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El Archimago se retira - Capítulo 56

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  4. Capítulo 56 - 56 Capítulo 15 Mírame a los ojos 4
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56: Capítulo 15: Mírame a los ojos (#4) 56: Capítulo 15: Mírame a los ojos (#4) El descenso hacia el subterráneo de la Torre del Homenaje se le hizo interminable.

Los pasillos húmedos parecían cerrarse sobre él, el musgo trepaba por las piedras y la oscuridad en cada recodo le pesaba como un recuerdo maldito.

Cada paso era un eco, y cada eco le devolvía la sensación de que estaba solo, incluso cuando no lo estaba.

El aire era denso, cargado de humedad y tierra vieja, como si el fuerte guardara en sus entrañas siglos de derrotas olvidadas.

Todo era, de alguna manera, insoportable, pero ya estaba ahí y no había vuelta atrás.

Todo era por gloria de su Majestad, se repetía una y otra vez, apretando los puños, buscando el silencio y la soledad, pero en su mente, todavía no podía desprenderse, ni guardar en lo profundo, el calor de su abrazo, todavía ardía sobre su piel, todavía sus palabras resonaban en su memoria como si las hubiera dicho unos minutos atrás.

Incluso ahí, donde sus pasos lo habían llevado, en la habitación donde la piedra de maná exhalaba pulsos plateados de energía arcana, incluso en ese instante, incluso contra su voluntad, su alma le recordaba lo que su mente quería olvidar.

Posó su mano sobre la enorme piedra.

Quizá esos sentimientos tan persistentes y que había logrado ahogar mientras estaba en el la torre, era lo que llamaban amor.

Lo negó de inmediato, eso era gratitud, pensó.

Aunque dolía demasiado para serlo y le hacía sentir tan miserable ¿Por qué en la Torre nadie enseñaba sobre estas cosas?

Se preguntó, mientras apretaba los labios sin darse cuenta.

Se obligó a despejar la mente y a trabajar.

Se sumergió en su pozo de maná con una naturalidad que antes solo habría soñado, como quien se mueve en una habitación oscura que conoce de memoria.

Allí abajo, en esas profundidades arcanas, encontraba un silencio que lo aliviaba, como si el ruido de su corazón no existiera.

Vertió su energía en la piedra como agua de vasija a vasija.

No supo cuánto tiempo pasó.

Cuando abrió los ojos, la piedra irradiaba un fulgor sereno, plateado, que lo envolvía por completo.

Su cabello y sus ojos parecían hechos de esa misma luz, etéreos, intocables.

Por un instante, la calma lo reclamó.

Su interior estaba quieto, como un respiro que teme ser exhalado, prisionero de un peso demasiado grande.

Unas pisadas sonaron secas sobre la piedra, como si alguien caminase de puntillas, escabulléndose para mirar al interior desde las sombras.

Dyan se giró, reconocía esa forma de pisar, el sonido suave de esa respiración.

Su mirada se hundió en la de ella, que había perdido, al menos en ese segundo fugaz, toda la firmeza que la caracterizaba… —Sabía que vendrías, tarde o temprano… Era su voz.

No la que fingía para parecer más imponente, sino aquella que lo había llamado en la plaza cuando estaba perdido.

Sonrió apenas un poco, con amargura, mientras en sus ojos se agolpaban lágrimas que amenazaban con caer.

—Me alegra que estés bien.

El silencio que siguió no fue como aquellos que compartían en la pequeña casa de Lena, éste fue incómodo y tenía el sabor de una despedida.

Lena titubeó, pero si había pensado en acercarse y cortar los pocos metros que los separaban, solo logró dar un par de pasos que abrieron una grieta entre ambos, un abismo que se trazó invisible entre los dos y que ninguno se atrevía a cruzar.

—Recibí tu carta.

—dijo al fin, bajando la mirada.

El uniforme no la protegía ahora.

Se sintió diminuta, irreconocible incluso para sí misma.

—Perdóname por no responder… nunca encontré el momento.

—No te preocupes.

—Dyan tragó saliva.

Había imaginado este reencuentro de mil formas, ninguna así.

—Ahora estoy más tranquilo.

—Dijo, y en parte, eso era verdad.

—Han sido meses complicados aquí, pero hemos visto batallas peores.

Al menos aquí hay un muro que nos protege y una barrera.

Las condiciones son mucho mejores.

—Le pareció que sus palabras solo delataban la falsedad de lo que había dicho antes, pero le era complicado darle sentido a lo que tenía dentro.

Dyan cerró los puños, incapaz de seguir callando.

—Ya veo… —inspiró profundo.

Y entonces, con la voz quebrada, lo dijo—.

Te extrañé… Cada palabra cayó como piedras sobre cristal, llenando la habitación de cuchillas invisibles que no se atrevían a tocar.

—Lo lamento… —Respondió Lena, con su voz hecha un susurro.

Escondiendo la mirada.

—han pasado muchas cosas ¿Podemos seguir siendo… amigos?

¿Por qué esas palabras dolían tanto?

Se preguntó Dyan, mientras le devolvía una sonrisa torcida.

—Creí que lo éramos ¿Me equivoqué?

—No, para nada.

—Lena negó de inmediato, casi atropellando las palabras—.

Tienes razón… ni siquiera sé por qué estoy tan nerviosa.

—Intentó avanzar un paso, pero sus piernas se negaron a obedecer.

Sus labios temblaron al pronunciar su nombre—.

Dyan… —El silencio la sofocó.

Cada fibra de su cuerpo se resistía, pero la verdad acabó escapando, pesada, irremediable—.

Pronto me voy a comprometer.

Quería que lo supieras.

Un golpe seco resonó dentro de él.

El corazón le martillaba las costillas, frenético, como un prisionero golpeando la puerta de su celda.—Me alegro por ti —dijo al fin, aunque su voz carecía de vida—.

Deberías mantenerte lejos del campo de batalla entonces… deben estar esperando tu regreso.

—Sus ojos se apagaban palabra tras palabra, aun cuando se obligó a añadir—.

Los dioses cuidarán tu unión, estoy seguro.

Eres una buena persona… mereces lo mejor.

Intentaba decir lo correcto, pero la verdad se desangraba entre cada palabra.

Y Lena lo sabía, sabía que hundía un puñal con veneno en un cuerpo desnudo e indefenso.

Dyan se giró hacia la salida.

Su sombra se alargaba en el fulgor plateado de la piedra de maná, como si todo de él se deshiciera en el suelo.

En la puerta se detuvo un instante, con un nudo en la garganta que apenas logró dominar.

—Espero que seas muy feliz.

Que lo seas de verdad.

—Esta vez su voz tembló, pero era lo único sincero.

Palabras arrancadas de su alma, aun cuando le desgarraban al pronunciarlas.

Y se marchó.

Lena permaneció inmóvil, como si su cuerpo hubiese sido anclado al suelo.

Lo siguió con la mirada hasta perderlo en la penumbra, y en ese instante su expresión cambió.

Ya no era la capitana firme, sino aquella joven que lo había encontrado en la plaza, ciego y perdido.

No había lágrimas aún, pero el vacío en sus ojos pesaba más que cualquier llanto.

Los labios tensos, las cejas apenas arqueadas en tristeza… todo en ella era un intento inútil de contener lo inevitable.

No supo en qué momento empezó a llorar.

Solo sintió el peso insoportable en el pecho, la certeza cruel que la atravesaba: le había roto el corazón con sus propias manos.

Y esa herida, lo comprendía con una claridad desgarradora, jamás podría sanarla.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Have some idea about my story?

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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