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El Archivo del Trauma - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 Sombras de la Farmacia
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19: Capítulo 19: Sombras de la Farmacia 19: Capítulo 19: Sombras de la Farmacia Treinta segundos.

El conteo seguía en mi cabeza mientras el silencio de la farmacia se volvía asfixiante.

Todo estaba tranquilo, demasiado tranquilo.

Entonces, el suelo empezó a vibrar.

No era un sismo; era un temblor rítmico, como un pulso eléctrico que subía por mis botas y me sacudía los huesos.

De pronto, la oscuridad al final del pasillo se desprendió de las paredes.

Una figura alta, completamente negra y carente de cualquier rasgo humano, se alzó frente a mí.

No era estática gris como la anterior; era una mancha de vacío absoluto que devoraba la poca luz de la linterna de Marcus.

Un escalofrío violento me recorrió la espalda.

Otra vez no, pensé, con el corazón apretándome la garganta.

La figura se tensó y se lanzó hacia mí con una velocidad inhumana, como una sombra proyectada por un rayo.

—¡Valieth!

—grité con todas mis fuerzas.

Antes de que el vacío me alcanzara, sentí un tirón violento en el cuello de mi chaqueta.

Mi cuerpo salió despedido hacia atrás, arrastrado por una fuerza implacable que me manejó como si fuera una muñeca de trapo.

Valieth pasó por mi lado como una exhalación de metal.

La imagen se grabó en mi retina con una nitidez dolorosa: mientras con una sola mano me arrojaba fuera de la trayectoria del peligro, con la otra sostenía su vara carmesí, frenando el avance del monstruo con un golpe seco.

La coordinación era perfecta, casi mecánica.

El estrépito de su vara chocando contra la criatura resonó en todo el local.

Se plantó frente a mí, convirtiéndose en un escudo de acero.

El monstruo de sombras arremetió con garras de oscuridad pura, pero ella bloqueaba cada golpe con movimientos precisos, sin apenas despeinarse.

El metal de su vara chirriaba contra el vacío de la criatura, soltando chispas de estática que me quemaban la cara.

Yo solo podía retroceder, tropezando con los estantes, con la respiración rota.

Uno.

Dos.

Tres.

Era una danza asimétrica.

Valieth no retrocedía ni un milímetro, absorbiendo impactos que habrían triturado mis huesos, mientras mantenía su guardia con una elegancia letal.

La sombra era implacable, golpeando con una fuerza que hacía crujir el mármol bajo sus pies, pero ella seguía allí, inamovible.

Cuatro.

Cinco.

Entonces, la oscuridad detrás del monstruo se quebró.

Seis.

Marcus emergió del pasillo como un titán de plomo.

Su cuerpo parecía haber ganado una densidad antinatural, una solidez que desafiaba las reglas de este lugar.

Agarró a la criatura por lo que debería ser su cuello y la aplastó contra el suelo.

El impacto fue tan brutal que la estructura de la farmacia tembló y el mármol bajo ellos se hizo añicos.

Me quedé encogido contra la pared, temblando.

Mi mente no procesaba la pelea, solo la humillante evidencia de mi propia fragilidad.

Miraba el charco negro que se extendía lentamente hacia mis botas, incapaz de apartar la vista de aquel resto de vacío que acababa de intentar matarme.

—¿Estás bien?

—la voz de Marcus sonó profunda, cargada de un cansancio óseo.

Yo no podía responder.

Solo buscaba aire, mirando mis manos entumecidas.

Me sentía patéticamente vulnerable en medio de estos dos seres que acababan de salvarme la vida.

—S…

supongo —logré articular con un susurro roto.

Valieth bajó su vara, pero no relajó la postura.

La sustancia negra goteaba desde la punta carmesí de su arma, marcando el suelo con un ritmo lento y constante.

Me miró desde arriba, analizando el fallo en el sistema que yo representaba.

—Niño, ¿cuántas veces debo sacarte de apuros en un solo día?

—soltó con una frialdad que me caló más hondo que el frío del local—.

Tuviste suerte de que mi ángulo de visión cubriera la entrada.

Un segundo más y habrías sido parte del mobiliario.

Desvié la mirada, esquivando sus ojos y fijándola en el cadáver de la criatura.

El peso de la humillación era sofocante.

Verla detener a esa bestia con una sola mano mientras me quitaba de en medio con la otra…

el concepto de “infinito” se quedaba corto para describir lo inútil que me sentía.

Era un lastre, un error que ellos tenían que corregir constantemente frente a un mundo que dejaba cadáveres negros y reales en el suelo.

—Como digas —susurré, pero la rabia empezó a burbujear bajo la humillación—.

Pero si tanto te estorbo, ¿por qué me trajiste?

—Alcé la voz, mis ojos fijos en los suyos—.

Tú eres la que manda, ¿no?

Tú decidiste que viniera.

Esto es tu culpa.

Valieth no se inmutó.

No hubo indignación ni sorpresa en su rostro, solo una claridad cortante que me golpeó con más fuerza que un puñetazo.

—Tienes razón —respondió con una calma gélida—.

Es mi culpa.

Mi culpa por no haber previsto lo patético que resultarías ser.

Me quedé helado.

El aire se volvió más pesado.

Quería gritarle, quería borrar esa expresión de superioridad de su cara de un golpe, pero mis manos temblaban.

Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas.

La frustración me quemaba la garganta: quería golpearla, quería demostrarle que se equivocaba, pero la realidad era un muro infranqueable.

Sabía que, si lo intentaba, ella me mataría antes de que yo pudiera siquiera tensar un músculo.

Bajé la mirada, derrotado por la lógica de este mundo.

Ella tenía el poder; yo solo tenía mi propia debilidad.

Marcus, rompiendo la tensión antes de que el aire terminara de asfixiarnos, estiró su brazo macizo hacia mí.

Su mano era del tamaño de mi cara, un recordatorio de la fuerza bruta que acababa de desplegar contra la bestia.

Dudé un instante, pero finalmente la tomé y dejé que me pusiera de pie con un solo tirón firme.

Traté de calmar los latidos de mi corazón, que seguían golpeando mis costillas como un animal enjaulado.

Apenas había salido al mundo exterior y ya casi moría dos veces.

Algo no encajaba.

Cuando aparecí por primera vez en este lugar, todo parecía desierto, un cementerio de edificios y silencio.

¿Acaso los monstruos se ocultaban de mí al principio?

¿O es que mi presencia ahora actuaba como un faro para ellos?

No lo sabía.

Lo único real era que había sobrevivido gracias a que tenía a estos dos como guardaespaldas.

Un hecho que me quemaba por dentro.

En la cadena trófica de este nuevo mundo, yo no era más que una carga que alguien más tenía que llevar sobre sus hombros, y la mirada de Valieth me recordaba que cada segundo de mi vida era un préstamo que ella me concedía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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