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El Archimago se retira - Capítulo 59

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  4. Capítulo 59 - 59 Capítulo 16 La distancia 3
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59: Capítulo 16: La distancia (#3) 59: Capítulo 16: La distancia (#3) …Aparecieron abrazados en un salón de piedra sin puertas ni ventanas.

Finia tenía el rostro enterrado en el hombro de Dyan y sollozaba como una niña pequeña.

—¿Viste lo mismo que yo?

—preguntó, sin levantar la cabeza.

Dyan la sostuvo con la misma ternura de antaño, con la paciencia de quien conoce el peso de sus lágrimas.

—Sí.

¿No querías recordarlo?

Ella buscó su mirada con los ojos húmedos.

—Tú me salvaste entonces.

Sigue siendo un momento importante para mí, aunque no lo recordaba con tanto detalle… eso dolió.

—Te salvaste tú —corrigió él con suavidad—.

Fuiste valiente cuando nadie más lo fue.

Yo solo hice mi parte.

—Sus dedos recorrieron con delicadeza el cabello ensortijado de la muchacha—.

Sigues siendo tan dulce como en esos días: a veces traviesa, a veces infantil, otras con una sabiduría que no corresponde a tu edad.

Valiente, amable… mucho más de lo que yo era cuando tenía tus años.

—Gracias.

—sonrió, aunque en su interior sabía que mucho de lo que era se lo debía a él—.

Gracias por todo, papá.

—Secó sus lágrimas y por fin miró alrededor.

El salón estaba construido enteramente en piedra.

No había puertas, solo muros cubiertos de runas y glifos arcanos que titilaban con una luz pálida, frágil, como estrellas a punto de apagarse.

—¿Qué es este lugar?

—preguntó, fijándose en la enorme roca de maná que flotaba sobre un altar en el centro—.

¿Es lo que creo?

—Un altar, como el de la torre de Scabia —respondió Dyan, caminando hacia el centro—.

Este sótano estaba oculto, sellado con magia espacio-temporal.

Me tomó años descifrar las inscripciones para abrirlo.

Edictus lo dejó aquí con un propósito… creo que quería crear un nuevo centro de maná.

No uno cualquiera, sino uno que cambiase las reglas, que no dependiera de Scabia.

Uno que fuera como Glavendell… un hogar.

La roca pulsó, liberando una oleada de energía que recorrió las paredes y desapareció entre las piedras.

—Tú lo conociste mejor —Señaló Finia—.

No veo otra razón para que lo guardara aquí.

De alguna forma, quería fundar una nueva Torre.

—Apoyó sus dedos sobre la superficie brillante—.

Esta piedra está atada a la magia del espacio-tiempo… es como una guía, un faro.

Finia ladeó la cabeza, fascinada.

Dyan continuó.

—Un punto de anclaje… como la moneda que te envié.

Pero este no es un anclaje común.

Diría que es un punto de convergencia: cualquiera que sepa la fórmula puede volver aquí sin necesitar un objeto.

Y salir desde aquí hacia un anclaje es mucho más fácil por la influencia de la roca.

—Sonrió con reverencia—.

Es un trabajo inmenso.

Una obra digna de un archimago como Edictus.

Su voz se quebró, aunque intentó disimularlo.

—Mira esa inscripción.

Finia leyó la primera línea.

—¿Scabia?

¿Entonces es posible…?

—Eso parece.

Tal vez nuestra idea de viajar de un punto a otro del reino esté más cerca de lo que creíamos.

Edictus se nos adelantó.

Los ojos de Finia brillaron con entusiasmo.

—Si esto funciona… sería una revolución.

Lástima que no esté completo.

—Para eso estamos nosotros.

—Dyan arqueó una ceja—.

¿Cómo dos archimagos no van a poder terminar lo que comenzó Edictus?

—Sería una vergüenza que no pudiéramos.

—replicó Finia, plantando las manos en la cintura con aire desafiante—.

¡Qué emoción!

Hace siglos que no hago un trabajo manual de verdad.

Dyan tomó su mano de repente.

—Eso tendrá que esperar.

Ya es tarde, debemos descansar.

Ella hizo un puchero, aunque acabó riendo.

—¿Cómo puedes ilusionarme con algo así y luego mandarme a dormir?

—Los niños deben dormir bien para crecer.

—Malvado.

¿Sabías que puedo ser muy rencorosa?

—replicó con una sonrisa pícara.

—Por supuesto.

Te conozco demasiado bien, pequeña bribona.

—Se preparó para conjurar el regreso.

—Si me dejas dormir en tu cama, quizá te perdone.

Dyan soltó una carcajada.

—Siempre te sales con la tuya.

Haz lo que quieras.

El Archimago pronunció unas palabras y ambos se desvanecieron en una estela plateada.

El salón quedó vacío, salvo por la roca de maná, que siguió exhalando pulsos arcanos como un río subterráneo inevitable, aunque nadie lo mirase.

Al reaparecer en la casa, Finia salió corriendo hacia las escaleras.

—¡El que llega primero se la queda!

Dyan la vio desaparecer entre risas.

Por un instante creyó ver a la pequeña Finia de seis años corriendo por la Torre con una hogaza de pan en la mano.

—Mocosa… ya verás.

—subió tras ella a grandes zancadas.

La puerta de la habitación se cerró con un golpe travieso.

—¡No entres!

Voy a ponerme la camisola.

—gritó ella desde adentro, entre risitas y ruidos de cajones.

Dyan se apoyó en el marco, suspirando.

—Bandida… haces esperar a tu maestro en su propia habitación.

—Ya puedes entrar.

Al abrir, encontró la túnica y la enagua tiradas en el suelo, junto con el cinturón.

Finia estaba sentada al borde de la cama, extendiéndole un peine como si fuera un cetro.

—Este es tu castigo por llegar tarde.

Dyan recogió las prendas en el camino, negando con la cabeza, y tomó el peine.

—Ya no tienes seis años, Finia Valoreth.

—Siempre seré tu niña.

—replicó ella, con el pecho erguido de orgullo—.

¿No es cierto?

Él dejó la ropa doblada a un lado.

Finia sonreía, sabiendo que había ganado.

—Eres una tramposa, ¿lo sabías?

Ella se giró para ofrecerle la cascada de su cabello ondulado.

—Es mi privilegio.

Una hija debe ser caprichosa de vez en cuando.

Dyan se sentó a su lado y comenzó a peinarla con sumo cuidado, como si desenredara hilos de cristal.

—Tienes razón.

A veces debes ser caprichosa, traviesa… incluso egoísta.

Si nace de tu corazón, con honestidad, un padre no podría negarse a los deseos de su pequeña.

—Papá… ya no me duele, y no hay tristeza.

¿Puedo quedarme con esta paz para siempre?

El peine se detuvo.

Dyan la rodeó con sus brazos y la estrechó contra su pecho.

—Puedes.

No importa a dónde vayas ni lo que hagas.

Mientras no dañes a nadie, ni a ti misma, busca ser feliz.

Si eres feliz, yo también lo seré.

—Gracias, papá.

He sido feliz a tu lado.

Él apretó el abrazo, con los ojos llenos de lágrimas.

Ambos sabían que había habido amargura, heridas y tropiezos, pero la felicidad era la suma de todo lo vivido, no las grietas que lo marcaban.

—Gracias a ti, Finia.

Todo es gracias a ti.

Ella bajó la mirada, con el pecho apretado por la emoción.

Sabía que pronto llegaría el momento de partir, y cada palabra, cada gesto, cada abrazo, se estaba convirtiendo en su mayor tesoro.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Have some idea about my story?

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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