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El Archivo del Trauma - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 La Semántica del Peligro
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12: Capítulo 12: La Semántica del Peligro 12: Capítulo 12: La Semántica del Peligro Me quedé allí, plantado en el centro de la sala de pesas, sintiendo el peso de la mirada de los demás y la absoluta falta de lógica de mi situación.

Un soldado, me repetí mentalmente.

Era absurdo.

Yo era la persona que calculaba el riesgo antes de cruzar una calle vacía; la violencia física era un error de sistema que siempre había evitado.

Antes de que pudiera buscar un rincón donde desaparecer, sentí un brazo pesado y sólido rodearme el cuello.

El impacto me pilló desprevenido, obligándome a inclinarme hacia un lado por la fuerza del gesto.

—No pongas esa cara de funeral, chico.

Si Valieth te ha traído aquí es porque vio algo en ti, aunque tenga una forma muy retorcida de demostrarlo.

Me tensé de inmediato.

Mi hipervigilancia se disparó, enviando señales de alerta a mis músculos, pero no hice nada.

El hombre que me sujetaba parecía tener unos treinta años, con una barba descuidada y una sonrisa que, a diferencia de todas las que había visto en este lugar, no parecía cargada de veneno.

Me soltó con una palmadita en el hombro que casi me saca el aire de los pulmones.

—Soy Marcus —dijo, extendiendo una mano callosa—.

Y sí, sé lo que estás pensando.

Valieth tiene la calidez de un iceberg en invierno, pero tiene su encanto una vez que dejas de temer por tu vida cada cinco minutos.

Me quedé mirándolo, parpadeando con lentitud.

Marcus proyectaba una energía que no encajaba con el entorno: era ruidoso, táctil y extrañamente humano.

—Encanto —repetí, probando la palabra en mi boca como si fuera un idioma extranjero—.

Creo que tenemos definiciones muy diferentes para esa palabra.

Para ella, sospecho que “encanto” significa no romperte las piernas en el primer minuto de conversación.

Extendí la mano hacia él, un gesto mecánico que mi cerebro ejecutó casi por inercia social.

Al hacerlo, sentí cómo mis dedos desaparecían dentro de su palma ancha y áspera.

Marcus soltó una carcajada que resonó en las paredes de hormigón, un sonido tan fuera de lugar en aquel sótano que un par de personas en las máquinas de pesas levantaron la vista con molestia.

—¡Exacto!

Vas aprendiendo rápido, chico —me dio otro golpe en la espalda, esta vez un poco más suave—.

Me caes bien, muchacho.

Se cruzó de brazos, apoyando su peso contra una estructura de metal oxidado.

Su mirada recorrió mi postura, mi ropa sucia y el ligero temblor que aún persistía en mis hombros.

—Escucha, Elian.

Valieth no suele jugar a ser el buen samaritano.

Si te ha traído aquí y te ha metido en “la cocina”, es porque cree que puedes cocinar algo.

Aunque ahora mismo parezcas más un ingrediente que un chef.

Miré hacia el fondo de la sala, donde la luz azulada del generador creaba sombras alargadas que parecían desprenderse del suelo.

—No estoy seguro de querer cocinar nada —admití, bajando la voz—.

Solo quiero entender por qué el mundo se convirtió en una pesadilla geométrica y cómo salir de ella.

Marcus dejó de sonreír por un segundo.

La sombra de algo muy viejo y muy cansado pasó por sus ojos.

—Entender es el primer paso para volverse loco, novato —sentenció, y por un momento la alegría desapareció de su rostro—.

Aquí no buscamos respuestas; buscamos tiempo.

Segundos, minutos, lo que sea.

Y para eso, necesitas que ella te enseñe a no ser un “ruido”.

Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal de esa forma tan táctil que me obligaba a tensar la mandíbula.

Bajó la voz, como si el hormigón de las paredes tuviera oídos.

—Un consejo: cuando empiece a lanzarte cosas —y créeme, lo hará—, no intentes esquivarlas con el cuerpo.

Intenta esquivarlas con la mente.

¿Esquivar con la mente?, analicé de inmediato.

La frase carecía de sentido biológico, pero en este lugar, la semántica solía esconder reglas físicas que yo aún no comprendía.

—Ella no golpea donde estás, golpea donde vas a estar.

… —¿Tan buena es?

—pregunté, ladeando la cabeza.

Mi mente analizaba la frase desde un ángulo táctico.

Si ella “no golpeaba donde uno estaba”, implicaba una capacidad de predicción motriz avanzada.

Quería saber si sus habilidades eran una leyenda urbana o un hecho contrastado.

Marcus se quedó congelado.

Sus cejas se arquearon tanto que casi desaparecieron bajo el flequillo descuidado.

Me miró fijamente, como si intentara descifrar si le estaba tomando el pelo o si realmente era así de denso.

Entonces, su expresión cambió.

Una chispa de picardía cruzó sus ojos.

—Bueno…

—alargó la palabra, rascándose la barba—.

No sabría decirte si es “buena” en el sentido que tú crees, novato.

Es letal, es terca y probablemente te rompa un par de costillas antes de que aprendas a decir su nombre sin temblar.

Pero…

—hizo una pausa, bajando la voz—, sigue siendo una chica hermosa, ¿no crees?

A pesar de todo el barro, la sangre y esa cara de querer quemar el mundo, tiene lo suyo.

Me quedé mirándolo en silencio.

Mi cerebro tardó exactamente 1.4 segundos en procesar la dirección de la conversación.

Marcus no hablaba de tácticas, ni de precisión operativa.

Hablaba de…

atracción.

De algo que, en este entorno de hormigón y estática, me parecía tan fuera de lugar como un ramo de flores en una zona de guerra.

Sentí una punzada de incomodidad social que me recordó por qué prefería los libros a las personas.

—Posiblemente…

—empecé, aclarando mi garganta mientras el calor subía a mi cuello—, posiblemente malinterpretaste lo que dije.

Yo me refería a su capacidad operativa.

A su rendimiento en combate.

Marcus soltó una carcajada sonora, dándome un manotazo que me hizo tambalear.

—”Capacidad operativa”, “rendimiento”…

¡Por Dios, chico!

Hablas como un manual de instrucciones —se secó una lágrima imaginaria del ojo—.

No dejes que ella te oiga decir eso.

Valieth odia que la traten como a una máquina, aunque ella misma intente convencerse de que lo es.

Dejó de reírse, pero mantuvo esa mirada divertida sobre mí.

—Un consejo gratis, Elian: no dejes que este lugar te quite los ojos para lo que es bello.

Si solo ves “capacidad operativa”, el Archivo ya te habrá ganado la mitad de la batalla.

Tragué saliva, procesando sus palabras.

Mis ojos volvieron a buscar a Valieth al fondo de la sala, pero su figura ya no era visible.

¿Hermosa, eh?

Eso era una variable que no había incluido en mi análisis.

Para mí, ella era un peligro, una maestra indeseada y un misterio.

Pero bajo la lógica de Marcus, ella era un recordatorio de que aún éramos jóvenes, de que el mundo, antes de romperse, tenía otras reglas.

—Lo tendré en cuenta —mentí.

Dato irrelevante pero perturbador, pensé, mientras mi mente ya estaba archivando la observación de Marcus.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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