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El Archimago se retira - Capítulo 52

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  4. Capítulo 52 - 52 Capítulo 14 Mentiras suaves 3
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52: Capítulo 14: Mentiras suaves (#3) 52: Capítulo 14: Mentiras suaves (#3) A toda prisa volvió a su habitación, como un niño emocionado por tener un juguete nuevo y comenzó a leerlos sin parar.

A mitad de la noche ya sentía que había avanzado suficiente como para comenzar sus prácticas, pero todavía tenía mucho que revisar.

Antes de que saliera el sol, se dirigió a la sala de prácticas.

Dyan se sentó en el rincón más silencioso de la habitación, con las piernas cruzadas sobre la alfombra áspera.

A su lado, los dos volúmenes de Elgrin descansaban abiertos, con anotaciones y pequeños marcapáginas improvisados con tiras de papel.

El ejercicio que debía intentar estaba descrito en términos demasiado abstractos para su gusto: “Extiende la conciencia hacia las raíces de tu ser, como un árbol que busca agua profunda.” Eso era todo.

Ni diagramas, ni ejemplos prácticos, ni advertencias claras.

Cerró los ojos y tomó aire lentamente.

El primer paso era sentir el flujo natural de su magia, ese tenue hilo cálido que corría desde el centro de su pecho hasta el resto del cuerpo.

Fácil de decir, difícil de aislar.

Su respiración se acompasó con el latido de su corazón, y poco a poco fue apartando el ruido del mundo: el crujido de la madera, el ulular del viento afuera que golpeaba las paredes de la torre, incluso el ligero golpeteo de una gota contra la ventana.

En su mente, imaginó una vasija con grietas —su pozo de maná actual— y trató de visualizar cómo esas fisuras podían cerrarse.

Elgrin hablaba de “ampliar el recipiente” y “fortificar sus muros”, pero jamás explicaba cómo hacerlo.

Dyan decidió experimentar: concentró su energía, sintiendo cada pulso de magia como una ola que golpeaba el interior de esa vasija mental.

Empujó con cuidado, como si quisiera que el barro se expandiera sin romperse.

Al principio, nada cambió.

Luego, una ligera presión se acumuló en su pecho, como un músculo que no había usado antes y que empezaba a quejarse.

La tentación de detenerse fue inmediata.

Pero recordó las notas al margen que había escrito: “El dolor no siempre es daño.” Volvió a intentarlo, esta vez alternando momentos de tensión y relajación, permitiendo que el maná se recogiera como agua de lluvia antes de lanzarlo de nuevo contra las paredes invisibles de su pozo.

El calor creció en sus manos y en la punta de sus dedos, acompañado de un cosquilleo que le subió por los brazos.

Cuando abrió los ojos, habían pasado más de dos horas.

El cuerpo entero le pesaba y el estómago le rugía.

No sabía si su pozo se había ampliado siquiera un poco, pero sentía que algo había cambiado: un eco persistente, como si la magia estuviera más cerca de la superficie que antes, esperando a ser llamada.

Sonrió, cansado pero satisfecho.

Tal vez Elgrin no daba todas las respuestas porque, en el fondo, cada mago debía escribir las suyas.

Volver al palacio cada mañana pronto se convirtió en una rutina más agradable de lo que Dyan hubiera esperado, sobre todo después de haber hallado un camino para fortalecer su magia.

Sin embargo, la sombra del campo de batalla permanecía siempre allí, suspendida como un presagio que los seguía en silencio a cada paso.

—¿Está segura de querer tomar el té conmigo cada mañana?

—preguntó mientras una de las sirvientas llenaba su taza—.

Imagino que los nobles no deben estar muy contentos con ello.

Silvania se acomodó un mechón de su cabello cobrizo detrás de la oreja con un gesto sereno, cada movimiento suyo parecía detenido en el tiempo.

—¿Y qué importa lo que ellos piensen?

La reina soy yo.

—Sonrió con ligera ironía—.

Al menos en estas pequeñas cosas puedo darme el gusto de hacer lo que me plazca.

Dyan bajó la mirada.

—Supongo que ser reina no es tan fácil como lo hace parecer.

—¿Por qué lo dices?

¿Estás preocupado por tu reina?

—Por supuesto que sí.

—Un rubor le cubrió las mejillas.

¿Quién era él para preocuparse por ella?

Apenas un muchacho sin experiencia, un aprendiz aún—.

He notado que a veces su mirada es triste, otras cansada, y en ocasiones parece preocuparse por cosas que desconozco.

Cuando está así, sus palabras suenan más cortantes… o se esfuerza en parecer siempre serena.

Claro que me preocupa.

Silvania cerró los ojos un instante y dejó escapar una risa ligera, teñida de cansancio.

¿Cómo era posible que un joven al que apenas conocía se preocupara por ella más que todos sus consejeros?

—¿Sabes…?

Ser reina es una tarea dura… y muy solitaria.

—Alzó la taza de té y le dio un largo sorbo antes de continuar.

Los rayos de sol atravesaron la ventana, encendiendo su cabello como cobre al rojo vivo —.

No diré que ha sido malo, pero también yo tengo ambiciones que nunca se cumplirán, sueños que no llegarán a realizarse, deseos que quedarán inconclusos.

Y cuando la guerra llama a la puerta, me pregunto con más fuerza qué estoy haciendo.

—Dejó la taza en su platillo—.

¿Cuidarás de tu reina hasta el final?

Dyan sintió un golpe en el pecho.

Respondió de inmediato, con instinto, pero también con convicción: —Hasta mi último aliento.

La sonrisa de Silvania, serena y cálida, pareció arrancar un peso de sus hombros.

—Me alegra oírlo, aunque al mismo tiempo me duele un poco.

¿No me guardas rencor por haberte enviado a la guerra?

—Jamás.

—Bajó la mirada apenas—.

He sufrido las consecuencias, aún las sufro, pero nunca sentí resentimiento hacia usted, ni hacia mi maestro, ni siquiera hacia mi destino.

Si acaso, solo hacia mí mismo, por mi debilidad.

—Algo de paz traen tus palabras a mi corazón.

Me gustaría creer que todos los que van a la guerra piensan así… los hijos que perdieron a sus padres, los esposos que lloran a sus amadas, las madres que ya no verán a sus hijos… Pero sé bien que no es así.

Dyan miró su brazo vendado.

Había visto morir a muchos, y sabía que vería a muchos más.

—No es usted quien trae la guerra, majestad.

Prefiero pensar que murieron defendiendo a quienes amaban, y no que lo hicieron en vano.

Usted es una buena reina que protege a los suyos, no alguien que lanza personas a morir como perros por un trozo de tierra.

—Al final, una muerte sigue siendo una muerte, y nada cambia eso.

—Tomó la mano de Dyan con un gesto suave, casi imperceptible—.

Pero tus palabras… me hacen sentir un poco mejor.

Te lo agradezco… más de lo que imaginas.

Tras el desayuno, Dyan acompañó a la reina a pasear por los jardines del palacio.

Una escolta de doncellas los seguía a corta distancia, atentas a cualquier necesidad de su señora.

Se detuvieron bajo los cerezos.

Sus pétalos rosa y blancos alfombraban el sendero, mientras algunos flotaban en el aire con la brisa tibia.

Caminaban lado a lado, sin prisa, como si el tiempo se hubiera vuelto más lento solo para ellos.

—¿Has logrado mejorar tu magia?

—preguntó Silvania, quien de vez en cuando indagaba por los progresos de Dyan.

—Creo que voy por buen camino.

Estos últimos días he notado una mejora palpable, aunque me agota mucho.

—Se rascó la cabeza, recordando la práctica de la noche anterior.

Silvania guardó silencio unos instantes.

No quiso decirle que la solicitud de refuerzos ya había llegado.

Parte de ella quería darle más tiempo, otra no quería enviarlo de nuevo al campo de batalla.

Cada día que pasaba, ese deseo de retenerlo se anidaba más en su pecho.

Edictus ya había insistido en que lo enviara, alegando que esas prácticas carecían de sentido y contradecían los cánones.

Pero ella… ella quería creer.

¿Por qué era tan indulgente con él?

No lo sabía.

Y, en ese momento, tampoco le importó.

—Espero que logres resultados pronto… Dyan percibió la leve inflexión en su voz.

—No se preocupe, majestad.

Prometo que pronto lograré resultados visibles.

—No te apresures, Dyan.

Debes cuidarte.

Pero a pesar de las palabras de la reina, esa noche sus prácticas se intensificaron.

Sabía demasiado bien lo que ocurría en el frente.

Incluso en la torre, bastión del estudio y la magia ajena al mundo exterior, cuando los compañeros estaban en combate todo cambiaba: era el tema de las horas libres, el rumor constante en cada pasillo.

La biblioteca estaba en silencio absoluto, salvo por el crujir lejano de la madera vieja y el roce de las páginas que Dyan pasaba con manos nerviosas.

A su lado, los dos manuales de Elgrin permanecían abiertos: uno con diagramas sencillos sobre la respiración y el flujo del maná, otro con anotaciones más crípticas acerca de cómo expandir la capacidad del pozo interior.

Las velas ya habían consumido más de la mitad de su cuerpo de cera, lanzando sombras inquietas sobre las paredes cubiertas de polvo.

Dyan cerró los ojos y respiró hondo, siguiendo el ritmo recomendado por Elgrin.

“Concéntrate en la calma.

El maná es un río que se abre paso en silencio.

No apresures su curso”, había escrito el sabio.

Pero la calma no llegaba.

En su mente se interponían imágenes de Lena, de sus compañeros en el Fuerte Frontera, quizá luchando en ese mismo instante contra bestias o invasores.

Su pecho se oprimió y su pulso se aceleró.

—No tengo tiempo —murmuró entre dientes—.

¡No puedo quedarme aquí jugando a respirar cuando allá afuera están arriesgando la vida!

Forzó la visualización.

En lugar de guiar suavemente el flujo de maná hasta el borde de su pozo interior, como enseñaba el manual, lo empujó con violencia, obligando a la corriente a chocar contra las paredes invisibles de su límite.

Sintió un estremecimiento en todo el cuerpo, como si sus venas ardieran con fuego líquido.

El dolor apareció primero como un pinchazo en las sienes, luego como un golpe seco en el pecho.

Sus manos temblaron y una chispa azulada recorrió sus dedos, descontrolada.

El libro se estremeció bajo la descarga y las letras parecieron vibrar en la penumbra.

Dyan apretó los dientes, sudando frío.

“La prisa nunca es buen consejero”, resonó en su memoria la voz grave de Edictus, como si el anciano estuviera justo detrás de él.

Pero el joven no cedió.

Una oleada más de energía estalló en su interior, desgarrando la calma que había logrado.

Sintió que el pozo se expandía, sí, pero como un cristal fracturándose.

Finalmente, incapaz de sostener el flujo, el maná estalló hacia fuera en una sacudida luminosa que apagó las velas y dejó la sala envuelta en humo.

Dyan cayó de rodillas, jadeando, con la vista nublada y un dolor punzante recorriéndole el cuerpo.

En la oscuridad, con el corazón golpeando su pecho, comprendió: había abierto un resquicio en su pozo, sí, pero a costa de herirse a sí mismo.

El camino de Elgrin exigía paciencia, no desesperación.

Se quedó allí, con los manuales a su lado, consciente de que una sola noche de impaciencia podía costarle más que semanas de disciplina.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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