El Archimago se retira - Capítulo 60
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- Capítulo 60 - 60 Carta 19 Dyan a Silvania
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60: Carta 19: Dyan a Silvania 60: Carta 19: Dyan a Silvania A mi querida Silvania: Espero que no pienses que te he olvidado, pues todavía estoy a tiempo.
Prometí volver a verte al sexto mes de mi partida, y aunque el día aún no ha llegado, falta tan poco… tan poco.
Seguiré obstinado en la búsqueda de tu cura hasta el último aliento de mi vida, lo sé.
Tú me permites esta locura porque eres demasiado buena conmigo; siempre lo fuiste, siempre lo has sido.
Por eso, y por tanto más, te adoro.
Debo confesarte que en estos días los recuerdos de mi adolescencia me han golpeado con fuerza inusitada.
Aquellas cartas en que te suplicaba consejo, las veces que volví a ti herido, buscando refugio en tus brazos durante aquellos interminables años de guerra.
Dependí de ti entonces, con el corazón desgarrado, y quizá lo siga estando todavía… aunque de un modo muy distinto.
No escribo para lamentarme.
Muy al contrario, hoy vislumbro, gracias a Finia y a mis ayudantes ocasionales, una posibilidad real de sanar tus dolencias, una senda que podría devolverte la lozanía y la grandeza con que siempre te vi.
Aunque bien sé que lo único que se marchitó con los años fue tu cuerpo, nunca tu espíritu.
Quizá lo que me mueve es mitad esperanza y mitad temor, porque perderte sería insoportable.
Tú, que me conoces mejor que nadie, sabes que en el fondo nunca fui tan fuerte como aparentaba.
Estos días me descubro a menudo pensando en lo poco que estaba preparado para los dolores del corazón.
Ahora que Finia me acompaña, temo como un niño que alguien venga a arrebatarme este pequeño tesoro.
Y entonces, como antaño, me asalta la necesidad de correr a tus brazos y esconderme.
Sé que suena pueril… pero así de hondo es el vacío que me deja tu ausencia.
¿Qué me retiene aquí?
Una paz bucólica que jamás había experimentado, la calidez de tantas personas bondadosas.
Y sin embargo, ninguna de ellas puede hacerme olvidar mi deber contigo.
Aunque temo que Eleanor no miraría con buenos ojos que te trajese a este lugar, aun si pudiera.
De cualquier manera, mi Reina, mi Silvania, pronto estaré de regreso.
Porque mi estancia aquí no ha sido en vano: soy un mago más sabio, algo que jamás pensé posible.
Si me permites, compartiré también una tristeza que me acompaña entre tanta alegría: Finia pronto partirá a Scabia.
Lo percibo en su mirada, aunque intente ocultarlo.
Tiene aún un camino propio que recorrer, y su ausencia, lo presiento, me dejará otra herida que nunca cerrará.
Una más.
Siempre una más.
Dime, mi adorada Silvania… ¿existe un lugar donde podamos pertenecer, donde las sonrisas no se apaguen nunca y nadie tema perder lo que ama?
Últimamente mi corazón se aferra a esas ensoñaciones mientras evoco tu mirada, la forma en que guiabas mis manos sobre el piano, las horas de tu compañía que tanto añoro.
Pronto podré esconderme otra vez entre tus brazos.
¿Me lo permitirás, aunque sea una última vez?
P.D.
La moneda que acompaña esta carta es importante.
Llévala contigo siempre, como yo te llevo en mi corazón.
Siempre tuyo, Dyan Halvest Silvania permanecía en su alcoba, apenas iluminada por la luz temblorosa de una vela.
El silencio de la noche parecía envolverlo todo, roto apenas por el crujido de la madera en las paredes del viejo palacio.
Sobre su regazo descansaba la carta de Dyan, abierta, con los pliegues aún frescos, como si guardaran el calor de las manos que la habían escrito.
Sus labios se movían apenas, murmurando cada palabra, como si al pronunciarlas en voz baja pudiera traerlo de regreso.
A medida que avanzaba, sentía cómo el pecho se le apretaba con cada recuerdo evocado: las tardes al piano, el refugio que había sido para él en la juventud, y la súplica contenida en aquella pregunta que él no se atrevía a gritar.
Cuando terminó, bajó la mirada hacia la pequeña moneda que había caído del sobre.
La sostuvo entre sus dedos largos y delicados, girándola despacio, observando cómo la luz de la vela arrancaba destellos dorados en su superficie gastada.
La acercó a su corazón, cerrando los ojos.
En el silencio, escuchó el eco de su propia respiración, frágil, como si con cada exhalación se escapara un poco más de fuerza.
—Tonto… —susurró con ternura, aunque la palabra se quebró en un hilo de voz—.
No eres tú quien debe esconderse en mis brazos.
Una lágrima rodó por su mejilla, cayendo sobre el papel y manchando la firma de Dyan, borrándola apenas.
Con el dorso de la mano la secó, temerosa de arruinar aquella huella de él que ahora la acompañaba.
Se recostó en el respaldo del sillón, apretando la moneda en su puño cerrado, como si de ese modo pudiera retenerlo a su lado.
La vela crepitó, y en la penumbra, Silvania se permitió un suspiro profundo, casi una plegaria: —Vuelve, Dyan… vuelve antes de que se me acabe el tiempo.
La moneda quedó en su pecho, sostenida por su propia mano, mientras sus párpados se cerraban, no del todo por sueño, sino por el cansancio de un alma que esperaba con más fe que esperanza.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!
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