El Archimago se retira - Capítulo 63
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- Capítulo 63 - 63 CAPÍTULO 18 LA MITAD DE MÍ
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63: CAPÍTULO 18: LA MITAD DE MÍ 63: CAPÍTULO 18: LA MITAD DE MÍ Mientras Finia y Cadin se quedaban en Scabia, Dyan emprendió el camino hacia el palacio Willfrost.
El sendero lucía igual que la última vez que lo recorrió, pero él no.
Cada piedra, cada árbol torcido por el viento, cada tramo del empedrado revivía aquel día de su expulsión, un día cargado de ignominia y silencios.
Aún no se había molestado en limpiar su nombre, ni pensaba hacerlo.
Regresaba por una promesa cuyo precio no podía medirse con tinta ni con oro, porque por ella estaba dispuesto a entregarlo todo.
La imagen de Silvania permanecía intacta en su memoria: su rostro serio, pero cálido; su mirada siempre penetrante, incluso en los años en que la enfermedad comenzó a arrebatarle la luz; su cabello que alguna vez brilló como cobre encendido y que ahora, prematuramente blanqueado, era testigo de un sufrimiento lento.
Ella había sido su refugio en los días más aciagos.
La única que lo sostuvo cuando era joven, torpe e inexperto.
La única que nunca lo apartó.
El dolor había sido su guía por muchos años, pero al final de este camino, donde se abrían nuevos senderos, no lo movía la rabia, ni la amargura.
Él era otro, no del todo, no se había transmutado en un ser de luz, ni nunca había sido un santo.
Sus pecados no podían contarse con ambas manos, ni la memoria recordarlos del todo.
Y sin embargo había descubierto un sendero cuando creyó que su alma estaba vacía y abandonada en agua encharcada.
Dyan dejó que la magia lo invadiera.
Su cuerpo se volvió ligero, translúcido; se fundió con las corrientes de aire y se deslizó como una brisa entre los patios.
Los rosales del jardín exhalaban un perfume tenue, y por un instante temió verla ahí, sentada en su pérgola, tomando té como solía.
Pero la silla estaba vacía.
Una punzada le cruzó el pecho.
Continuó avanzando.
Se filtró por las rendijas de un ventanal, convertido en un soplo entre los pasos apresurados de los sirvientes.
Sentía el pulso de la magia vibrar con más fuerza cuanto más se acercaba a ella.
Cuando llegó a la puerta de la habitación de Silvania, le faltó valor para tocar.
El temor a que no estuviera… o a que sí estuviera, más débil que antes.
Se deslizó bajo la madera y entró.
Su corazón golpeó con fuerza al verla.
Sentada en su escritorio, envuelta en una manta, la espalda recta a pesar del cansancio, conservando la dignidad que ni el tiempo pudo arrebatarle.
Un nudo se formó en la garganta de Dyan.
Durante meses había soñado con ese momento, y ahora que estaba ahí, se sintió pequeño, vulnerable.
Se acercó sin hacer un sonido.
Cuando estuvo detrás de ella, la abrazó por los hombros con la desesperación de quien teme llegar demasiado tarde.
Silvania se sobresaltó un instante, pero su alma lo reconoció antes que su cuerpo.
—Viniste al fin… —Sus dedos buscaron los de él, temblorosos, cálidos—.
Te extrañé más de lo que dejaban ver mis cartas.
Ninguna logró decirte la falta que me hiciste.
Perdona mi franqueza… y mi fragilidad.
Él cerró los ojos, hundiendo la frente en su cabello.
El aroma era el mismo: tenue, dulce, como hojas frescas al amanecer.
—No hay nada que perdonar.
Soy yo quien debe disculparse por llegar tan tarde.
—¿Tarde?
—Silvania sonrió despacio, con esa elegancia que solo ella poseía—.
Nunca es tarde.
¿No seguimos siendo tú y yo?
Se incorporó con esfuerzo.
La manta cayó al suelo.
Dyan la observó.
A pesar de la palidez, sus ojos verdes todavía destellaban con una intensidad capaz de atravesarlo.
Silvania alzó ambas manos y tomó su rostro.
—Mi querido Dyan… Hay algunas cosas que no deben hacerse.
Heme aquí que sigo en pie gracias a tus cuidados, pero siento que esta carne frágil ya casi se ha rendido, aunque mi espíritu sigue tan fuerte como en mi juventud ¿Me recuerdas como entonces?
—Cada día —respondió él sin dudar—.
Como entonces, sigo deseando cobijarme en tus brazos.
Ella lo atrajo hacia sí con suavidad y lo abrazó.
En cuanto la cabeza de Dyan descansó sobre su hombro, el nudo en su pecho se deshizo.
Las lágrimas brotaron sin control.
Sus sollozos eran profundos, arrancados desde un lugar antiguo.
Silvania lo acarició con suavidad: la nuca, los hombros, el cabello plateado que tanto conocía, sin temor del tiempo que la había reclamado.
Lo besó en el cuello con delicadeza, una y otra vez, deseando fundirse en su piel, mientras él la sujetaba como si temiera que la vida se le escapara entre los dedos, como si fuera a deshacerse en un segundo fugaz.
—¿Estás seguro?
—susurró Silvania, respirando junto a su oído.
—Arrastré esta deuda demasiado tiempo.
Estoy listo.
Aunque… fallar siempre es una posibilidad.
¿Confiarás en mí?
Ella retrocedió apenas para mirarlo.
No había duda en sus ojos.
—Como siempre lo he hecho.
Dyan la ayudó a recostarse en su cama, sentándose a su lado sin soltar su mano.
—Dyan… —dijo Silvania con voz suave, mirándolo con ternura—.
Si fallas y no puedo continuar aquí… por favor, no dejes sola a Eleanor.
Sigue siendo terca, pero algo en ella se ha abierto.
Lo sé.
Tus palabras la alcanzaron, aunque finja que no.
—Ella siempre contará conmigo —aseguró él—.
Lo sabe muy bien.
Silvania respiró hondo.
Su cuerpo parecía hundirse lentamente, como si por fin soltara un peso que la había retenido demasiado tiempo.
—¿Puedo preguntarte una última cosa?
—Por supuesto.
—¿Encontraste eso por lo que te marchaste?
Dyan bajó la mirada.
Una sonrisa sincera iluminó su rostro.
—Algunas cosas las encontré.
Otras vinieron a mí.
Y la última… la última está aquí, sosteniendo mi mano.
Silvania sonrió con una dulzura que ya casi no usaba.
—Tu reina está complacida.
Si me marcho ahora, solo tendría una duda, y una pena… ¿Sigo siendo la única?
—Sí —susurró él—.
Mi reina, mi amiga, mi primer amor… y quizá… el último.
Ella cerró los ojos un instante, como si esas palabras la arroparan.
—Eso me basta… y es más de lo que merezco.
Sé cuáles fueron mis pecados.
De algunos me arrepiento, mis culpas son incontables.
Cumplí mi deber y por mucho tiempo solo tuve soledad, pero tenerte a mi lado al final es lo que siempre soñé.
—Este no es el final —dijo Dyan, movido por una fuerza que lo sobrepasaba.
Una lágrima cayó, siguiendo el camino que habían dejado las otras.
—No diré que no quiero seguir y que te quedes a mi lado, pero si este es mi final… no tengo miedo.
Él, por primera vez, se permitió un atrevimiento que siempre había evitado, pero en ese instante no le importó su reproche: se inclinó y la besó sin pudor.
Sus labios eran suaves, fríos por la enfermedad.
Silvania no lo apartó; lo recibió con la poca fuerza que le quedaba, aferrada a su mano con una pasión que desafió a la debilidad.
Un tenue rubor coloreó sus mejillas.
Dyan retrocedió, solo un poco.
Podía sentir su respiración frágil en sus labios.
—Ya no me queda ni una pena.
Gracias mi querido Dyan, mi dulce Dyan.
—Confía en mí… este no es el final.
El mago cerró los ojos y dejó que las palabras arcanas se formaran en su mente.
La magia del ecoscrito surgió como un torrente silencioso: letras, sigilos y siluetas plateadas se elevaron desde el suelo y las paredes, danzando como seres vivos.
La habitación se llenó de una luz que borró todas las sombras.
Un zumbido profundo, casi imposible de describir, tembló en el aire.
El cuerpo de Dyan se cubrió de sudor.
Los músculos ardían como hierro al rojo vivo.
La presión amenazaba con desgarrarlo.
Pero no cedió.
Todo por lo que había luchado en esos años pasó ante sus ojos.
El tiempo se deformó, plegándose y estirándose entre ambos.
Una fuerza ajena, enorme, tiraba de ellos desde los bordes de la existencia.
Aun así, sus manos nunca se soltaron.
Los minutos se estiraron como horas.
Tal vez fueron segundos.
Tal vez una eternidad.
Y luego, silencio.
La luz clara de la mañana entraba con plácida calma bañando la habitación.
Dyan sintió la mano tibia de Silvania.
Estaba confiado.
No le importó cuál era el precio que había pagado.
Ella lo sostenía con firmeza, un agarre que conocía muy bien, porque era esa la fuerza que lo había levantado muchas veces.
Pero tuvo miedo de abrir los ojos.
— ¿A qué le temes mi dulce Dyan?—Silvania se sorprendió, esa voz era suya, pero a la vez no, aunque la sorpresa se desvaneció de inmediato.
Seguía ahí y la debilidad de su cuerpo se había desvanecido.
—Estamos aquí, los dos.
Como siempre.
—Tiene razón, mi Reina.
Abrió los ojos.
Silvania estaba ahí, sentada, mirándolo.
Sus ojos esmeralda brillaban con vida nueva.
Su cabello refulgía, cobrizo, caía sobre sus hombros como hebras de fuego.
Su piel irradiaba vitalidad.
Su sonrisa era la misma que recordaba de su juventud.
Dyan se quebró.
Lloró en brazos de su Reina hasta que todo dolor acumulado durante años se disolvió.
Si había pagado un precio, no importaba.
El propósito por el que se convirtió en Archimago, después de muchos, muchos años, se había cumplido.
Allí, abrazados, sin prisa.
En la tibieza de su compañía.
Ambos sabían que ese era su lugar.
Su refugio.
Su paz.
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