El Archimago se retira - Capítulo 64
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64: Epílogo: Incriptus 64: Epílogo: Incriptus Nunca imaginé que mi vida recorrería estos senderos inciertos.
Nadie sueña con ello, pero vivir, lo he aprendido, es sorprenderse incluso cuando ya no quedan asombros, esperar incluso cuando ya no queda esperanza.
He cometido errores, tantos como cualquiera, quizá más.
Y aunque he aprendido de ellos, no lo suficiente como para dejar de tropezar una vez más.
Eso puedo admitirlo sin pudor.
Mi querida Finia, mi pequeña Cadin: a ustedes enseñé todo cuanto supe y cuanto pude, sin reservas, con la entrega absoluta que mi humilde ser, mis fuerzas siempre escasas y mis inseguridades, fueron capaces de sostener.
Solo los dioses podrán decir si lo hice bien.
Espero que, cuando ya no esté, estas palabras lleguen a vuestras manos, aunque sea tarde, aunque sea apenas un consuelo.
Que sepáis que las amé tanto como a hijas nacidas de mi sangre; fueron la luz que mis ojos no esperaban, el fuego que volvió a prender en un corazón que creía apagado hace mucho.
Fueron la razón por la que mis pasos permanecieron en este mundo más tiempo del que merecí.
Si pudiera pediros algo, sería esto: no guardéis memoria de las heridas que sufrí en servicio de la corona, ni de aquellas que me acercaron a la muerte más de una vez.
Cada uno carga con un deber: el mío fue transmitir mi conocimiento, y amaros como padre; el de mi Reina fue mantener en pie un reino entero.
Y ese precio, mis pequeñas, ninguno de nosotros podrá comprenderlo jamás: ni su peso ni la soledad que trae la corona sobre los hombros.
A veces, cuando el amanecer me encuentra despierto, observo el río detrás de la casa de mi maestro.
El murmullo del agua es el mismo de antaño, pero me parece oír en él vuestras risas infantiles, como si hubieran ocurrido ayer.
Los años que pasamos juntos aprendiendo unos de otros son imborrables: los más dulces, los más felices, los más verdaderos.
Este diario que ahora tenéis ante vosotras guarda no solo recuerdos, sino todas mis reflexiones y desvaríos en torno a la magia que descubrí aquí, en una noche sin luna, amarga y luminosa a la vez: el Ecoscrito.
Quizá su nombre os suene a condena, y en ocasiones lo fue, pero para mí siempre fue una llama indomable, hermosa y terrible, cuyo sentido apenas rocé.
Esa noche fatídica, su poder me abrió los ojos a la magia del tiempo y del espacio, y fue también aquella noche en la que comprendí por primera vez lo que significa pagar un precio que no se ve, pero que se siente para siempre.
Porque fue gracias al Ecoscrito que pude sanar a mi Señora, mi amiga, mi Reina.
Ella ha sido mi norte desde que era apenas un muchacho, y a ella entregué mi vida.
Y lo digo literal: aquel día, el Ecoscrito tomó una parte de mi existencia, y un fragmento considerable de mi pozo de maná, para devolvérsela a ella.
Comprendí demasiado tarde la magnitud del intercambio.
La alegría de verla en pie me cegó a sus consecuencias.
Desde entonces fui menos mago, y la sombra de la muerte se aferró a mi espíritu con la crudeza de una marca que no descifra el calendario: no sabía cuándo, pero sí que se acercaba.
Aun así, no me arrepiento.
La vida exige sacrificios, y yo ofrecí los míos sin reservas.
Corrí hacia el campo de batalla más veces de las que puedo contar; sangré, perdí, fui quebrado… pero incluso con todos los reveses, no cambiaría el camino recorrido.
Puede que este pasaje lo vuelva a escribir una y otra vez, hasta que mis manos tiemblen demasiado para sostener la pluma.
Aún no me he rendido; sin embargo, si mi hora llega lejos de este escritorio, sabed esto: Hay mucho que nunca dije.
Aunque intenté mostraros mi amor en cada palabra y en cada silencio, sé que siempre fue menos de lo que merecíais… y ese es mi único arrepentimiento.
Finia soñó con levantar aquí una nueva escuela de magia: un hogar donde los magos se reconozcan hermanos y hermanas antes que rivales.
Y sé que no descansará hasta lograrlo, quizá porque vio en nosotros, en este pequeño refugio, la forma de una familia.
Por eso, he grabado vuestros nombres en la piedra de maná.
Si no regreso de este último viaje, que sea vuestra llave para abrir aquello que yo apenas alcancé a imaginar.
Las extraño incluso cuando están frente a mí; sus visitas semanales son tan breves que cada despedida me deja el corazón deshabitado.
Y aunque mi edad no se marque en mi rostro, la siento pesando por dentro, como raíces que tiran hacia abajo.
A mi Reina le he dejado una carta, entregádsela en mi nombre.
A Eleanor, Reina regente, también dejé algo.
No sé si lo acepte, pero espero tengan a bien hacer esto por mí.
Aquí, en Glavendell, los niños que siguen vuestros pasos son risas vivas, pequeñas brasas que me sostienen sin saberlo.
Les he dejado cartas a cada uno; si la guerra me alcanza antes de regresar, quizá mis palabras puedan guiar un poco sus días grises.
No quiero sonar fatalista, la muerte siempre ronda, pero rara vez avisa.
Sin embargo, si debo partir, prefiero hacerlo yo antes que verte partir a ti, mi querida Finia.
No porque dude de tu capacidad, sino porque ningún padre dejaría a su hija pisar el campo de batalla si pudiera impedirlo.
Y con los años, mis temores no han disminuido: han echado raíces.
Me despido, aunque no quiera.
Fui feliz.
Que lo sepáis bien: fui feliz con ustedes.
Con vosotras y con mi amada Silvania, despejé las sombras que ocuparon demasiado espacio en mi alma.
Gracias a ustedes pude dar lo mejor de mí aun cuando mis fuerzas menguaban.
Me despido sin querer despedirme, porque querría que el tiempo fuera eterno para seguir a vuestro lado.
Pero nada lo es, ni siquiera aquí en Glavendell, donde los días parecen suspendidos en luz, pero no detienen jamás la rueda del destino.
Hoy observé el cabello encendido de Silvania recortado a contraluz.
Sonrió apenas, esa sonrisa esquiva que siempre atesoré, pero los niños logran que la muestre con más frecuencia de la que ella confiesa.
He rogado a los dioses que no me arrebaten esto ahora, no ahora que soy tan feliz, pero el deber me llama, y nunca huí de él.
Nunca se alejen la una de la otra.
Y no olviden, por favor, no olviden, que las amo siempre.
Dyan Halvest REFLEXIONES DE LOS CREADORES circulonovel Este es el fin del primer tomo.
No volveré pronto con la continuación, pero espero haber cumplido.
Tengo otros trabajos en mi Patreon y aquí.
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