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El Archimago se retira - Capítulo 58

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  4. Capítulo 58 - 58 Capítulo 16 La distancia 2
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58: Capítulo 16: La distancia (#2) 58: Capítulo 16: La distancia (#2) De un segundo a otro, el cielo claro lo llenó todo en su visión.

Finia hubiera caído de espaldas al agua si no fuese porque unos brazos firmes, suaves al mismo tiempo, la sostuvieron con delicadeza.

Sorprendida, alzó la mirada.

El reflejo del río temblaba en unos cabellos plateados que conocía demasiado bien.

—Ten cuidado, mi pequeña.

La sonrisa de Dyan era sencilla, sincera.

Antes, cuando niña, la había sentido como un abrazo cálido al final del día, como un atardecer que la resguardaba de todo.

Ahora brillaba distinta: tibia como una mañana de primavera que disipa la escarcha de la noche.

—¿Papá… cómo…?

—balbuceó, incapaz de contener el temblor en su voz.

Cadin corrió hacia él y se aferró a su pierna, apretándola con todas sus fuerzas, mientras la falda se le mojaba en los bordes.

—¡Tío mago!

Cadin sabía que iba a venir.

Dyan revolvió con cariño el cabello de la pequeña.

—No podía rechazar la invitación de mi asistente más importante.

Finia se incorporó lentamente, todavía afirmada de su brazo.

Sintió cómo el pecho se le llenaba de golpe, ocupando ese hueco que tantas veces la había acompañado.

—Creí que no vendrías… —susurró.

El mago le acarició la mejilla con suavidad.

—La magia es importante, sí.

Pero este momento lo es mucho más.

Ese día jugaron a la orilla del río, comieron bajo el sol y dejaron que las horas se escaparan sin nombres ni relojes.

No existieron reinos, ni órdenes, ni estudios, ni deberes.

Solo risas, la frescura del agua, la calidez de la carne asada, y la certeza de estar juntos.

Un instante robado a la eternidad.

Cuando por fin regresaron, la noche caía despacio sobre Glavendell, trayendo consigo una brisa más fría.

Finia abrió la puerta de casa con una ligereza nueva en el cuerpo, mientras Dyan la seguía.

La madera chirrió al moverse, y las runas grabadas en la piedra comenzaron a brillar con una luz mortecina, como si los reconocieran.

Finia se detuvo en seco, boquiabierta.

—¿Así fue como apareciste de la nada?

—Quería sorprenderte —respondió Dyan con media sonrisa—, aunque no esperaba que lo hicieras cayendo en mis brazos.

La archimaga se sonrojó y desvió la mirada.

—Lo hice a propósito.

—Entró en la casa, fascinada con los glifos que danzaban en las paredes.

—Edictus los talló en algún momento, quizá durante mis viajes, antes de que la enfermedad lo alcanzara.

—Dyan avanzó hacia el centro del salón y tomó la mano de Finia—.

Sin su trabajo, nada de esto habría sido posible.

Ella apretó sus dedos con fuerza.

—¿Crees que sabía que vendrías aquí… algún día?

Dyan bajó la vista.

El recuerdo de su maestro en los últimos instantes de vida le pesó en el alma.

—Es posible.

Era estricto, duro incluso, pero también sabía ver sus propias falencias.

No todos los magos de su calibre eran capaces de eso.

Hasta el final buscó mejorar lo que lo limitaba.

—Un silencio breve, cargado de añoranza—.

Fue su carga… y también su legado.

—Ven conmigo.

El aire vibró.

En un parpadeo desaparecieron del salón, dejando tras de sí un reguero de hilos plateados que se desvanecieron como humo en la penumbra… Al desvanecerse, el pasado recorrió un camino en sus memorias… —Quédate quieta, pequeña.

Tienes el cabello hecho un desastre.

—La voz áspera de la hermana Soledad retumbó en la habitación, mientras deslizaba un peine rígido por las hebras rebeldes de la niña.

Cada tirón arrancaba un sollozo que Finia reprimía con los labios mordidos.

Sus manitas se aferraban con fuerza a los pliegues del vestido raído para no llorar.

Sabía que si lo hacía, la hermana solo peinaría con más rudeza.

—¿Qué voy a hacer contigo?

Todos los días lo mismo —refunfuñó Soledad, dándole un nuevo tirón.

Los ojos de la pequeña se llenaron de lágrimas.

El dolor persistía incluso cuando el peine avanzaba.

Era una tortura diaria que nunca terminaba del todo.

—Hoy tienes que portarte bien.

Nada de correr como un animalito en el patio.

Vienen los magos de Scabia, ¿lo entiendes?

Si reconocen talento en ti, podrías ser adoptada.

—Las palabras cayeron como mandamientos que pretendían grabarse en su mente.

— ¿Me estás escuchando?

—Sí, hermana Soledad… —susurró con la voz apretada, haciendo pucheros.

La mujer sacó un lazo del delantal y lo usó para atar una coleta apretada.

—Ahora al menos pareces presentable.

—Le limpió con brusquedad el vestido, poco más que un saco remendado—.

Sonríe, muestra tu mejor cara.

¿Quieres comida de verdad?

¿Una cama caliente?

Finia bajó la cabeza, incapaz de responder.

Soledad la obligó a mirarla, sujetándola del mentón con un gesto áspero.

—No puedes quedarte aquí.

Apenas tenemos pan para todos.

Con los magos aprenderás cosas, tendrás una vida mejor.

—Le apretó la mejilla blanda con dureza—.

Ahora, sonríe y mantente tranquila, ¿puedes hacerlo?

La niña asintió en silencio, llevándose las manitas a la cabeza aún dolorida.

—Bien.

Ve a lavarte la cara y luego al patio.

Obedeció.

En el patio delantero del hospicio de las Hermanas de la Piadosa Madre Tierra, una veintena de niños aguardaba en fila.

El sol apenas trepaba por el cielo y sus rayos iluminaban los ojos inquietos de los pequeños, que preferirían correr, trepar árboles o jugar a perseguirse.

Pero las órdenes eran claras: debían mantenerse firmes, en silencio.

El sonido de cascos sobre tierra dura cortó el aire.

Por el camino principal apareció un carromato tirado por dos caballos de carga.

Cada golpe metálico de las herraduras hizo que la tensión se apoderara de los niños.

—¡Quietos, ordenados!

—advirtió la hermana a cargo, lanzando miradas afiladas hacia la fila mientras hacía señas al conductor del carro El murmullo de los niños recorrió el patio como una ráfaga de viento, mientras el carro se detenía a pocos metros, levantando una nube de polvo.

La hermana Soledad se adelantó para recibir a los visitantes: tres magos descendieron uno tras otro, sus túnicas pesadas cayendo sobre el suelo reseco.

Finia alzó la mirada.

Todavía le dolía la cabeza por los tirones del peinado y, sin saber bien qué debía hacer, apretaba con fuerza el borde de su vestido entre los dedos.

Al final de la fila, los niños más pequeños se empujaban con nerviosismo, cansados de mantener la postura recta durante tanto tiempo.

Los magos caminaron hacia la fila.

—Mírelos bien, por favor.

Estoy segura de que alguno tiene talento.

—dijo la hermana con una sonrisa cansada, casi suplicante.

Los tres recorrieron lentamente a los pequeños, sus ojos calculadores deteniéndose apenas un instante en cada rostro.

Entonces el cochero se descubrió: retiró la capucha y dejó ver un cabello largo, plateado, que caía como un río vivo de luz de luna.

Finia se sobresaltó.

Sintió un impulso extraño, un presentimiento, pero enseguida bajó la cabeza, obediente, para no fallarle a la hermana Soledad.

Los magos pasaron frente a ella sin detenerse.

Su corazón golpeaba con fuerza en el pecho; sus mejillas ardían y sus orejas se encendieron de vergüenza.

Se alejaron hasta el final de la fila.

—Mi señor, no hay nadie que valga la pena.

—dictaminó uno de ellos.

Finia cerró los ojos con fuerza, como si pudiera desaparecer.

En su interior rogó a la Piadosa Madre Tierra que la eligieran.

¿Eso haría feliz a la hermana Soledad?

Ya no quería que la peinaran con tirones ni cargar con el fastidio que creía causar.

—Revísenlos otra vez, se lo ruego.

—intervino la hermana, con voz temblorosa—.

Estoy segura de que alguno le servirá.

El mago se llevó una mano al mentón, incrédulo.

—¿Qué piensa, mi señor Dyan?

El de cabello plateado dio un paso al frente.

Sus ojos eran claros, profundos, y por un instante todo quedó en silencio.

—Tomen a los mayores.

Los enviaremos a palacio.

Su Majestad siempre necesita aprendices… o peones.

La hermana casi se inclinó hasta el suelo.

—Gracias, mi señor.

De verdad, gracias.

—No se preocupe, hermana —respondió Dyan con calma, depositando unas monedas de plata en su mano—.

Cuide de los demás hasta que regrese.

Los niños mayores fueron subidos al carro entre risas nerviosas y pasos torpes.

El sonido de las tablas rechinando heló a Finia.

¿Y si ella no era elegida?

¿Y si la hermana Soledad se decepcionaba?

Quizá, pensó con tristeza, solo significaba más años de ser un estorbo.

Las piernas le temblaban, pero apretó su vestido con fuerza y dio un paso adelante, rompiendo la fila.

—Señor… señor.

—alzó la voz con un hilo tembloroso.

El mago la miró fijo.

Sus ojos se encontraron, y Finia creyó ver en él la misma tristeza que la carcomía por dentro.

—Finia, vuelve a tu lugar, por favor —pidió la hermana, avanzando hacia ella—.

Espera hasta que las visitas se marchen.

Pero la niña no la oyó.

Dio otro paso.

—Señor… no esté triste.

Un silencio cayó sobre todos.

Dyan arqueó apenas las cejas y esbozó una sonrisa fatigada.

En los ojos de la niña brillaba un llanto contenido.

—¿Qué dices, pequeña?

—susurró.

La hermana trató de cubrirle la boca, avergonzada.

—No le haga caso, mi señor.

Ella es… especial.

Dyan se inclinó hasta su altura.

—¿Quieres venir conmigo?

—preguntó en voz baja—.

Tú también pareces triste.

Finia llevó las manos a su cabeza.

—Me duele… siempre me duele.

—su puchero se quebró y las lágrimas brotaron de golpe—.

Y también… siempre estoy triste.

Algo en aquellas palabras atravesó al mago como un cuchillo.

Sin pensarlo, la rodeó con los brazos.

—No tengas miedo.

Ella lloró en silencio contra su hombro, aferrándose a su túnica como si fuera lo único seguro en el mundo.

Fue entonces, en ese contacto, cuando Dyan sintió un eco sutil: una afinidad rara, una vibración curativa que pocos podían cultivar, el don de sanar.

Cuando el carro partió del orfanato, Finia aún sollozaba, pero por primera vez lo hacía con la certeza de que alguien la escuchaba.

Dyan le acarició el cabello húmedo de lágrimas.

—Llora todo lo que quieras, pequeña.

Llora y olvida tu pena… REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Have some idea about my story?

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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