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El Archivo del Trauma - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 La Patología del Afecto
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11: Capítulo 11: La Patología del Afecto 11: Capítulo 11: La Patología del Afecto Mi madre solía decir que el corazón humano es un diseño defectuoso.

Ella no lo decía con odio, sino con la frialdad de un cirujano que observa un tumor.

—Elian —me repetía mientras me obligaba a memorizar las microexpresiones de los vecinos—, los vínculos son cables expuestos.

Cualquiera puede tocarlos y electrocutarte.

La única forma de ser invulnerable es ser una isla.

Durante cinco años, viví bajo esa premisa.

En la ciudad, la estabilidad se mantenía gracias a la distancia.

Aprendí que, si no te importa la niña del cartel, no sientes su ausencia.

Si no te importa el dolor del mendigo, tu pulso no se acelera.

La supervivencia es una ecuación donde la empatía es el residuo que siempre hay que eliminar para que el resultado sea exacto.

Por eso, ver a Valieth ahora me resulta más aterrador que las criaturas del patio.

Ella es letal.

Es una anomalía de combate, un filo que corta la estática de este mundo con una eficiencia mecánica.

Pero ahí está, de cuclillas sobre el cemento sucio, acariciando el cabello de una niña que ni siquiera sabe si sigue viva por dentro.

Su mano no tiembla.

Es una ternura desesperada, una calidez que brilla en este sótano como una bengala en medio del océano.

Es estúpido.

Es peligroso.

En este lugar, donde cada pensamiento puede ser una trampa y cada emoción un rastro para los depredadores, la ternura es una patología.

Es un punto débil que late con fuerza, gritando: “estoy aquí, soy humano, puedes herirme”.

Valieth está exponiendo su núcleo por una niña que no ha dicho una palabra.

Y lo peor de todo es que verla así, tan rota y tan humana, está haciendo que mis propios cables expuestos empiecen a chisporrotear.

Valieth no retiró la mano con la brusquedad que yo esperaba.

Sus dedos se deslizaron con una lentitud casi dolorosa sobre el cabello de Mia, como si estuviera intentando memorizar la textura de algo real antes de que se desvaneciera.

Hubo un último roce suave y entonces su expresión se cerró.

No fue un cambio violento, sino una retirada estratégica detrás de sus muros de hielo.

Se puso en pie con elegancia, recuperando esa verticalidad rígida que la hacía parecer más alta.

Me lanzó una mirada que ya no buscaba complicidad, sino obediencia.

—Sígueme —dijo, y su voz recuperó ese tono metálico—.

Tienes demasiadas preguntas en la cara y este no es el lugar para ventilarlas.

Los demás necesitan creer que el aire está limpio; tu confusión es un contaminante.

—Vaya, eso dolió —mascullé con un tono sarcástico que intentaba esconder mi desconcierto—.

Avísame la próxima vez que vayas a pasar del modo maternal al modo máquina de guerra.

Me ahorrarás el latigazo cervical.

Valieth no se detuvo.

Solo un ligero tensado en su mandíbula me indicó que me había oído.

—Si tienes energía para bromear, tienes energía para caminar —respondió sin girarse—.

No te quedes atrás.

Atravesamos un umbral reforzado con planchas de metal que no pertenecían a la estructura original.

El olor a ozono se intensificó, mezclándose con el aroma metálico del sudor.

Me llevó a lo que solía ser la sala de pesas, ahora convertida en un polígono de entrenamiento improvisado.

Me detuve en la entrada, observando la escena.

Había tres personas allí.

Uno golpeaba un saco de boxeo relleno de arena y fragmentos de cristal; con cada impacto, una chispa de estática saltaba del saco.

Otra chica, sentada en el suelo, sostenía una vara similar a la de Valieth, concentrada en estabilizar la luz de la punta mientras sus manos temblaban.

Valieth se detuvo en el centro de la sala.

Sus ojos grises me recorrieron de arriba abajo, evaluándome como un ingeniero analiza la integridad de un material sospecho.

—¿Ves esto, Elian?

Aquí nadie está por placer.

Cada uno ha tenido que convertir su “fallo” en algo que el Archivo tema.

Algunos aumentan su densidad, otros manipulan la frecuencia de los objetos.

—Se acercó a mí, reduciendo la distancia—.

Aunque, mirándote a ti…

parece que el Archivo te escupió antes de terminar el trabajo.

No tienes pinta de aguantar ni un asalto contra un saco de boxeo, mucho menos contra una patrulla de Hollows.

¿Qué se supone que vas a hacer?

¿Analizar a los monstruos hasta que se mueren de aburrimiento?

—Podrías intentar ser un poco más amable.

Acabo de llegar a este infierno y todavía estoy intentando que mi cerebro no se derrita.

Un poco de hospitalidad no te vendría mal.

Valieth soltó una carcajada seca, un sonido sin alegría.

—La hospitalidad es un lujo que se pudrió hace mucho tiempo, novato.

Aquí, si no eres un arma, eres estorbo.

Y yo no tengo tiempo para cuidar estorbos.

—Me puso una mano en el hombro, aplicando una presión dolorosa—.

Ya sabes lo que espero de ti, Elian.

No me hagas perder el tiempo demostrándome que me equivoqué al no dejarte en aquel patio.

Se dio la vuelta con un movimiento fluido, dejándome allí plantado.

—¿Eh?

—solté, parpadeando con incredulidad.

¿Qué esperaba de mí exactamente?

¿Qué me convirtiera en uno de ellos?

Valieth no me quería por mis músculos, pero sospechaba que había algo en mi forma de reaccionar que podía ser moldeado.

Quería arrastrarme a su mundo de impactos para ver si bajo la presión el carbón se convertía en diamante o simplemente se hacía pedazos.

Sentí un cansancio anticipado que me pesó más que el propio aire.

Va a ser una pesadilla, pensé, imaginando las horas de entrenamiento, los gritos de Valieth y el dolor físico que mi cuerpo iba a tener que soportar.

No solo tenía que sobrevivir a los monstruos de afuera; ahora tenía que sobrevivir a la ambición de una mujer que no aceptaba un no por respuesta.

—¿En serio…?

—repetí en voz baja, todavía procesando la magnitud del problema en el que me había metido.

Ella quería un soldado.

Y yo, por desgracia, era lo único que tenía a mano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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