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El Archimago se retira - Capítulo 55

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  4. Capítulo 55 - 55 Capítulo 15 Mírame a los ojos
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55: Capítulo 15: Mírame a los ojos.

(#3) 55: Capítulo 15: Mírame a los ojos.

(#3) Dyan se acercó a la mesa con pasos contenidos.

—Con su permiso, comandante.

—dijo, tomando asiento en una de las sillas vacías.

Faria lo observó con una expresión vacía.

—Creo que ya conoce a la capitana Lena Caldrim, de las fuerzas del norte.

El corazón de Dyan se tensó de golpe.

Levantó la vista y allí estaba: Lena, sentada frente a él.

Sus ojos se cruzaron apenas un instante, antes de que ella desviara la mirada hacia la mesa.

Parecía ilesa, y por un momento sintió alivio.

Pero su indiferencia le apretó el estómago como un puño invisible.

—Así es, comandante —respondió, intentando que su voz no delatara el temblor interior—.

Nos conocimos.

Faria continuó con un ademán.

—Junto a ella, el capitán Rildan Bolden, al mando de los caballeros.

A su lado, Shion Paltem, capitán de la defensa del Fuerte.

Aquí, Volka von Helbrandis, líder de los magos de Shalmak, a quien seguramente recuerda.

Y quien le habla, Faria Jaram, comandante del Oeste.

Dyan recorrió con la mirada a los presentes.

El único gesto de amabilidad vino de Volka, para su sorpresa, que le saludó con un leve movimiento de la mano.

—He escuchado los rumores sobre su participación en el norte —dijo Faria con voz áspera—.

Espero que no crea que todos los enemigos se comportan igual.

Aquí los capitanes siguen órdenes.

No improvisan ni hacen lo que les place.

¿Lo entiende?

Dyan frunció el ceño.

—¿Y cómo le ha ido con esa estrategia, comandante?

—preguntó, sin disimular la ironía—.

No veo celebraciones de victoria.

Una sonrisa fría cruzó los labios de Faria.

—Puede que cuente con la venia de la reina, pero aquí mando yo.

—Sacó una carta con el sello real y la depositó sobre la mesa con un golpe seco—.

Se me ordena tratarlo como a un capitán.

Pero aún no estoy convencida de que lo sea.

El joven mago se puso de pie con un movimiento rápido.

La silla chirrió al arrastrarse sobre la madera del suelo.

—Entonces esperaré sus órdenes junto a mis compañeros.

Vengo en nombre de Scabia… pero, sobre todo, para gloria de su Majestad.

—Sus ojos recorrieron a los presentes, uno a uno—.

Con su permiso.

—¡Espera!

—La voz de Lena rompió el aire, más brusca de lo que ella misma parecía pretender.

Dyan se giró hacia ella, esperanzado, pero la capitana ya había bajado la mirada, como si nunca hubiera hablado.

Lo que pudo ser un error, un impulso, se clavó en él como una punzada amarga.

Volvió la vista hacia Faria.

La comandante ni siquiera pestañeó.

—Hagamos como si nada hubiera ocurrido —dijo Dyan con voz tensa, volviendo a sentarse.

—Claro —bufó Faria.

—¿Podemos retomar lo importante?

—intervino Volka, golpeando la mesa con el índice como si clavara una daga invisible.

Su mirada ardía dirigida a Rildan—.

¿Cómo es posible que un mago haya terminado sacrificándose por salvar una unidad de caballeros?

¡Los magos deben ser protegidos, no usados como carnada!

—Ya lo discutimos —intervino Faria, cansada—.

Fue un acto heroico.

—Eso dicen ellos —escupió Volka, el dedo clavado aún en la madera—.

Pero yo misma les advertí que retrocedieran si la situación era peligrosa.

Un mago vale por cien caballeros.

No se entrega así como así.

Rildan golpeó la mesa con la palma.

—¿Estás acusando a mis hombres de cobardía?

—Lo digo de frente: si no fuera por nosotros, todos estarían enterrados ya.

—Volka lo atravesó con la mirada—.

No pienso arriesgar a otro mago detrás de los tuyos, son un peligro para mi gente.

—Caballeros… —Shion intentó mediar, sirviendo una copa de vino aguado y acercándosela a Volka—.

No busquemos culpables.

Necesitamos cabeza fría, no más rencillas.

Volka bebió de un trago y arrojó la copa vacía sobre la mesa.

—Diré las cosas como son: tus hombres están mal entrenados.

Deshacen la formación en pleno combate y cuando eso ocurre, un mago paga con su vida.

—¡Basta!

—La voz de Faria se impuso con dureza—.

Las recriminaciones no resucitan muertos.

Volka apartó la mirada, pero no cedió.

—Solo sigo aquí porque aún confío en algunos.

Pero no volveré a poner a mis hombres detrás de los suyos.

Dyan observaba en silencio, con una sonrisa apenas perceptible.

El ímpetu de Volka le traía recuerdos incómodos… y otros, entrañables.

Al menos ella seguía siendo la misma.

Buscó a Lena con la mirada, pero ella hacía un esfuerzo por evitarla.

Faria suspiró, llevándose una mano a la frente, fingiendo retirar unas hebras de su cabello.

—Bien, como quieras.

—Continuó con voz cansada.

—No conseguimos números claros del enemigo.

Solo podemos reforzar nuestras defensas y esperar el golpe.

—Apartó con un gesto cansado los pergaminos frente a ella—.

Shion, prepara la muralla.

Volka, revisa la piedra de defensa: la necesitamos en forma óptima cuando lleguen.

—El cristal está a la mitad de su capacidad.

No podremos reponerlo en un día, salvo que trabajemos todos juntos.

—Yo me encargaré.

—La voz de Dyan se alzó por primera vez con firmeza.

Todos lo miraron.

—La última vez que vine ayudé a mi maestro a reparar la piedra.

Puedo hacerlo yo solo.

Volka entrecerró los ojos, evaluándolo.

Si otro hubiera dicho lo mismo lo hubiera tratado de loco.

Finalmente asintió.

—Bien.

Pero si necesitas ayuda, cuenta conmigo.

—Gracias —respondió él.

—El resto, preparen la primera línea —ordenó Faria—.

Quiero todo listo.

No sabemos cuándo esos desgraciados se dejarán caer y redoblen la vigilancia nocturna.

Rildan y Lena asintieron en silencio.

—Por ahora, quedan libres.

Los capitanes se levantaron, el sonido de las sillas arrastrándose sobre la madera llenó el salón.

—Dyan… quédate un momento.

—La voz de Faria lo detuvo.

El mago se detuvo en seco, el resto de capitanes pasaron a su alrededor, todos algo cabizbajos.

Mientras la puerta se cerraba tras los demás y las pisadas se apagaban en el corredor, el humo del bracero parecía más denso en el silencio.

Cuando estuvieron a distancia, al fin habló.

—Dígame, comandante.

—respondió, con cautela.

—Parece que su Majestad te tiene en alta estima.

—La voz de Faria resonó en el salón vacío, más grave en la quietud.

—Contar con su aprecio es una bendición que no merezco… pero que recibo gustoso.

—respondió Dyan, de pie a medio camino entre la mesa y la salida, el perfil endurecido por las sombras del brasero.

Faria lo observó en silencio antes de continuar.—La capitana Lena me contó la verdad de tus… hazañas.

El corazón de Dyan dio un vuelco.—¿La verdad?

¿Cuál es la verdad?

—su tono fue firme, pero el eco le devolvió un temblor imperceptible.

La comandante le hizo un gesto para que se sentara, aunque él no se movió.—Me han dicho que eres peligroso.

Un riesgo para quienes combaten a tu lado.

—¿Eso dijo Lena de mí?

—La frialdad de su propia voz lo sorprendió.

Detrás de ella, sin embargo, se agitaba una tensión invisible, el miedo a escuchar la respuesta.

—Así es.

¿Por qué te sorprendes?

Dyan no respondió.

Su respiración se volvió más pesada, como si retener el aire se hubiera vuelto una carga imposible.

Sus labios se humedecieron, temblando apenas.

Faria entrelazó los dedos sobre la mesa.—He leído los informes.

Sorprendentes, tanto que parecen un delirio de escriba.

La capitana solo me ayudó a ponerlos en tierra.

Así que dime tú: ¿de verdad asesinaste a diez mil personas?

—¿Hubiera preferido que no lo hiciera?

—replicó Dyan, intentando aflojar el nudo que se le había cerrado en la garganta.

El rostro curtido de Faria no se alteró.—Me preocupa que seas un peligro para los tuyos.

Los magos, donde yo vengo, son armas inestables.

Si pierdes el control, no serás solo tú quien sangre.

Mis hombres estarán ahí afuera contigo.

—Señaló la venda en la mano de Dyan, su mirada dura como piedra—.

Lo que te hiciste a ti mismo, podrías hacérselo a cualquiera.

—¿También le contó que salvé su vida?

—preguntó él, la voz quebrándose con un dejo de rabia contenida.

—Lo mencionó.

Pero con el tiempo, las emociones se decantan y lo vemos todo con más claridad.

—Faria se levantó despacio.

Su armadura crujió como un presagio, llenando el aire con el roce del acero.

Dio un paso hacia él, sus ojos ardiendo como ascuas contenidas.

—Te estaré vigilando, Dyan Halvest.

El joven mago permaneció inmóvil, en silencio, hasta que la comandante salió del salón y la puerta se cerró tras ella.

Por un instante, la duda germinó en su interior como una raíz oscura.

Pero la arrancó de inmediato.

Había hecho lo que debía, había dado todo cuando fue necesario.

Prefirió aferrarse a esa certeza antes que dejarse arrastrar por la sombra de la desconfianza.

Prefirió guardar, en lo más hondo, las palabras que Lena le dijo al despedirse aquella última vez.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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