El Archimago se retira - Capítulo 54
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- Capítulo 54 - 54 Capítulo 15 Mírame a los ojos
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54: Capítulo 15: Mírame a los ojos.
(#2) 54: Capítulo 15: Mírame a los ojos.
(#2) Silvania miró de reojo a Dyan.
Había tanto que habría querido decirle, pero cada palabra de consuelo que se le ocurría sonaba vacía, incluso egoísta.
Al fin y al cabo, era ella quien lo enviaba al frente, como había enviado a tantos otros.
Dyan notó cómo el entrecejo de la Reina se arrugaba apenas, un gesto que ya había aprendido a reconocer en silencio.—No necesita pensar en cosas dolorosas, mi Reina —dijo suavemente.
Silvania suspiró, dejando que una leve sonrisa curvara sus labios.—Es inevitable, querido.
Es mi deber preocuparme… porque me importas.
—Lo miró como si le doliera admitirlo—.
Aunque quizá no sea el momento.
Después de compartir el té, caminaron juntos hasta la sala de música.
Silvania había convertido aquellas mañanas en una costumbre íntima: le enseñaba a tocar el laúd y el piano, con la excusa de que un consejero debía saber interpretar un instrumento.
“Da elegancia, ayuda a calmar el espíritu”, decía.
Pero Dyan sospechaba que en realidad lo hacía porque disfrutaba enseñarle, porque allí podía ser simplemente Silvania, no la Reina.
Ambos se sentaron frente al piano.
Dyan intentó seguir sus movimientos, dejando que sus dedos inseguros buscaran las teclas que ella pisaba con naturalidad.
Las notas llenaron la estancia como un murmullo de agua, aunque cada error suyo manchaba la melodía.
Ella no lo corregía con palabras: bastaba la curva de su sonrisa para decirle “más despacio” o “escucha mejor”.
El tiempo pasó ligero, como brisa que se cuela bajo la puerta, pese a los esfuerzos de ambos por contenerlo.
Cada acorde flotaba suave en el aire, pero cargado de un peso secreto: no en el ambiente, sino en sus corazones.
Los dedos de Silvania parecían tener magia propia; a veces fuertes, a veces delicados, arrancaban del piano notas que eran despedidas disfrazadas de música.
Su rostro, sereno, le decía “vuelve pronto”, aunque sus labios permanecían sellados.
De pronto se detuvo.—Dyan… —dijo, con voz quebrada—.
¿Qué puedo decir?
Si hago lo correcto… ¿por qué me deja esta angustia infame?
Él giró hacia ella, con el gesto más firme que pudo reunir.—¿Qué le preocupa, Majestad?
¿Tan poco confía en este siervo?
Antes de que pudiera reaccionar, Silvania lo atrajo hacia sí en un movimiento impulsivo.
Le besó la frente y lo estrechó con una fuerza que lo sorprendió.
Solo entonces notó que el corazón de la Reina latía desbocado, golpeando contra su pecho como un tambor que no podía acallarse.
—Confío en ti, pero eso no evita que me duela el alma.
—Su voz era apenas un susurro.
Dyan no se resistió.
Cerró los ojos y se dejó envolver por ese abrazo, apoyando la frente en su pecho mientras sus mejillas ardían.—Esta vez voy con mayor confianza, mi Reina.
El tiempo que me ha regalado no ha sido en vano.
—Escuchaba con claridad los latidos de Silvania, como si marcaran el compás de un adiós imposible de escribir en palabras.
—¿Puedo confesarle algo antes de partir?
—Lo que sea.
Dímelo con confianza.
—Gracias por todo lo que me ha dado… He disfrutado su compañía más de lo que puedo expresar.
Nunca he tenido verdaderos amigos, ni familia.
No recuerdo a mi madre ni a mi padre.
A veces pienso que me habría gustado conocerlos, pero en cambio he tenido otras cosas.
Cosas que no cambiaría por nada… y mi tiempo a su lado es una de ellas.
Silvania lo acarició, enredando sus dedos en su cabello con ternura.—Mi dulce Dyan… yo también lo he disfrutado.
Más de lo que imaginas.
El abrazo se prolongó hasta que sus corazones, poco a poco, encontraron calma.
Allí, en ese instante, la soledad se disolvió, sustituida por un silencio compartido que valía más que mil palabras.
Finalmente, ella lo soltó, aunque con visible esfuerzo.—Que los dioses te acompañen… y te traigan de regreso sano y salvo.
—Gracias, Majestad.
Dyan se alejó, guiado por una doncella.
Silvania lo observó hasta que la figura del muchacho desapareció tras la puerta: su pequeño morral colgado al hombro, el báculo de almendro en la mano vendada, la espalda un poco encorvada como si llevara un peso invisible.
La calidez del momento anterior se le anudó en la garganta al ver su caminar lento, cabizbajo.
Se dejó caer frente al piano y, con la palma abierta, dejó que sus dedos golpearan las teclas al azar.
El sonido disonante quebró el aire, tan torpe y desgarrador como la herida en su corazón.
El carruaje avanzó sin descanso hacia el Fuerte Frontera, deteniéndose apenas lo imprescindible para dar respiro a los corceles y permitirles alimentarse.
Gracias a ese ritmo forzado, un viaje que normalmente habría requerido más de dos semanas se completó en apenas una.
Dyan asomó la cabeza por la ventanilla.
En el horizonte se erguían las torres de Frontera, un coloso de piedra que dominaba el muro que separaba ambos reinos.
Su silueta recortaba el cielo como una herida, y los estandartes de Wilfrost ondeaban desafiantes en lo alto de los muros.
Desde las torretas, los vigías parecían apenas puntos oscuros que se movían contra la claridad de la mañana.
Cuando estuvieron a tiro de arco, uno de ellos gritó:—¡Abran las puertas!
¡Carruaje real!
Las pesadas hojas de madera reforzada comenzaron a abrirse con un gemido metálico, dejando pasar la carreta hacia el patio.
Apenas descendió, dos figuras familiares corrieron a su encuentro.
—Mi señor Dyan —saludó Kermit, extendiendo la mano para ayudarlo a bajar.
—El Archimaestro envió un cuervo anunciando su llegada —añadió Orlec, esperando junto a la portezuela.
Dyan aceptó el apoyo de su compañero para descender.—Es bueno verlos de tan buen ánimo.
¿Cómo están los demás?
Kermit bajó la voz, mirando alrededor con cautela.—Nosotros nos mantenemos firmes… pero este no es lugar para hablar.
—Así es, capitán —dijo Orlec en tono grave—.
Además, lo esperan los demás oficiales.
—Entonces guíenme.
Atravesaron el patio de prácticas.
El movimiento allí era incesante: caballeros lanzaban flechas contra dianas próximas al muro, otros cruzaban espadas de entrenamiento, y algunos simplemente descargaban tensiones en combates cuerpo a cuerpo rodeados de camaradas que apostaban y reían para no pensar demasiado.
Desde lo alto de la barbacana, los vigías levantaron la mano en señal de saludo, y Dyan no pudo evitar pensar que quizá lo confundían con alguien más.
El ajetreo dentro del fuerte era mayor de lo que había esperado.
Frontera era prácticamente una ciudad fortificada: herrerías que no dejaban de rugir, cuarteles, caballerizas, almacenes, salones de estrategia y dormitorios para oficiales.
Incluso tenía subterráneos, su propia prisión y, en el corazón, el salón donde se custodiaba la piedra de maná que sostenía la barrera defensiva.
Dyan ya había estado allí una vez, acompañando a Edictus en la temporada anterior, pero aquella visita había sido breve y sin mayor importancia.
Ingresaron en la torre del homenaje, cuyo interior era sombrío, iluminado apenas por antorchas y por estrechos tragaluces que parecían tragar más sombra que luz.
—Mi señor —susurró Kermit mientras caminaban por un pasillo de piedra—, conviene que lo sepa: la líder de la Torre Shalmak no está de buen humor.
Hace dos días perdió a uno de los suyos, defendiendo una avanzada del capitán Riverside.
—¿Algo más que deba saber?
—preguntó Dyan, imitando la cautela de su compañero.
Orlec se adelantó unos pasos.—Sí.
Aquí hay rostros conocidos para usted… pero también muchos esperan ver de cerca al famoso “Relámpago Blanco”.
Dyan arqueó una ceja.—¿Qué se supone que significa eso?
—Su reputación lo precede, mi señor —explicó Kermit—.
Lo del norte corrió rápido por el reino.
Aunque le advierto que algunas historias están más adornadas que un festín de corte.
—Aun así, no nos ha ido mal gracias a usted —agregó Orlec con una sonrisa torcida—.
Hasta nos dieron habitaciones en la torre, no simples tiendas de campaña.
Finalmente se detuvieron frente a una puerta custodiada por una guardia en armadura ligera.
—Lo esperaremos en el patio, mi señor.
El resto de la compañía se alegrará de verlo sano y salvo —dijo Kermit.
—En cuanto pueda me reúno con ustedes —respondió Dyan, sacando de su túnica la carta sellada con el emblema real.
La guardia la examinó con gesto rígido antes de permitirle el paso.
Las bisagras de hierro chirriaron al abrirse la puerta.
—Con su permiso, comandante —anunció la guardia en voz firme—.
El señor Dyan Halvest, capitán de los magos de Scabia, enviado por su Majestad.
Dyan entró detrás de ella.
El aire cargado de humo de bracero y vino barato lo envolvió de inmediato.
—Adelante, capitán —dijo una mujer de largo cabello negro, sentada en la cabecera de la mesa con una armadura pesada que le daba presencia imponente—.
¡Miren lo que nos envía, su Majestad!
Un héroe de guerra ante mis ojos.
—Dijo la Comandante con sorna.
—Déjanos, guardia; aún quedan asuntos que tratar aquí.
—A su orden, comandante —respondió la soldado, cuadrándose antes de retirarse.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!
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