua, revelando hileras interminables de estantes que se alzaban como murallas de madera oscura.

Bajo el brazo, apretaba contra sí el pesado tomo de Elgrin, el maestro de magos cuya escritura siempre olía a enigmas, quizá por puro gusto personal, quizá porque contaba misterios que ni él mismo comprendía, o tal vez porque los comprendía muy bien.

Los tablones crujían suavemente bajo sus botas, y el eco de sus movimientos se perdía entre columnas cubiertas de telarañas.

Se detuvo frente a una mesa larga, cubierta de pergaminos enrollados con cintas descoloridas y libros tan viejos que parecían respirar el mismo aire viciado que él.

Dyan dejó el tomo sobre la madera, su peso resonó como un golpe sordo.

Pasó la mano por la superficie rugosa de una carta astronómica, y sus dedos quedaron teñidos de polvo.

—No busco respuestas —murmuró para sí—, busco el camino.

Abrió el libro de Elgrin y dejó que las páginas se desplegaran solas, como si el propio manuscrito supiera a dónde quería llegar.

Letras angulosas y diagramas de círculos arcanos parecían girar en su mente, invitándolo a cruzar un umbral invisible.

Un pergamino enrollado al borde de la mesa llamó su atención.

Lo desenrolló con cuidado y, al hacerlo, descubrió un mapa de constelaciones que no coincidía con el cielo actual.

En su esquina inferior, una nota escrita con trazo inseguro: “El sendero no está en la luz, sino en la sombra que ésta proyecta.” Dyan sonrió apenas.

Cerró el pergamino y, con el libro de Elgrin firmemente sujeto, se internó más en la biblioteca, hacia una sección olvidada donde las lámparas no llegaban y el aire estaba más frío.

Allí, esperaba encontrar su verdadero inicio.

El silencio en esa parte de la biblioteca no era el mismo que en el resto; aquí, cada sonido parecía más denso, como si el aire conservara secretos que no debían salir.

Dyan avanzó, apartando con la mano las cortinas de polvo que colgaban de los estantes, hasta llegar a un rincón estrecho, casi olvidado.

Allí, sobre una repisa torcida y cubierta de motas grises, descansaba un volumen de tapas azules desvaídas, sin el polvo amarillento de los demás, como si alguien lo hubiese colocado allí mucho después de que el resto hubiera caído en abandono.

Lo tomó con cuidado.

En la portada, escrita con la misma caligrafía angulosa y ligeramente descuidada del libro que le había dado Elgrin, leyó: “Pozo de Maná: Fundamentos y Expansión para Aprendices” —Por Elgrin, Archimago de la Torre de Felaria.

Un libro para principiantes… pero escrito por el mismo hombre que le había entregado un tomo lleno de experimentos avanzados.

Se sentó en un banco junto a la pared, el frío de la piedra calando en su espalda, y abrió ambos libros sobre sus rodillas.

El contraste era evidente: el primero estaba lleno de fórmulas complejas, anotaciones marginales y teorías que rozaban lo imposible; el segundo hablaba de ejercicios sencillos, respiración, meditación en horas específicas, control del flujo interno… pero había algo más.

Las páginas parecían susurrar entre sí.

Cada vez que leía un pasaje del manual para aprendices, recordaba un diagrama o un concepto más complejo del tomo de experimentos, y de pronto todo encajaba como piezas que nunca le habían mostrado en la Torre.

No era que su pozo de maná estuviera limitado… era que su entrenamiento había seguido un camino incompleto.

—Maestro Elgrin… —susurró, comprendiendo que el viejo había dejado esa pista a propósito.

En ese rincón oscuro, entre el manual de principiantes y el libro de teorías imposibles, Dyan sintió que se abría ante él un sendero oculto, uno que ningún maestro le había enseñado.

Uno que no pedía años de espera… sino voluntad para arriesgarse.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Have some idea about my story?

Comment it and let me know.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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