Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Archimago se retira - Capítulo 61

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Archimago se retira
  4. Capítulo 61 - 61 Capítulo 17 Es mi deber
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

61: Capítulo 17: Es mi deber.

61: Capítulo 17: Es mi deber.

La negrura se había tragado la llanura; donde antes se adivinaba tierra ahora solo había vacío.

La oscuridad era tan densa que las antorchas y las fogatas de la barbacana apenas lograban dibujar sombras vacilantes sobre la piedra.

El viento nocturno rozaba los cabellos plateados del joven mago sin perturbarlo: Dyan permanecía inmóvil, pegado al pretil, mirando hacia un horizonte que no ofrecía consuelo.

Un guardia se acercó con pasos medidos.

—Mi señor, ha pasado toda la noche vigilando.

¿No debería descansar?

Déjenos esto a nosotros un par de horas.

—Su voz era prudente, la cortesía de quien teme tocar una herida ajena.

Dyan apoyó la mano vendada sobre la fría piedra; una mano temblorosa.

Esbozó una sonrisa que no alcanzó a su mirada.

—No te preocupes.

—mintió con ligereza—.

Me hacía falta aire.

El guardia asintió y, antes de retirarse, ordenó con suavidad que dejaran un brasero junto al muro.

Un par de compañeros volvieron con uno humeante y lo colocaron a sus pies.

—¿Seguro que no querrá que lo releven?

—preguntó uno en voz baja.

—No, gracias.

—Dyan palmeó la tapa del brasero como quien acomoda un objeto querido—.

Los magos podemos velar varias noches si la ocasión lo requiere.

— ¿No lo van a extrañar?

El guardia sonrió con ligereza, como si lo hubieran preparado de antemano para él.

—Para nada, mi Señor.

Los chicos estarán felices de tenerlo a su lado durante esta guardia.

Aunque le reitero mi preocupación.

El guardia no volvió a preguntar, pero en esos ojos de plata líquida, le pareció ver una honda tristeza.

Una que le era familiar.

La había visto en los caballeros despidiéndose de sus familias al marchar a la guerra, en los maridos y esposas que quedaban, en los hijos, en las madres.

Era esa tristeza de la pérdida, la añoranza, una amargura de no saber si en esta ocasión volverían a verse.

Él no sabía si el joven mago tenía a alguien o si lo había perdido, quizá ambas, pero sabía bien que en esos momentos lo peor era la lástima, porque la ella duele más que la herida.

Se quedó allí, quieto como una estatua, con la mirada perdida en la distancia.

Después, en un acto que fue casi un susurro, murmuró hacia la noche: —Mi Reina… si estuvieras aquí, ¿podría esconderme en tus brazos?

—El nudo en el pecho le cortó la respiración.

Bajó la capucha y dejó que unas pocas lágrimas rodaran, sin consuelo.

Las noches se convirtieron en un hilo continuo de espera.

Los días, en una sucesión tensa, mientras Dyan permanecía imperturbable en su posición: los caballeros afilaban lanzas, afinaban las cuerdas de los arcos, reparaban empalizadas y entrenaban con los escorpiones.

Kermit y Orlec subían a la barbacana a llevarle comida a Dyan, pero en ningún momento intentaron hacerlo descansar.

Al contrario de los guardias, ellos lo habían visto en el norte preparando una magia por días a pesar de las heridas.

Sabían bien que si algo estaba en su mente, no iba a cambiar de parecer, por lo que hacían su parte en un devoto silencio.

En todo ese tiempo ni Faria Jaram, ni Rildan Bolden o Shion Paltem se acercaron al mago, aunque Shion y Faria lo miraron de lejos un par de veces, como quien mira a un loco al que es mejor no acercarse.

Lena en cambio, ni siquiera se atrevió a pisar la barbacana.

Entonces sonó la trompeta del vigía, claro y terrible, y el bronce rasgó la calma: era un aviso y un lamento al mismo tiempo.

La polvareda en el horizonte delineó las huestes chinsonitas.

El vigía voceó con la garganta desgarrada: —¡Magos al frente!

Los caballeros de la defensa, comandados por Shion Paltem ya se apostaban frente a los escorpiones y preparaban sus arcos.

El resto de las fuerzas corrían a sus puestos o se formaban en el patio de maniobras, listos a salir al campo de batalla si era necesario.

Dyan trazó en el aire con el índice un par de sigilos luminosos; los hebras de luz se deshilacharon con calma.

—Ayuden a Volka con la barrera —ordenó, y su voz llegó a los magos de Scabia con la certeza de quien recupera su papel.

Se paró acercó al borde de la barbacana y escudriñó en la oscuridad y al encontrar al escuadrón de magos entre las fuerzas enemigas, cerró los ojos.

Era su deber, su responsabilidad.

Sintió el pecho cerrarse, como si todo su cuerpo le gritase que estaba a punto de hacer algo que no deseaba.

Era su primera batalla desde aquella que le había dejado tantas secuelas, algunas heridas ni siquiera habían sanado del todo.

Sintió un vértigo antiguo, la misma vertiginosa certeza de cuando todo se reduce a un momento y una decisión.

«Por la gloria de su Majestad», pensó; la frase le sirvió de tablón donde asirse.

Ese fue su pensamiento fugaz, un consuelo.

Lo único que podía empujarlo a lanzarse a la batalla con algún motivo válido.

El vigía volvió a gritar.

— ¡Bolas de fuego!

No eran tambores de batalla del enemigo lo que resonó por todo su cuerpo, sino su corazón palpitando sin control.

Los gritos de aliados a su espalda, alguno diciéndole que no se quedara tan expuesto, pero no hizo caso.

Se encaramó al borde del muro y bastó con que agitara la mano, para que un golpe de luz partiera el cielo nocturno.

Un grupo de rayos rasgó el cielo de arriba abajo, haciendo explotar las bolas de fuego en su vuelo.

Cayeron sobre la tierra como látigos salvajes.

Los presentes murmuraron su apodo, entre asombro y temor: «el Relámpago Blanco».

Dyan saltó del muro y descendió al campo aún humeante.

La caída fue contenida por corrientes de viento que parecieron sostenerlo; sus pies tocaron la tierra con una delicadeza engañosa.

En su rostro ardía, en silencio, una furia contenida: no era rabia por la batalla, sino una tormenta íntima que necesitaba desbordarse para purgar algo más antiguo.

La tristeza y la vergüenza de los días pasados se habían transmutado en un hambre de destrucción que prometía borrar nombres y recuerdos, y en esa furia, quizá, hallar cierto alivio.

Dyan saltó desde lo alto del muro hacia el campo de batalla.

Su caída fue como si los vientos lo hubieran cogido en brazos con delicadeza.

Sus pies tocaron la tierra con la suavidad de un pluma.

Sin embargo, en su rostro, solo había una furia silenciosa.

Era una tormenta contenida, una represa a punto de estallar.

Toda la tristeza que había masticado los días anteriores, la había transmutado en furia y necesitaba descargarla para deshacerse de ella y volver a recorrer su camino, necesitaba borrar el rostro de esa mujer de su corazón, necesitaba ahogarlo en una bocanada de furia desatada y luego respirar… La batalla que siguió no fue simplemente un enfrentamiento: fue una tormenta desatada por una sola voluntad rota.

El cielo se iluminó con ráfagas de fuego y relámpagos que desgarraban la penumbra, como si una tempestad celestial hubiese descendido sobre el campo.

Cada destello proyectaba sombras deformes sobre los cuerpos que caían, sombras que parecían retorcerse y gritar junto con los hombres que morían, incapaces de comprender qué fuerza los estaba aniquilando.

Los magos enemigos reaccionaron con una furia desesperada, lanzando hechizos sin miramientos ni control, como animales acorralados.

Pero Dyan no les dio respiro.

No hubo intercambio, no hubo duelo arcano digno de leyendas.

Sus movimientos eran rápidos, precisos, casi automáticos, impulsados más por una rabia angustiosa que por la disciplina aprendida en la Torre de Scabia.

Los rayos que emanaban de sus manos se abrían paso entre la oscuridad, serpenteando como la peor de las tormentas hasta reducir a los conjuradores enemigos a montones de ceniza dispersa por el viento nocturno.

Las huestes chinsonitas, ajenas al terror arcano, se lanzaron sobre él en tropel.

Gritaban como bestias hambrientas que creían haber encontrado una presa aislada, sin sospechar que se internaban en la guarida de algo infinitamente más voraz.

Un gesto de su mano bastaba para desgajar la tierra bajo sus pies; cuerpos enteros eran arrancados del suelo por una fuerza invisible, estrellándose unos contra otros en un caos de huesos rotos y metal destrozado.

De la punta de sus dedos surgían látigos de luz que chasqueaban en el aire, azotando carne y armadura por igual, calcinando rostros, apagando de golpe cualquier aliento de vida.

Esa noche no voló ni una sola flecha desde las murallas del fuerte.

No hubo órdenes, ni tiempo para reaccionar.

Dyan había descendido envuelto en un manto de muerte que lo seguía como sombra propia, extendiéndose sobre el enemigo con una intensidad que nadie allí había presenciado jamás.

Y a esa distancia, ninguno pudo ver cómo su garganta se desgarraba en un grito silencioso, cómo las lágrimas surcaban su rostro mezclándose con la ceniza, cómo la herida abierta en su alma supuraba veneno sobre aquella tierra con una furia que marcaría ese lugar por generaciones.

La paz que aquella masacre impuso, una paz nacida del miedo absoluto, duraría más de una década.

Cuando el amanecer tiñó el horizonte con un pálido gris, la mitad de las huestes enemigas yacía muerta.

La otra mitad huía presa del terror, dejando atrás armas, estandartes y heridos que gemían sin esperanza.

Sobre la tierra ennegrecida, entre charcos de sangre espesa y montículos de cadáveres aún humeantes, Dyan permanecía de rodillas.

El temblor de su cuerpo no provenía del frío matinal ni del agotamiento físico, sino de aquella herida invisible que le atravesaba el pecho como una lanza envenenada.

Intentaba mantener la conciencia mientras el cansancio lo arrastraba hacia la oscuridad.

Desde los muros del fuerte, algunos pensaron que estaba muerto.

Hubo quienes pensaron en ir por él, sus compañeros de la Torre de Scabia, pero la propia Comandante Faria los detuvo, temerosa de que la bestia que había causado tal masacre todavía siguiera rabiosa y dispuesta a morder lo que fuera que se acercase.

El resto, los que no lo conocían, salvo por rumores, se dividían entre los que tenían el miedo adherido a la piel y los que le respetaban en silencio.

Muy pocos sintieron una pizca de agradecimiento.

Lo que habían visto era tan indecible, que incluso los más optimistas con su llegada habían volcado el contenido de sus estómagos sobre la piedra del fuerte.

Había creído que, al cumplir con su deber, al derramar tanta sangre, podría recobrar la calma, regresar al hombre que siempre había sido: el mago criado para la guerra y el estudio, sin afectos, sin familia, sin más amor que el conocimiento.

Pero ahora descubría que un veneno más puro lo había contaminado.

Una chispa de cariño real había prendido en su interior, y en el mismo instante en que intentaba asirse a ella, se había evaporado.

Las palabras seguían grabadas en su alma como hierro candente: «También te quiero mucho… No te olvidaré nunca.» Mentira.

Debía aceptarlo.

No había retorno posible.

Aquella punzada emocional que nunca antes había experimentado dolía más que cualquier herida física que hubiese recibido.

La tristeza lo dejaba hueco, tan vacío que incluso respirar le resultaba difícil.

¿Cómo se suponía que debía levantarse después de aquello?

¿Cómo seguir siendo el mismo?

Había probado un néctar demasiado dulce… y luego, de la misma mano, el veneno más amargo.

Respiró hondo.

Minutos interminables pasaron mientras intentaba reunir fuerzas, minutos que se arrastraron pidiendo permiso unos a los otros.

Cuando por fin se puso de pie, no lo hizo sintiendo alivio, sino todo lo contrario.

La tierra, la sangre y la ceniza cubrían sus manos temblorosas.

Había cumplido con su deber, había salvado el fuerte, pero en el fondo solo deseaba una cosa: que alguien lo sostuviera.

Que alguien lo abrazara, aunque fuese por un instante.

Pero allí no había nadie.

Cuando se acercó a las puertas del fuerte, el vigía lanzó un grito ahogado y las hojas de madera y hierro se abrieron con un chirrido prolongado, casi doliente.

La Comandante Faria lo aguardaba con el ceño fruncido, lista para reprenderlo por su imprudencia y por desobedecer órdenes.

Sin embargo, al verlo de cerca, la reprimenda murió en su garganta.

El rostro de Dyan estaba vacío, desprovisto de toda luz.

Sus ojos parecían pozos sin fondo, y su cabello, alguna vez brillante y cuidado, colgaba apelmazado por el sudor, la sangre y la ceniza.

La forma en que la miró, sin ira, sin emoción alguna, como si fuese un fantasma que no pudiera reconocerla, le provocó un estremecimiento involuntario.

Sintió miedo.

No del poder que había presenciado, sino del vacío que emanaba de él.

Dyan avanzó entre los guerreros del fuerte.

Nadie habló.

Nadie celebró.

Muchos apartaron la mirada.

Algunos aún tenían restos de vómito en la comisura de los labios, incapaces de borrar la imagen de la masacre.

Fue entonces cuando Lena se acercó, con pasos inseguros.

Su voz, velada por la culpa y el desconcierto, apenas alcanzó a salir: —¿Tenías que hacerlo de este modo?

Él se detuvo.

Cada palabra que escuchaba era como un golpe en su pecho resquebrajado.

La miró de reojo, sintiendo que su alma, reducida a fragmentos, amenazaba con deshacerse por completo.

—Cumplí mi deber —respondió con voz ronca—.

No hay bajas.

Y el enemigo recordará este día… para gloria de su Majestad.

Lena extendió una mano temblorosa y alcanzó a sujetar su túnica, aferrándose a él como si aún pudiera salvar algo.

—Tú no eres así —susurró—… lo sé.

¿Qué sabía ella?

Por un instante, una corriente de rabia y desesperación ascendió en su interior.

Quiso gritarle, agarrarla de la armadura, sacudirla hasta hacerla entender la tormenta que rugía dentro de él.

Quiso escupirle en la cara todo el dolor que lo estaba consumiendo.

Pero no lo hizo.

Con un esfuerzo sobrehumano, respiró hondo, contuvo la tempestad y apartó la mirada.

Sintió cómo la rabia se enroscaba en su pecho como una serpiente dispuesta a morder, pero logró sujetarla, encerrarla, sofocarla con voluntad pura.

El deber estaba cumplido.

Avanzó un paso antes de responder, sin volver la vista atrás.

—No tienes derecho a reprocharme nada —su voz salió baja, agrietada como vidrio molido, casi un susurro raspado—.

No ahora… nunca más.

Lena abrió la boca, incapaz de articular palabra.

No entendió.

No pudo.

En ese instante solo sintió que él levantaba un muro imposible de escalar entre ambos, un muro construido con sangre, cansancio y algo más oscuro.

No lo comprendió hasta que lo vio partir poco después, montado en un corcel tiznado de polvo y sudor, alejándose con una urgencia desesperada.

El galope resonó en el patio como golpes sordos de despedida, hasta que en el horizonte solo quedó una mancha gris que se desvanecía en la bruma matinal.

No tenía derecho.

Había ignorado cada una de sus cartas, temiendo responder, temiendo escribir aquello que ni ella misma quería reconocer.

Como si al plasmarlo en tinta se volviera real, eterno, inamovible.

Cada vez que un mensajero llegaba con el sello de la Torre o de algún fuerte, ella rogaba a los cielos que su mano no traicionara su decisión.

Usó toda su fuerza de voluntad para no abrirlas, para dejar que permanecieran cerradas, intactas, como una tumba donde enterrar sentimientos que no quería enfrentar.

Era su error.

Su pecado.

Uno que guardaría en silencio durante mucho tiempo.

Y sin embargo, con cada carta sin leer, el peso en su pecho aumentaba, aplastándola.

¿Por qué él insistía?

¿Por qué esa constancia casi obstinada?

¿Acaso su silencio no era respuesta suficiente?

¿En verdad necesitaba oír palabras que ella no estaba dispuesta a decir?

Ese punto gris alejándose le resultó insoportablemente triste.

Parecía huir de ella, escapar como si el simple hecho de compartir el mismo aire le quemara el alma.

Y en parte era cierto.

Ella lo sabía.

Lo entendía.

Pero prefería fingir ignorancia, porque si aceptaba la verdad, la culpa se transformaría en una herida abierta imposible de cerrar.

Fingir le permitía seguir respirando.

O eso esperaba.

En el palacio Willfrost, la noticia de la victoria llegó dos días después, transportada por un cuervo de alas negras como la noche que había presenciado la masacre.

El mensaje era escueto, pero las palabras de Faria Jaram llevaban una sombra que Silvania detectó al instante: “El joven mago enviado por su Majestad ha demostrado ser de utilidad, más allá de lo que yo misma había escuchado de él.

Sin embargo, y como la capitana Lena sugirió en sus informes, será necesario mantenerlo bajo estricta vigilancia.

Debo admitir que no creía un ápice de lo ocurrido en el norte, pero él solo destruyó la mitad de las fuerzas enemigas en un acto de completa barbarie que no me atrevo a decir.

Sé que mi Reina le tiene en alta estima, y aunque comparto que un arma de tal calibre debe mantenerse cerca, preferiría ponerle más que una cadena al cuello, no sea que algún día nos traicione a todos.

Majestad, sé que me extralimito en mis palabras y que es su decisión confiar en él o no, pero yo no querría volver a exponer mi espalda.

Es un muchacho inestable, capaz de ensuciarse las manos sin pudor ni recato.

Espero no necesitarlo en este frente otra vez.

Pocas veces he sentido miedo en mi vida como guerrera, pero en él he visto una oscuridad que me heló la sangre.” Silvania cerró la carta con gesto lento y luego la arrojó al fuego de la chimenea.

El papel ardió con rapidez, devorado por llamas que crepitaron como ecos de aquella noche.

Su mirada reflejó decepción, sí, pero sobre todo preocupación.

Entendía las palabras de Faria, pero entendía aún más al muchacho.

Había visto desde el principio el peso que cargaba sobre los hombros, un peso invisible que pocos percibían.

Desde ese día, comenzó a mirar con mayor frecuencia hacia los ventanales que daban al patio interior, como si esperara que en cualquier momento un caballo cruzara los pórticos del palacio.

¿Qué podía hacer?

¿Qué podía decir?

No todos podían ponerse en la piel de Dyan.

El miedo era comprensible; incluso inevitable.

Algunos magos a lo largo de la historia habían sido marcados con el mismo estigma: herramientas poderosas, temidas, útiles mientras servían… peligrosas cuando mostraban grietas.

Silvania no podía comprender del todo lo que significaba llevar ese sello, pero sí sabía lo que era sostener una carga demasiado grande, una responsabilidad que asfixiaba.

Sabía lo que era no poder confesar el cansancio, ni siquiera en soledad, porque en palacio nunca se estaba realmente sola.

Siempre podía haber oídos detrás de una puerta, sombras esperando al doblar una esquina.

El tiempo comenzó a volverse insoportable.

Las horas se alargaron como si resistieran avanzar.

Cada sonido de cascos o ruedas en el pórtico hacía que su corazón se agitara.

En condiciones normales, el viaje habría tomado dos semanas.

Pero al quinto día, por fin lo vio.

Lo reconoció al instante, incluso desde la inmensa distancia entre su despacho y los pórticos del palacio.

Se detuvo con la mano apoyada en el cristal del ventanal, como si pudiera alcanzarlo a través de él.

Una parte de ella quiso correr hacia las escalinatas, salir a su encuentro, tomarle las manos antes siquiera de que desmontara.

Pero no podía.

Las lenguas venenosas siempre estaban atentas, listas para murmurar.

Y tratándose de ella, con mayor razón.

Aun así, su corazón golpeaba con fuerza en su pecho.

Lo siguió con la mirada mientras el caballo recorría el sendero a todo galope, levantando polvo dorado bajo la luz del sol.

Cuando llegó al pie de las escaleras, Dyan levantó la vista.

Sus miradas se encontraron.

El cabello de él, enmarañado; la túnica polvorienta con manchas de sangre seca; la piel pálida por el cansancio extremo.

Pero en su rostro apareció una sonrisa leve, tenue, casi rota… y sin embargo sincera.

Había algo allí, algo que solo ellos entendían, algo frágil y cálido que se resistía a morir.

La mano de Silvania tembló sobre el frío cristal.

Lo había esperado con cada fibra de su ser.

Deseaba sentarse al piano y tocar para él, pasear por los jardines, dejar que las palabras fluyeran ligeras, sinceras, sin la carga del mundo sobre sus hombros.

Deseaba abrazarlo y ofrecerle cobijo.

Quizá porque haciéndolo ella también encontraba refugio, un remanso donde la corona pesaba menos.

Una lágrima resbaló por su mejilla.

Lo había extrañado más de lo que podía admitir.

Más de lo que debía admitir.

Dolía reconocerlo, pero al mismo tiempo era el lugar más cálido que conocía.

Sin buscarlo, sin planearlo, ambos se habían convertido en el hogar del otro, en ese sitio al que se deseaba regresar cuando todo lo demás se derrumbaba.

Entonces la puerta se abrió sin previo aviso.

El sonido la sobresaltó.

Se giró con rapidez, nerviosa, el corazón tropezando en su pecho.

Su cabello rojizo se agitó a su alrededor como una cascada de cobre encendido.

Y allí, en el umbral, con el polvo del viaje aún sobre los hombros, los ojos cansados pero ardientes… estaba él.

Por fin había vuelto a sus brazos.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Lamento haber tardado tanto para brindar este capítulo, pero me costó muchísimo escribirlo…

Aquí está, después de todo.

Este es el penúltimo capítulo de este tomo I.

Esperen el final, pronto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo