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El Archimago se retira - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 Capítulo 15 Mírame a los ojos
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53: Capítulo 15: Mírame a los ojos.

(#1) 53: Capítulo 15: Mírame a los ojos.

(#1) Los días se fueron acumulando entre las mañanas tibias con Silvania, las tardes exigentes con Edictus y las noches que se alargaban en interminables entrenamientos.

El esfuerzo dejaba huellas en su cuerpo: progreso en su magia, cicatrices en su espíritu y un cansancio constante que apenas le permitía dormir unas horas.

La carta de Lena nunca llegó.

Al principio le dolió, como una espina clavada demasiado hondo; después se obligó a entenderlo, o al menos a repetirse que lo entendía.

En el frente, escribir era un lujo, y él prefería imaginarla ocupada, viva, con la espada en mano, antes que pensar en alternativas más oscuras.

Pero esa certeza fingida se quebraba cada vez que su mente quedaba en silencio.

En las noches buscaba refugio en la biblioteca antigua.

Sentado sobre la piedra fría, con los dos manuales de Elgrin abiertos frente a él, dejaba que la tenue luz de una vela temblorosa y los haces pálidos de luna, que entraban por los respiraderos de piedra, fueran su única compañía.

El aire estaba impregnado del aroma a polvo viejo y a pergamino: tablillas ennegrecidas por el tiempo, pergaminos en cuero de oveja, pliegos rugosos de papel y tomos de cuero repujado, copias de escribas que parecían custodiar siglos de secretos.

En la penumbra, ninguno mostraba su esplendor, y sin embargo, todos parecían observarlo en silencio.

Cerraba los ojos y, siguiendo la cadencia de respiración indicada en el manual básico de Elgrin, descendía dentro de sí mismo.

A veces era como un molde golpeado por olas infinitas de maná, intentando contenerlas sin quebrarse.

Otras, se veía en el fondo de un pozo estrecho, rascando con sus manos desnudas la tierra húmeda para ampliarlo, mientras el agua helada ascendía lentamente, pesando sobre él como una condena inevitable.

Ese mundo interior era tan vívido que a menudo parecía más real que la biblioteca que lo rodeaba.

Sentía el ardor en las manos al desgarrar la tierra, el escalofrío del agua trepando por sus piernas, la presión en los pulmones.

Y aun así, no fallaba.

Día tras día, noche tras noche, continuaba, porque sabía que tarde o temprano lo llamarían al campo de batalla y debía estar listo.

Cuando el amanecer se insinuaba y la vela exhalaba su último respiro, Dyan volvía a la realidad empapado en sudor, con la respiración agitada y el corazón latiendo con un dolor sordo.

Era en esos momentos, solo en esos, cuando se permitía la pregunta que lo perseguía como una astilla clavada en el pecho: “¿Qué será de ti?” Se inclinaba a recoger los libros, apagaba el candelero, y volvía a pensar en Lena.

¿Era posible que estuviera tan ocupada como para no responderle?

Ella había prometido escribirle… ¿y si solo lo había hecho por cortesía, porque la Reina se lo pidió?

¿Y si aquellas palabras de despedida, que él había guardado como un tesoro, no habían sido más que una mentira piadosa?

De regreso a su pequeña habitación en la torre, buscaba arañar unas horas al sueño.

Allí, entre las mismas paredes que lo habían protegido desde niño, dejaba que la duda se abriera paso en su pecho.

Se tendía en la cama y, en la soledad de la madrugada, se permitía lo que nunca mostraba frente a nadie: un instante de debilidad amarga, esa sensación punzante de sentirse olvidado.

A primera hora de la mañana, Dyan entró el salón del Archimago.

El lugar estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz que se filtraba a través de los altos ventanales.

Edictus lo esperaba sentado tras su escritorio, rodeado de una muralla de tomos de magia espacio-temporal que parecían consumirlo como si él mismo fuera solo otra pieza de aquel océano de sabiduría.

—Maestro, vine en cuanto recibí su llamado.

—Dyan inclinó ligeramente la cabeza mientras avanzaba.

Edictus levantó la vista, asomándose entre los enormes volúmenes abiertos.

Su rostro pétreo apenas se suavizó.

—No te preocupes, no tardaste mucho.

—Hurgó en el interior de su túnica y sacó una carta.

La sostuvo un momento en el aire, como si pesara más que el plomo.

—Prepara un bolso.

Después de tu visita a Silvania partirás hacia Frontera.

Las palabras no lo sorprendieron.

La batalla en el Fuerte Frontera llevaba semanas estancada, y cada día que pasaba, el silencio sobre Lena y sus hermanos de orden se volvía más insoportable.

La posibilidad de partir al frente había sido un murmullo constante, una sombra que lo acompañaba en cada entrenamiento.

—Por supuesto, Maestro.

Me prepararé de inmediato.

—Recibió la carta con un gesto solemne, aunque su corazón golpeó fuerte en el instante en que creyó que podía ser de Lena.

Pero el sello real apagó esa esperanza.

—¿Algún consejo antes de partir?

El Archimago dejó escapar una sonrisa leve, tan rara que por un instante Dyan se preguntó si no lo había imaginado.

—Puedo percibir un aumento en tu pozo de maná.

Buen trabajo… ¿quién lo diría?, ese viejo loco de Elgrin aún tenía algo que enseñar.

—Gracias, Maestro.

—Considerando que me equivoqué contigo en eso, decidí revisar viejas notas de mi juventud.

—Posó la mano sobre uno de los tomos apilados en la mesa, desgastado por el tiempo.

—Quizá, cuando vuelvas, tenga algo nuevo para mostrarte.

Necesitaré tu ayuda en ello.

Así que… vuelve sano y salvo.

Dyan sostuvo esa mirada severa que, por un segundo, pareció teñirse de afecto.

—Lo haré, Maestro.

Pondré en alto el nombre de Scabia.

—Lo sé.

Buen viaje La confianza de Edictus era como un bálsamo, borrando cualquier duda que aún quedara.

Preparar el equipaje le llevó poco tiempo.

Apenas unas mudas, el báculo de almendro que sus compañeros le habían obsequiado y un par de pertenencias menores.

La vida de un mago era siempre austera, más cercana a la frugalidad de un monje que a los lujos de un cortesano, los magos se entregaban en cuerpo y alma a la magia y la erudición, “Mientras menos poseas, menos dolerá perderlo”, decían los antiguos maestros.

Pero Dyan había aprendido que no siempre se trataba de objetos: había cosas que uno creía tener, vínculos invisibles, cuya ausencia dolía como ninguna herida, y esa clase pérdida era una para la que nunca le habían preparado.

Cuando llegó al palacio esos pensamientos intrusivos que había dejado escapar en un momento de debilidad parecían un recuerdo de un pasado lejano, escondidos en lo profundo para que no afloraran como el musgo entre las grietas de una habitación derruida.

Como cada día, las sirvientas lo guiaban hacia los aposentos de la reina, un camino en el que rara vez se había encontrado con algún miembro del Witan, alguna doncella o cortesano, salvo un par de ocasiones en que se cruzó con la princesa Eleanor, acompañada de alguno de sus instructores, aunque nunca habían intercambiado palabras.

Esas mañanas, era un tiempo suspendido, solo de ella y él, en el que nadie más parecía existir.

Al principio esas invitaciones le habían causado confusión ¿Qué podría querer una reina de alguien con tan poco que ofrecer?

Incluso se había preguntado si el deseo de la reina, no era más que un capricho pasajero del que se hartaría pronto.

Algo que no ocurrió, por el contrario: en más de una ocasión las sirvientas llegaron con avisos de visitas de algún noble, comerciante o la solicitud de una reunión urgente, pero todas ellas fueron rechazadas o postergadas sin miramientos ¿La razón?

Le era difícil decirlo, quizá nunca lo sabría.

No había vuelto a mirarlo con lástima, pero una parte de él sentía que Silvania llevaba consigo alguna clase de deuda que en realidad, al menos para él, nunca había existido.

Ese día, al entrar en el salón, la rutina pareció adquirir un matiz distinto.

La mesa ya estaba dispuesta.

Silvania lo aguardaba en el asiento principal, el cabello trenzado con esmero cayendo sobre su hombro.

Vestía un sobrio verde esmeralda que realzaba su palidez y su porte, recordándole lo imposible que resultaba disociar la majestuosidad de la mujer de la severidad de la Reina, solo una ligera profundidad en la comisura de sus labios y unas casi imperceptibles arrugas en sus ojos al sonreír, delataban que había pasado los treinta y cinco años no hace mucho tiempo.

De alguna manera, Silvania conservaba un aire que a veces le robaba el aliento, algunas por su forma de hablar, otras por su mirada, pero la mayor parte del tiempo, simplemente por su presencia altiva.

Las sirvientas se adelantaron: una tomó el morral de viaje, otra corrió la silla para él.

Silvania le indicó con un gesto suave que se sentara.

—¿Edictus te entregó el salvoconducto?

Dyan asintió.—Sí, Majestad.

A primera hora de la mañana me indicó mi destino y me entregó el documento.

—No lo pierdas.

Toda la zona de Frontera está bajo evacuación, y sin él tu carruaje sería detenido.

—Con un leve movimiento de mano ordenó llenar su taza de té.

—He dispuesto que nuestros mejores caballos te lleven.

No debemos perder tiempo.

La sirvienta vertió el líquido ambarino, cuyo aroma herbal comenzó a expandirse entre ambos.

La fragancia parecía suavizar el aire, aunque la conversación cargaba ya con el peso de la despedida.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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