El Archivo del Trauma - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capítulo 17 El Valor del Pánico
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17: Capítulo 17: El Valor del Pánico 17: Capítulo 17: El Valor del Pánico La mano de la criatura se cerró sobre mi cara.
Sus dedos, fríos y húmedos como carne en descomposición, me cubrieron casi todo el rostro, dejando libre únicamente mi ojo derecho.
El mundo se redujo a ese pequeño agujero de visión: una estática gris que vibraba frente a mi pupila.
Iba a morir.
Lo sentí en el entumecimiento de mi brazo y en el siseo hambriento que salía de donde debería estar su boca.
—No…
—mi voz fue un ahogo.
El terror, por un segundo, se transformó en algo distinto: una rabia negra y punzante.
No podía terminar así.
No en este pasillo sucio a manos de un error de la realidad.
—¡Suéltame!
Ni siquiera fui consciente de cómo lo hice.
Lancé una patada con una fuerza que no sabía que poseía, impactando en lo que parecía ser su rodilla.
Aproveché el segundo de debilidad, me deslicé por el suelo sintiendo el frío del mármol y giré sobre mí mismo para lanzar otra patada directa a su rostro sin facciones.
El golpe sonó como si hubiera pateado una televisión vieja.
Me puse en pie, con el corazón queriendo saltar de mi pecho.
Correr.
Tenía que correr.
Pero no llegué lejos.
Un tirón violento en mi tobillo me hizo morder el polvo; la criatura me tenía.
Desesperado, estiré el brazo hasta que mis dedos rozaron el mango del cuchillo de caza.
Lo agarré con un grito de puro odio y lo clavé hacia atrás, cortando el brazo de humo que me sujetaba.
Un líquido negro y humeante salpicó el suelo.
Estaba libre.
Me levanté de nuevo, pero antes de dar el segundo paso, algo invisible me golpeó por la espalda, mandándome de bruces contra el suelo.
Mis pulmones se vaciaron.
El monstruo no se había ido; se movía a mi alrededor, retorciéndose en una satisfacción macabra.
No me estaba cazando; estaba jugando conmigo.
Disfrutaba de mi miedo.
Intenté arrastrarme, pero me aplastó.
Sentí su brazo presionando mi garganta, cortándome el aire, mientras una de sus piernas pesaba como el plomo sobre mi torso.
—No…
por favor…
—jadeé.
El mundo empezó a oscurecerse por los bordes.
El pánico era tan absoluto que mi mente hizo un cortocircuito.
Y entonces, ocurrió.
Frente a mis ojos, el monstruo dejó de ser una masa gris.
La realidad se rasgó.
Vi líneas rojas cruzando su cuerpo y un núcleo que palpitaba en su pecho con una etiqueta parpadeante: [ERROR CRÍTICO – NÚCLEO EXPUESTO].
Mi habilidad estaba ahí, gritándome datos, mostrándome dónde golpear.
Pero no servía de nada.
Estaba inmovilizado.
Estaba muerto.
De pronto, un destello de metal cruzó el aire.
¡SPLAT!
La presión en mi cuello desapareció.
La cabeza del monstruo, esa masa de estática humeante, salió volando y se deshizo antes de tocar el suelo.
El cuerpo se desplomó a mi lado, convertido en ceniza negra.
Encima de mí, con la vara de metal aún goteando esa sustancia oscura, estaba Valieth.
Su rostro era una máscara de hielo.
—Te dije que no te separaras —soltó ella.
Me quedé allí, tirado, temblando mientras el brillo azul de mi muñeca parpadeaba como loco.
—Levántate.
Rápido —ordenó.
Su voz no tenía compasión; era una orden militar.
Me obligué a incorporarme mientras observaba los restos del monstruo evaporarse.
Tenía un nudo en la garganta, una presión que quería explotar en llanto, pero mis ojos estaban secos.
El horror me había vaciado.
—¡Elian!
¡Maldita sea!
Marcus llegó corriendo, con el rostro desencajado.
Me rodeó con sus brazos macizos, apretándome con una fuerza que me impedía desmoronarme.
—Lo siento, chico…
me despisté un segundo —balbuceaba, cargando con una culpa que no le correspondía.
Yo no podía hablar.
Me quedé rígido, sintiendo mi corazón intentar recuperar un ritmo normal.
—¿Estás bien?
¿Te hirió?
—preguntó Marcus, separándose para mirarme.
—Sí…
—mentí en un susurro.
Sentí una puntada aguda detrás de los ojos, una presión que me hizo apretar los dientes.
La ignoré; después de casi morir asfixiado, un dolor de cabeza parecía una nimiedad.
Pero el zumbido en mis oídos, lejos de apagarse, empezó a ganar volumen.
—Fuera de aquí.
Todos —sentenció Valieth con frialdad—.
El ruido está subiendo.
Si nos quedamos, vendrán más.
Marcus me dio unas palmaditas suaves en el hombro.
—Vamos, Elian.
Es mejor salir.
El grupo avanzó hacia la salida, pero yo me quedé un paso atrás.
El dolor se transformó en una interferencia de radio salvaje dentro del cráneo.
Alcé la mirada y mis ojos, ahora teñidos de un gris brillante y antinatural, se fijaron en la espalda de Marcus.
La realidad se rasgó por completo.
Frente a mí, sobre sus hombros, brotó una interfaz flotante.
Eran líneas de datos y palabras que palpitaban en tono rojizo.
No eran solo datos físicos; era su alma expuesta.
[SUJETO: MARCUS THORNE] [ESTABILIDAD: 68%] [TRAUMA DETECTADO: CULPA DEL SUPERVIVIENTE] [ANOMALÍA: “BALUARTE DE PLOMO” – MANIFESTACIÓN DE LA INMOVILIDAD] Debajo del texto, la realidad se superpuso.
Vi un incendio, sentí el calor abrasador en mi propia cara y escuché gritos que no eran míos.
Marcus no me había mentido; su dolor era una carga física que lo aplastaba cada segundo.
Y entonces, el dolor me golpeó a mí.
En medio del caos, una idea amarga se filtró por las grietas de mi consciencia: Entiendo…
esto es el intercambio.
No era solo ver; era sentir.
Ver la verdad significaba cargar con su peso.
Si fijaba la mirada, el Archivo me entregaba el manual, pero cobraba el precio en carne y agonía.
Miré frenéticamente el marcador de mi muñeca.
[73%] Ocho puntos.
Había perdido ocho puntos de golpe solo por mirar.
El análisis no era gratis; era un intercambio.
Estaba canjeando mi propia cordura por los secretos de los demás.
Mis rodillas cedieron.
El peso de la culpa de Marcus, sumado a mi propio terror, fue demasiado.
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