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El Archivo del Trauma - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 El Costo de lo Cotidiano
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14: Capítulo 14: El Costo de lo Cotidiano 14: Capítulo 14: El Costo de lo Cotidiano Dos horas después, mi cuerpo era un mapa de dolor.

Cada músculo de mis brazos, desde los deltoides hasta las puntas de los dedos, emitía un pulso de protesta constante.

Mis pulmones ardían como si hubiera tragado brasas y el sudor me escocía en los ojos.

Me dejé caer contra una pared de hormigón, resbalando hasta quedar sentado en el suelo frío.

No me importaba la suciedad; solo quería que el mundo dejara de girar.

Marcus se acercó con paso ligero, como si las últimas dos horas hubieran sido un paseo por el parque.

Se agachó y me tendió una botella de plástico abollada.

—Toma, Elian.

Bebe despacio o la devolverás antes de que llegue al estómago.

La tomé con manos temblorosas y asentí a modo de agradecimiento.

El agua estaba del tiempo, con un ligero sabor a metal, pero fue gloriosa.

Tras un par de tragos, recuperé suficiente aire como para hablar.

—Gracias…

—logré decir, cerrando la botella con esfuerzo—.

Marcus, hay algo que no entiendo.

Él se sentó frente a mí, apoyando los codos en las rodillas.

—¿Solo una cosa?

Vas mejorando.

—Esto —señalé la botella—.

El agua, las vendas, la comida…

¿Cómo consiguen recursos aquí?

No creo que haya un supermercado abierto a la vuelta de la esquina.

Marcus soltó una risita seca y señaló hacia el techo, o más bien, hacia la inmensidad del edificio que nos rodeaba.

—El Archivo es una copia fallida, chico.

Y a veces, esa copia incluye lo que había dentro de los sitios.

Si entras en una tienda que el Archivo ha registrado recientemente, encontrarás las estanterías con algunas provisiones.

—¿Algunas?

—dije.

—Si.

No siempre corres con la suerte de encontrar alimentos que estén en buen estado.

Me quedé mirando la botella, tratando de procesar la idea.

—¿Me estás diciendo que el mundo…

genera estos objetos?

—Exacto.

Si el Archivo recuerda que en esta esquina había una cafetería, la proyectará con sus granos de café y sus botellas de agua.

El problema es que no duran para siempre.

Se inclinó un poco más hacia mí.

—A veces el agua sabe a estática o la comida se deshace en cenizas en tu boca.

Por eso salimos a recolectar.

Buscamos las zonas donde la realidad todavía es lo suficientemente espesa como para que una lata de conserva no se convierta en aire.

Miré el agua transparente a través del plástico.

Era una copia.

Un recuerdo sólido de algo que alguna vez fue real.

—Es una existencia prestada —murmuré.

—Todo aquí es prestado, Elian.

Incluso el tiempo que pasamos sin convertirnos en esas cosas.

Por eso Valieth es tan dura.

Cada gota de agua que bebes es algo por lo que alguien tuvo que arriesgarse afuera.

—Ya veo…

—murmuré, apretando la botella de plástico entre mis manos entumecidas.

Acepté la realidad de este nuevo mundo con la misma resignación con la que uno acepta una enfermedad crónica.

No había lógica que valiera, solo reglas nuevas y aterradoras que debía memorizar si no quería que mi existencia terminara siendo un error de lectura en el sistema.

Marcus me observó en silencio un momento; luego, su expresión se volvió más densa.

—Este mundo es extraño, Elian.

No solo por la geometría rota.

Lo es porque aquí, las reglas de la psicología se vuelven físicas.

—¿A qué te refieres?

—Usamos nuestros traumas como armas.

Me quedé congelado con la botella a medio camino de los labios.

Mi mente analítica rebotó contra esa frase como si fuera un muro de plomo.

—¿Nuestros qué?

—pregunté, frunciendo el ceño—.

¿Estás diciendo que estar roto es un requisito para sobrevivir?

Marcus asintió, sin una pizca de duda en su rostro.

—Dime, Elian, ¿tienes algún trauma?

¿Algo que te haya marcado tanto que condicione cómo ves el mundo?

Me tensé.

La pregunta era demasiado invasiva.

Mi hipervigilancia se activó, analizando su lenguaje corporal en busca de una burla, pero solo encontré una curiosidad cruda.

—¿Por qué me preguntas eso?

—respondí a la defensiva—.

En mi ciudad, esas cosas se discuten con un terapeuta, no con un extraño en un sótano.

—Porque aquí no hay terapeutas, chico.

Aquí, tu daño es tu nueva arma.

Es lo que te defenderá.

El Archivo se alimenta de la estabilidad, pero no puede procesar las mentes que ya están fragmentadas de formas específicas.

Tu trauma te permite doblar la realidad antes de que ella te doble a ti.

Me quedé sin palabras.

Pensé en mi madre, en su frialdad y a su vez, en su calidez, en mi incapacidad para conectar con los demás y en mi obsesión por analizar cada detalle para sentirme seguro.

Siempre lo había llamado hipervigilancia.

Un escudo.

—Si lo que dices es cierto…

—empecé, mirando mis manos temblorosas—, entonces este lugar es un paraíso para los que estamos perdidos.

—Mi trauma es la Culpa del Superviviente —soltó Marcus sin preámbulos.

Su voz cambió, volviéndose ronca, como si las palabras pesaran físicamente—.

Estaba en un incendio.

Me quedé paralizado mientras los demás…

bueno.

No pude moverme.

Me quedé allí, anclado al suelo por el terror, viendo cómo todo se volvía ceniza.

Cerró los puños con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.

—Ahora, cuando el peligro acecha, mi cuerpo se vuelve denso, pesado.

Siento otra vez que no merezco moverme, y el Archivo convierte ese peso mental en un blindaje físico.

Lo que me hundía en el mundo real, aquí me hace casi invulnerable.

No soy fuerte, Elian…

simplemente soy demasiado pesado para que el mundo me rompa.

Clavó sus ojos en los míos.

El aire se sintió más frío.

—Ahora te toca a ti, Elian.

Muestra el tuyo.

¿Qué es lo que te mantiene mirando las sombras de este gimnasio como si fueran a saltarte al cuello?

La botella de plástico crujió en mi mano.

Un rechazo visceral subió por mi garganta hecha adrede.

—No —respondí de inmediato—.

No voy a desnudar mi mente para que veas cómo usarla en mi contra.

Marcus suspiró, pero no apartó la mirada.

—No lo entiendes.

Si no abrazas tu Anomalía, tu frecuencia será puro ruido.

Serás una baliza para los Hollows.

Si esto es una trampa, ya estoy perdido, pensé, ignorando sus palabras.

Mi mente empezó a conectar los puntos con la frialdad de un forense.

Fatiga física, desorientación, y ahora manipulación emocional para extraer mis debilidades.

Era el manual básico para quebrar a un prisionero.

—Este lugar es un Ancla, Elian —continuó Marcus—.

Los recuerdos compartidos mantienen este techo sólido.

Pero fuera de aquí…

fuera de aquí tu trauma es lo único que te separa de ser aire.

—Pues me arriesgaré —mascullé, poniéndome en pie con dificultad—.

Gracias por el agua y por la paliza, Marcus.

Pero mi daño se queda conmigo.

No soy su experimento.

Él me miró con una mezcla de lástima y respeto.

Se levantó también, pero no intentó detenerme.

—Como quieras, Elian Vane.

Pero ten cuidado.

El Archivo no tiene piedad con los que intentan fingir que siguen cuerdos.

Me alejé de él, buscando un rincón oscuro donde pudiera estar solo.

Necesitaba vigilar mi marcador sin que nadie más lo viera.

Necesitaba entender si el agua que acababa de beber era medicina…

o el principio del fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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