El Archimago se retira - Capítulo 57
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57: Capítulo 16: La Distancia.
(#1) 57: Capítulo 16: La Distancia.
(#1) El trino de las aves tejía una melodía propia de la mañana, mezclada con el murmullo del viento entre las coníferas.
Allí, entre troncos altos y el suelo alfombrado de agujas de pino, resonaba la risa de Cadin, que corría de un lado a otro como un conejo inquieto.
La niña revolvía el tapiz del bosque con sus pequeños pies, saltando y escondiéndose, aunque siempre miraba de reojo para asegurarse de que Finia y Casia seguían tras ella.
—¡Tía Ninia!
—gritó de pronto, apareciendo de un salto detrás de un pino—.
¿Te asusté?
Finia fingió un respingo exagerado.
—¡Ay, pequeña!
¿Quieres matar a tu tía del susto?
Cadin soltó una risita pícara antes de salir corriendo otra vez, en busca de un nuevo escondite.
—Gracias por jugar con mi hermanita —dijo Casia, acelerando el paso hasta alcanzar a Finia—.
Ya se acostumbró a ir a la casa del señor Dyan.
—Oh, no te preocupes, a ambos nos encanta tenerla cerca.
—Finia apartó un mechón ondulado de su rostro y sonrió—.
Es una niña muy dulce.
En casa la queremos mucho.
Estoy segura de que papá la adora.
Casia alzó la vista hacia el dosel de ramas, por donde se colaban destellos de cielo.
—No sabía que el señor Dyan tenía una hija.
Me sorprendí bastante cuando Frila nos lo contó.
—Se adelantó un par de pasos, con las manos en los bolsillos—.
Mis padres también se sorprendieron… y gracias a eso mi madre ya no piensa en casarme con él.
Por suerte.
Finia rio con suavidad.
—Entiendo la confusión.
—Calló unos segundos, dudando si decir más, hasta que las palabras le brotaron con un dejo de emoción—.
En realidad… no somos padre e hija.
Pero, de algún modo, sí lo somos.
Casia arqueó una ceja, intrigada.
—No es tan complicado.
—Finia bajó la voz, como si al hablar también recorriera sus propios recuerdos—.
Dyan es mi maestro, me cuidó desde que tenía unos siete años, casi como Cadin ahora.
—La garganta se le cerró apenas un instante antes de continuar—.
Él hizo mi vida más feliz.
Me enseñó todo lo que sé… y me empujó a ser mejor.
¿No es eso lo que hace un padre?
Casia asintió, pensativa.
—Supongo que sí… sí lo es.
En ese momento, Cadin se detuvo en un claro.
La luz del sol se filtraba entre las ramas, bañando su cabello castaño desordenado como si lo coronara de oro.
—¡Casi las pierdo!
¡Apúrense!
—gritó, agitando el brazo con entusiasmo.
—Ya vamos —contestó Casia, riendo.
Luego se volvió hacia Finia con tono más bajo—.
Me alegra ver al señor Dyan de mejor ánimo.
Cuando llegó parecía muy triste… como si se forzara a sonreír.
Pero ahora su mirada es distinta.
Finia bajó la vista.
El recuerdo de aquella partida aún pesaba como una sombra, y prefería no removerlo.
—Han pasado muchas cosas.
Pero sí… este lugar nos ha hecho bien.
—A propósito, ¿no iba a venir con nosotras?
—No lo creo.
—Finia negó con la cabeza—.
Estaba revisando las inscripciones de la casa y, cuando se concentra, es difícil apartarlo de lo que hace.
—Alzó la mano y le hizo un gesto a Cadin para que no se alejara demasiado.
—Qué lástima —murmuró Casia—.
A Frila le gusta mucho el maestro Dyan.
Finia rio, incómoda, mientras se recogía el cabello tras la oreja.
—¡Rápido, rápido!
—insistió Cadin desde el claro.
—¡Ya vamos!
—respondió Casia, alzando la voz, con una sonrisa en el rostro.
Cadin corrió a toda prisa, dando pequeñas zancadas, los brazos abiertos como alas, mientras la brisa agitaba las hebras de su cabello.
No llevaba consigo más que una risa inocente, libre de obligaciones y deberes, una alegría que, sin proponérselo, repartía en cada lugar donde posaba sus pies.
La pequeña avanzó hacia la orilla del río sin frenar ni un instante, donde Frila la esperaba junto a sus padres, Eunid y Anidia.
Eunid estaba inclinado sobre una improvisada fogata, forcejeando con las piedras de chispa, mientras Anidia sacaba de un canasto trozos de carne y verduras para ensartarlos en pinchos.
Frila revoloteaba por los alrededores, recogiendo ramas secas.
El murmullo constante del río envolvía la escena en una calma pastoral, casi irreal.
Cuando Finia y Casia llegaron al claro, Eunid alzó su enorme brazo velludo en señal de saludo.
—Gracias por venir —dijo Finia, adelantándose para ayudar.
—No hay de qué, ustedes siempre reciben a mi pequeña con cariño.
—Eunid refunfuñó un poco, intentando prender la fogata—.
¿Y el señor Dyan?
Finia, al ver que Eunid solo conseguía humo y chispas apagadas, chasqueó los dedos.
El fuego brotó de golpe entre ramas y troncos, encendiéndose con un crujido alegre.
—Se quedó en casa, investigando.
Supongo que estará en ello todo el día.
Eunid retrocedió, sorprendido por la facilidad con que las llamas bailaban al compás de su gesto.
—Vaya… —se secó el sudor de la frente—.
Qué lástima, Cadin se durmió hablando de cómo iba a jugar hoy con ustedes.
—Miró hacia la orilla, donde la niña ya se quitaba los zapatos para chapotear junto a Frila—.
Aunque no lo parezca, seguro que lo extraña.
Finia entendía demasiado bien ese sentimiento.
Había noches en que Dyan desaparecía por encargos de la reina, demasiado peligrosos como para llevarla consigo, y ella quedaba con ese amargo sabor de abandono.
Entonces era apenas una niña, que veía en él a un salvador, a un semidiós vestido de carne: cualquier hechizo o palabra suya la maravillaba y aterraba al mismo tiempo.
Ahora lo comprendía mejor: era humano, frágil incluso… y quizás por eso más valioso, más cercano.
Sonrió.
—¡Tía Ninia, ven a jugar conmigo!
—gritó Cadin, levantándose el vestido mientras chapoteaba en la orilla.
—¡El agua está fresquita!
Frila ya estaba con los bajos de su falda recogidos, lista para seguirla.
Anidia se acercó a la fogata con un plato lleno de pinchos de carne y verduras.
—Ve con ellas y relájate, Finia.
Aquí no hay mucho que hacer salvo vigilar que la comida no se queme, y Eunid es experto en eso.
La archimaga se sonrojó levemente.
—Sí, gracias.
Era una sensación extraña: ser tratada como una muchacha más, como parte de una familia corriente.
Algo nuevo, refrescante, que le llenaba el pecho de emociones contradictorias.
Quería quedarse en ese instante para siempre, en esa paz de risas infantiles y comidas sencillas, y al mismo tiempo sentía la carga de su deber aplastándola: la archimaga no podía permitirse indulgencias, lo sabía.
Y sin embargo… ¿cómo volver a la solemnidad de los ritos, después de probar el sabor de la libertad?
Se desató las sandalias junto a la orilla, mientras recordaba cuántas cosas nuevas había vivido en Glavendell.
Nunca antes se había bañado en un río con amigas, riendo como una niña despreocupada.
Allí nadie le exigía parecer imperturbable ni cargar el peso de generaciones.
Allí era solo Finia.
Cadin se acercó sin salir del agua, sosteniendo con ambas manos su vestido para que no se mojara.
—¡Mira, tía Ninia!
—levantó los pies descalzos bajo el agua cristalina, agitando los deditos mientras unos pececillos nadaban entre sus piernas—.
¡A los peces también les gusta Cadin!
Sonreía con la boca entera, mostrando los huecos y los dientes en crecimiento.
Finia dejó sus sandalias a un lado.
—Los peces saben reconocer a una niña buena —respondió con ternura—.
Por eso juegan contigo.
Una nube tímida se deslizó frente al sol, como si un dedo invisible la empujara, tiñendo el cielo de un velo suave.
—¡Finia, ven al agua!
—llamó Frila desde más adentro.
La maga recogió su túnica y, tomando la mano de Cadin, avanzó con pasos vacilantes sobre las piedras resbaladizas del fondo del río.
El agua estaba fresca, ligera, y un instante creyó que podría dejar atrás todo deber, todo peso, para ser tan solo… libre.
Entonces resbaló.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Have some idea about my story?
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