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El Archimago se retira - Capítulo 62

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  4. Capítulo 62 - 62 Interludio 5 Volver a verte
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62: Interludio 5: Volver a verte.

62: Interludio 5: Volver a verte.

Finia dejó su bolso al pie de la escalera con un suspiro que pareció desinflarla por completo.

Arrastró los pies hasta la mesa y se dejó caer en la silla, hundiéndose como si el peso del día la hubiese doblado.

Sus cejas crispadas ya anunciaban su desgano; ni siquiera se había tomado el tiempo de domar sus rizos, que colgaban enmarañados sobre los hombros.

Dyan la observó de reojo desde la cocina, mientras el aroma mantecoso de los huevos estrellados comenzaba a llenar la cabaña.

El crujido del pan en la sartén acompañaba el chisporroteo del fuego.

—¿Estás de mal humor?

—preguntó, sin despegar la mirada de la sartén.

—Dormí pésimo —gruñó ella, apoyando la mejilla en su puño—.

Volver a la Torre me revuelve el estómago.

—Suspiró, dejando que sus dedos tamborilearan en la mesa—.

Ya me había acostumbrado a esta casa, a los bosques, a la tranquilidad y… Su mirada, de pronto más viva, se giró hacia la puerta entreabierta.

—…a mi ayudante favorita.

Como si lo hubiera invocado, la puerta se abrió de golpe y el viento frío del bosque entró primero, seguido por Cadin, que irrumpió como un torbellino de risas y pasos veloces.

Detrás de ella, Frila trataba inútilmente de advertirle que tuviera cuidado, aunque era evidente que la niña jamás escuchaba al primer llamado.

Cadin cruzó el salón con los brazos abiertos, como si aquel impulso la fuera a levantar del suelo.

—¡Tía Ninia!

¡Tío mago!

¡Ya llegué!

Finia apenas alcanzó a ponerse en pie cuando la niña se lanzó contra ella.

Cadin hundió el rostro en su pecho, aferrándose a su túnica como si temiera que fuera a desaparecer.

—Tía Ninia, eres tan calentita —murmuró, en aquella mezcla adorable de ternura y sinceridad que solo los niños poseen.

Finia la alzó con facilidad, riendo, y revolvió su cabello oscuro con cariño.

—Llegó mi ayudante favorita.

¿Sabías que tu tía te extrañó mucho?

—¿A Cadin?

—respondió con una sonrisa graneada de huecos donde faltaban un par de dientes.

Dyan salió de la cocina con una sartén humeante de huevos.

El vapor se elevaba en volutas pálidas, llenando la habitación con un olor reconfortante.

—Cadin, Frila, desayunen con nosotros —dijo, dejando la sartén en la mesa.

Frila negó con la cabeza, aunque el rincón de su boca se levantó en una sonrisa resignada.

—Gracias, maestro Dyan, pero tengo labores.

La pequeña sí puede quedarse.

Cadin se sentó entre ambos, pero aun con su habitual energía, lanzaba constantes miradas furtivas hacia el bolso de Finia en las escaleras.

Su risa no había perdido brillo, pero bajo ella había un temblor, una inquietud que incluso un niño podía percibir.

Dyan la observó con una punzada en el pecho.

No podía cargarla con una verdad amarga.

—Cadin —dijo con suavidad—, ¿quieres acompañarnos en un paseo a la capital?

La niña abrió los ojos como si el mundo entero se hubiera encendido frente a ella.

El trozo de pan que tenía en la mano cayó sobre el plato.

—¿Paseo?

¡A Cadin le gustan los paseos!

—volvió la cabeza hacia Frila, implorante—.

¿Cadin no puede ir?

Frila soltó un suspiro vencido.

¿Quién podría resistirse a esa mirada?

—Está bien —cedió—.

Le diré a mamá que fuiste con el maestro Dyan.

Cadin aplaudió tan fuerte que el eco resonó en las paredes.

Se inclinó sobre la mesa, los ojos avellana brillándole como lámparas.

—¿Dónde va Cadin?

Finia le limpió la boca con el dobladillo de su túnica, sonriendo con un cariño que le ablandaba la voz.

—Tu tía favorita tiene que volver a la Torre Mágica.

¿Quieres ir a dejarme?

Dyan la miró entonces.

Realmente la miró.

La tranquilidad de esos días, la risa de la niña, la luz del bosque entrando por las ventanas, todo le había devuelto algo que no sabía que había perdido: un pedazo de sí mismo.

Y observar a Finia así, siendo cálida, riendo con la niña… lo golpeó con fuerza.

Muchas cosas habían cambiado desde su partida de Scabia.

Él había cambiado.

Ella también.

Pero esa ternura que compartían, casi sin querer, sin admitirlo, permanecía intacta.

—No estés triste, Cadin —dijo con voz suave—.

Finia volverá cada vez que pueda.

Y nosotros también podremos visitarla.

Los ojos de la niña se llenaron de pequeñas lágrimas relucientes.

—¿De verdad?

Cadin tiene que practicar mucha magia para sorprender a la tía cuando vuelva.

Finia tomó sus mejillas y las apretó con cariño.

—¿De verdad quieres ser maga?

—¡Cadin quiere ser la mejor!

—proclamó inflando el pecho.

—Entonces estaré esperando que me sorprendas —dijo Finia, tendiéndole el meñique.

Miró a Dyan de reojo, como quien intenta ocultar una emoción.

Cadin entrelazó su meñique con el de ella.

—Es nuestra promesa —dijo con esa risa traviesa que siempre lograba iluminar la cabaña.

Después del desayuno, prepararon sus capas y bolsas para el viaje.

El aire del bosque entraba por las ventanas abiertas, cargado de olor a resina y tierra húmeda.

La luz matinal iluminaba motas de polvo suspendidas, como pequeños hechizos flotando.

Los tres se colocaron en el centro del salón.

Frila los despidió desde la puerta con un gesto, estrechándose el chal alrededor de los hombros para protegerse del viento.

—Pórtense bien —advirtió, aunque su voz estaba teñida de afecto.

Cadin levantó la mano con energía.

—¡Cadin siempre se porta bien!

Frila arqueó una ceja.

Dyan reprimió una carcajada.

Un destello plateado comenzó a envolverlos, creciendo desde los pies hasta envolver sus cuerpos enteros.

El aire vibró con un zumbido suave, la madera crujió y las luces danzaron alrededor de ellos como estrellas veloces.

Y en un instante, como si hubieran sido arrancados suavemente de la realidad… desaparecieron.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Creation is hard, cheer me up!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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