El Archivo del Trauma - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 El Santuario de los Rotos
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10: Capítulo 10: El Santuario de los Rotos 10: Capítulo 10: El Santuario de los Rotos El pasillo del sótano era un túnel de hormigón que parecía estrecharse a cada paso.
El aire aquí no solo era frío, tenía un peso físico, como si la oscuridad estuviera impregnada de plomo.
Caminamos en un silencio tenso, roto únicamente por el eco de nuestras botas.
De vez en cuando, el techo emitía un crujido metálico; un sonido que no parecía venir de la estructura, sino de algo vivo moviéndose entre las tuberías.
—No te desvíes ni un centímetro —soltó ella sin girarse.
Su voz resonaba en las paredes desnudas—.
La geometría aquí es…
caprichosa.
Si te separas de mi rastro, podrías terminar caminando por un pasillo infinito que no lleva a ninguna parte.
No querrás que el silencio te devore antes que las criaturas.
Asentí en silencio.
Mi mente, fiel a su costumbre de analizarlo todo, intentaba memorizar cada grieta en la pared y cada mancha de humedad.
Pero era inútil; las sombras parecían reconfigurarse en cuanto dejaba de mirarlas.
Tras unos metros de caminata sombría, ella rompió el silencio de nuevo.
Su tono era una mezcla de sospecha y curiosidad genuina.
—Es extraño —dijo, aminorando el paso—.
Me has preguntado qué es este lugar, me has preguntado cómo sé tu nombre…
pero todavía no me has preguntado el mío.
¿Acaso los novatos de hoy ya no tienen modales básicos de supervivencia?
Me tomó por sorpresa.
En mi cabeza, los datos de la interfaz seguían grabados a fuego: Valieth Veilmoor.
Sabía quién era y conocía su trauma.
Preguntar era una formalidad que mi cerebro ya había descartado, pero para ella, mi silencio era una anomalía.
—¿Te molestaría que lo hiciera?
—respondí con cautela.
Escuché un leve resoplido.
—No me molestaría —respondió secamente—.
Pero tampoco es que me muera de ganas por decírtelo.
En este lugar, los nombres son lo único que nos pertenece de verdad.
Regalarlo a un desconocido es…
—hizo una pausa, y el pasillo pareció volverse más gélido—.
Es peligroso.
El resplandor de una luz azulada empezó a filtrarse desde el final del corredor.
Valieth soltó un suspiro cargado de un cansancio que parecía pesarle más que su propia arma.
—Da igual —sentenció, deteniéndose antes de entrar en la zona iluminada—.
Al final acabarás sabiéndolo si sobrevives más de una hora en este mundo.
Soy Valieth.
Valieth Veilmoor.
Se giró levemente para captar mi reacción.
Mantuve el rostro neutral, una máscara que había perfeccionado bajo la tutela de mi madre, pero por dentro, un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Cada letra coincidía.
Lo que mis ojos veían no era una alucinación por el estrés; era la verdad cruda expuesta en una ventana azul que nadie más parecía detectar.
—Un nombre inusual —logré decir—.
Gracias, Valieth.
Ella entrecerró los ojos, buscando algo oculto en mi expresión, pero finalmente se encogió de hombros y empujó la pesada puerta del almacén.
—No me des las gracias todavía, Elian.
Ahora viene la parte difícil: convencer a los demás de que no eres una amenaza.
Me detuve un segundo antes de cruzar, mirando hacia atrás.
Mis cuentas no salían.
—Este pasillo…
no tiene sentido.
Un gimnasio no es así de grande.
Hemos caminado lo suficiente como para haber cruzado el edificio entero tres veces.
—Miré las paredes de hormigón, que parecían vibrar con una estática sutil—.
¿El mundo se expande a medida que avanzamos?
Valieth me miró por encima del hombro con una expresión que rozaba la lástima.
—El espacio aquí es como un recuerdo, Elian.
A veces se estira, a veces se retuerce.
No estás en un edificio; estás en una versión enferma de él.
El Archivo no construye pasillos para que llegues a lugares, los construye para que te pierdas.
Deja de intentar medir el mundo.
Aquí, lo único que mide algo es el reloj en tu muñeca.
Se refería a mi estabilidad.
Ella empujó la puerta por completo.
El almacén estaba sumergido en una penumbra alimentada por un generador que zumbaba débilmente.
El aire cambió: ya no era el vacío gélido, sino un calor humano pesado, cargado de miedo.
Era un naufragio de personas amontonadas entre estanterías de metal y colchonetas desgarradas.
Una mujer consolaba a un niño; un grupo de adolescentes se apretaba bajo una sola manta.
Sus rostros no eran de guerreros, sino de gente que esperaba una sentencia.
—He vuelto —anunció Valieth.
Un hombre alto, de hombros caídos y rostro surcado por la fatiga, se puso en pie con esfuerzo.
Sostenía un trozo de tubería como si fuera un arma, pero sus manos temblaban ligeramente.
Me miró con una desconfianza instintiva.
—¿Otro más, Valieth?
—preguntó con voz áspera—.
Apenas tenemos suministros.
La frecuencia va a subir…
—Está estable —lo interrumpió ella, pasando por su lado sin detenerse—.
Y sabe moverse.
Es mejor que el último que trajimos.
Ajá.
Le está mintiendo en la cara.
Si no fuese porque ella me salvó, ahora mismo estaría muerto.
Caminé tras ella, sintiéndome un intruso en su desgracia.
Mi mirada recorrió el lugar hasta que mis pasos se congelaron.
Allí, en el rincón más apartado, vi una figura pequeña.
Una niña sentada sobre una colchoneta llena de moho.
Llevaba un vestido que alguna vez fue amarillo, ahora cubierto de una pátina de polvo gris.
Permanecía tan quieta que dudé si seguía respirando.
Un choque eléctrico me recorrió la columna.
Mi mente proyectó el cartel descolorido de la calle 42.
Aquella imagen borrosa por la lluvia que nadie se detenía a mirar.
Era ella.
La niña desaparecida que el mundo había olvidado.
—¿Mia?
—el nombre se me escapó en un susurro.
Valieth se detuvo en seco.
Se giró con una curiosidad punzante.
El hombre del martillo, sin embargo, lanzó una mirada de soslayo hacia la esquina; una mezcla de miedo y rechazo que me revolvió el estómago.
—¿La conoces?
—preguntó Valieth.
Su voz era baja.
—Es la niña del cartel —logré decir, sintiendo un nudo en la garganta—.
Llevaba desaparecida meses antes de que todo esto empezara.
Nadie la buscaba…
pero es ella.
Se llama Mia.
Valieth no dijo nada.
Observó a la pequeña y luego volvió a mirarme.
Entonces, hizo algo que rompió todos los esquemas que yo había trazado sobre ella.
Se acercó a la colchoneta con pasos ligeros, casi inexistentes.
Se puso de cuclillas frente a la niña y extendió una mano.
—Mia…
—repitió con una suavidad que me dejó descolocado.
Acarició la cabeza de la niña con una ternura que parecía físicamente imposible en alguien que acababa de desintegrar monstruos.
Sus dedos apartaron los mechones de pelo sucio y en su rostro apareció una sonrisa pequeña, triste pero genuina.
Me quedé helado.
¿Cómo podía alguien tan endurecido mostrar esa vulnerabilidad?
—Ella no responde a los nombres, Elian —dijo Valieth sin apartar la vista de la pequeña—.
Al menos, no hasta ahora.
Aquí no importa quiénes fuimos afuera, pero ella…
ella es lo único que nos recuerda que alguna vez fuimos algo más que “frecuencias”.
—¿Por qué la miran así?
—pregunté, señalando al hombre del martillo.
Valieth dejó de sonreír, aunque no retiró su mano de Mia.
—Porque tienen miedo, Elian.
Tienen miedo de que ella sea el espejo de lo que nos pasará a todos: quedarnos vacíos, sin voz, esperando a que el olvido nos termine de borrar.
[ESTABILIDAD: 81%] Mi marcador parpadeó.
Ver a Valieth así, tan humana y tan rota a la vez, estaba haciendo que mi propia estabilidad se tambaleara.
No era el miedo a los monstruos lo que me estaba afectando ahora; era la comprensión de que, en este lugar, la ternura era quizás lo más peligroso de todo.
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