El Archivo del Trauma - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 Capítulo 18 La Carga de los Secretos
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18: Capítulo 18: La Carga de los Secretos 18: Capítulo 18: La Carga de los Secretos Mis rodillas golpearon el suelo con un estruendo seco.
El dolor no venía de mis músculos, sino de mi cráneo, como si alguien hubiera vertido plomo derretido dentro de mis sienes.
Las imágenes del incendio de Marcus, el olor a ceniza y el eco de los gritos que no me pertenecían seguían rebotando en mis pensamientos, asfixiándome.
—¡Elian!
Marcus se agachó de inmediato.
Al intentar sujetarme de los hombros, su contacto hizo que la interfaz sobre su espalda parpadeara de nuevo, enviándome otra descarga de agonía.
Me aparté de un tirón, jadeando.
El grupo se detuvo en seco.
Los otros dos supervivientes, los que habían recolectado suministros en silencio, intercambiaron una mirada de desprecio.
—Te lo dije, Valieth —soltó el hombre delgado, ajustando su cuchillo—.
Es demasiado débil.
Tres bloques y ya se está desmoronando.
Traerlo fue un desperdicio de raciones.
—Para eso lo trajimos, ¿no?
—añadió la mujer, observándome como a un error en el sistema—.
Si no aguanta el ruido de la zona comercial, no durará ni diez minutos fuera.
Quizá sería más humano acabar con él antes de que atraiga a algo más grande.
Sus palabras me llegaron como a través de un túnel.
¿Acabar conmigo?
Me veían como a un animal herido que estorbaba la marcha.
Valieth se interpuso, pero no para defenderme.
Su mirada era un juicio gélido.
—Silencio —ordenó.
Los otros dos callaron al instante—.
Elian, mírame.
Hice un esfuerzo sobrehumano para levantar la cabeza.
La interfaz de Marcus finalmente se desvaneció, dejando mi mente en una penumbra palpitante.
—Un solo Hollow te atacó —dijo Valieth con una decepción afilada—.
Un espécimen de clase baja, apenas un eco con hambre.
Si no puedes ponerte en pie tras un encuentro insignificante, tienen razón: eres peso muerto.
¿Es eso lo que eres?
Clase baja.
Esas palabras se clavaron en mi mente.
¿Ese monstruo que casi me arranca la vida era débil?
Internamente, quería gritarles que no era el Hollow lo que me había derribado.
Quería decirles que el mundo se había roto frente a mis ojos, que podía ver sus traumas y la fragilidad de sus almas.
Pero no podía.
Si revelaba que podía ver a través de ellos, dejaría de ser un estorbo para convertirme en un experimento.
O algo peor.
Apreté los dientes hasta que crujieron.
Usé el mango del cuchillo para apoyarme y, centímetro a centímetro, me enderecé.
El marcador de mi muñeca brillaba con un [73%] acusador.
—No fue nada —dije, con voz rasposa pero firme—.
Solo…
me fallaron las piernas.
El golpe en la espalda me sacó el aire.
Estoy bien.
Me limpié el rastro de una lágrima traicionera y miré a Valieth a los ojos, ocultando el brillo gris que aún persistía en mis pupilas.
—Puedo seguir.
Valieth sostuvo la mirada buscando la grieta en mi mentira.
Finalmente, dio media vuelta.
—Entonces muévete.
No volveré a limpiar tus desastres.
El mundo dejó de fragmentarse.
Las líneas rojas, los porcentajes y las interfaces flotantes se desvanecieron, devolviéndome a la extraña y monótona antinaturalidad del Archivo.
La neblina gris volvió a ser solo neblina, y la espalda de Marcus recuperó su solidez humana.
Sin embargo, el cansancio que sentía era distinto a cualquier fatiga física; era como si me hubieran drenado el color del alma.
Caminábamos en formación de regreso hacia la calle principal.
Marcus se emparejó conmigo, bajando el ritmo.
Su rostro, marcado por la preocupación, me resultaba ahora difícil de mirar.
Saber lo que cargaba lo hacía ver más frágil.
—Vas a tenerlo difícil, Elian.
Muy difícil —susurró—.
Si apenas resististe ese nivel, el exterior te va a devorar en la siguiente zona.
Mantuve la vista en mis botas, viendo cómo aplastaban la ceniza del suelo.
No podía explicarle que mi colapso no fue solo por el miedo, sino por él.
Por su pasado.
—Pero no pasa nada —continuó Marcus, forzando una sonrisa—.
Yo te entrenaré.
Personalmente.
No dejaré que esa vara de Valieth sea lo único que te mantenga en pie.
No voy a permitir que seas el siguiente en la lista de bajas.
—No es necesario, Marcus —respondí, sintiendo una punzada de culpa—.
Puedo arreglármelas solo.
Marcus negó con la cabeza y me puso una mano pesada en el hombro.
Esta vez no hubo visión, solo el peso de su determinación.
—No acepto un no por respuesta.
He visto caer a demasiados camaradas, Elian.
Demasiados que no estaban listos.
No voy a permitir que tú seas el siguiente en la lista de bajas.
Bajé la mirada, sintiéndome exhausto.
No era solo el cuerpo; era el agotamiento mental de haber usado la habilidad.
Sentía los párpados pesados y una presión sorda detrás de los globos oculares.
—Llegamos —anunció Valieth.
Nos detuvimos frente a lo que parecía ser una antigua farmacia de barrio, incrustada en un edificio que se inclinaba peligrosamente hacia la calle.
El interior estaba sumido en una oscuridad densa, una negrura que no parecía natural, como si la luz se negara a entrar en ese espacio.
Valieth desenvainó su vara, que emitió un leve brillo carmesí.
—Rápido —ordenó—.
Entren, agarren lo útil y salgan.
Este lugar se ve…
oscuro.
Cuando Valieth decía que algo estaba “oscuro”, no se refería a la falta de luz.
Se refería a que la frecuencia del lugar era pesada.
Entré detrás de Marcus, sintiendo cómo el frío de la farmacia me erizaba el vello de la nuca.
Al cruzar el umbral, mis ojos intentaron adaptarse.
Por un segundo, el gris de mi visión amagó con volver, pero lo obligué a quedarse quieto.
No podía permitirme otro desmayo.
Marcus encendió una pequeña linterna táctica.
El haz de luz era débil, apenas una línea amarillenta que revelaba estanterías volcadas y frascos rotos cubiertos de una capa pegajosa.
—Quédate cerca de la entrada, chico —me susurró Marcus—.
Iré al sector de al fondo.
Ahí suelen guardar los antibióticos y el material de sutura en la realidad.
—¿Solo?
—preguntó mi instinto.
—Vendré rápido, no tardo más de un minuto —respondió con esa confianza pesada que siempre intentaba transmitir—.
Vigila que nada cruce esa puerta.
Si escuchas algo raro, grita.
Dudé en decir algo.
Pero mi mente estaba demasiado embotada por el uso de la habilidad y el esfuerzo de mantenerme en pie.
No tenía fuerzas para discutir.
—De acuerdo —asentí finalmente—.
Pero no tardes.
—Sesenta segundos —prometió él.
Vi su silueta ancha desaparecer en el pasillo.
Me quedé allí, apoyado contra el marco de metal de la entrada, contando los segundos.
Uno, dos, tres…
mientras sentía que el marcador de mi muñeca seguía palpitando, recordándome que mi cordura aún no se había recuperado del todo.
Miré hacia atrás, hacia la luz pálida y grisácea que entraba por la puerta principal.
Sabía que Valieth estaba allí fuera, vigilando la calle con su vara de metal y su mirada de hielo.
Si caminaba unos pocos metros, estaría bajo su protección.
Debería ir con ella, pensé por un segundo.
Pero deseché la idea de inmediato.
Marcus me había pedido que me quedara aquí.
Si regresaba con Valieth, él pensaría que me había pasado algo cuando saliera del almacén y no me encontrara.
No quería ser una carga todavía más grande de lo que ya era; no quería que Marcus se preocupara por mí mientras intentaba sernos útil.
Me obligué a mirar de nuevo hacia el pasillo donde él había desaparecido.
—Solo un minuto…
—susurré para convencerme.
Sin embargo, había algo mal.
Me froté los ojos, pero la sensación persistía.
Las sombras al fondo del local no eran estáticas; parecían estirarse, volviéndose más densas, más oscuras, como si el color negro estuviera cobrando volumen y ganando terreno hacia donde yo estaba.
—No debe ser nada —murmuré—.
Solo es el cansancio.
Pero mi instinto me decía lo contrario.
El ruido blanco en mis oídos empezó a subir de tono, transformándose en un siseo metálico que me erizó la piel.
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