El Archivo del Trauma - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 El eco de lo que falta
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2: Capítulo 2: El eco de lo que falta 2: Capítulo 2: El eco de lo que falta El mundo tiene una forma muy educada de decirte que no le importas: simplemente, te olvida.
Caminaba por la calle 42 hacia la preparatoria, ajustando la capucha de mi sudadera negra.
El gris estático del cielo de 2026 parecía más denso hoy; una neblina que no mojaba, pero que calaba hasta los huesos.
Mi hipervigilancia, esa maldición que mi madre cultivó como un experimento de laboratorio, no me dejaba descansar.
Al pasar junto a un poste de luz oxidado, me detuve un segundo.
Había un cartel de “Se busca”.
La foto era la de una niña de unos ocho años, con trenzas y una sonrisa que ya no encajaba con el entorno.
Pero el papel estaba tan desgastado por el sol y la humedad que los rasgos de la pequeña eran poco más que una mancha borrosa.
Observé a la gente pasar frente al poste.
Nadie se detenía.
Un ejecutivo con prisa rozó el cartel con su maletín, despegando una de las esquinas, pero ni siquiera volvió la vista atrás.
Para ellos, esa niña ya no era una persona; era parte del mobiliario urbano, un ruido de fondo que habían aprendido a filtrar.
Me pregunto cuánto tiempo tardaría mi propio rostro en volverse una mancha grisácea en alguna pared si dejara de moverme.
Metí la mano en el bolsillo y toqué el reloj de pulsera que ya no funcionaba.
Mi ancla.
Mi madre desapareció hace dos años…
o eso creo.
Los depósitos del fideicomiso seguían llegando puntuales, una prueba matemática de su existencia que mi memoria empezaba a cuestionar.
Llegué al colegio, un edificio de concreto diseñado para absorber la luz.
Me senté al fondo, donde podía vigilar todas las salidas y los tics nerviosos de los demás.
—¡Buenos días, “Monsieur” Vane!
—Esa voz.
Dulce, clara, peligrosamente viva.
Amélie se dejó caer en el asiento contiguo.
Hoy llevaba un pin de un girasol en la solapa; una mancha amarilla que me lastimaba los ojos.
—Amélie —murmuró—.
Tu nombre sigue siendo demasiado largo.
Deberías considerar cambiarlo por algo más acorde a la ciudad.
“Gris”, por ejemplo.
Ella soltó una risita mientras se acomodaba la coleta.
—Y tú, Elian, sigues pareciendo un fantasma que olvidó el camino al cementerio —respondió, suavizando el tono—.
¿Ha…
ha encontrado algo nuevo?
¿En los archivos de tu madre?
Me tenso.
Amélie era la única que aún pronunciaba el nombre de la Dra.
Elena Vane sin dudar.
O al menos, lo intentaba.
—Solo teorías sobre mentes desviadas —mentí, analizando la sutil dilatación de sus pupilas—.
Nada que me devuelva a una persona que el mundo decidió borrar.
Antes de que pudiera responder, una sombra se proyectó sobre nuestras mesas.
-¡Veleta!
¡Valerina!
Díganme que estudiaron para el examen de Historia —exclamó Kenji Sato, apoyándose en el borde de mi pupitre—.
El profesor Miller dijo que si no aprobamos esta unidad, nos mandarán a las tutorías de “Reajuste Emocional”.
Y prefiero que me arranquen las uñas antes que eso.
Sato sonreía.
Era un chico de movimientos erráticos y una risa que siempre rompía el silencio del aula.
—Tranquilízate, Sato —le dijo Amélie con una sonrisa—.
Elián probablemente ya se sabe el libro de memoria por puro aburrimiento.
—Cierto.
Elian es una computadora con patas —Sato me dio un golpe amistoso en el hombro—.
Oigan, ¿vieron el partido de ayer?
Esa jugada al final fue…
Sato se interrumpió.
Sus ojos se quedaron fijos en la pizarra, pero no como quien lee, sino como quien se pierde en un abismo invisible.
— ¿Sato?
—preguntó Amélie, frunciendo el ceño.
Fue entonces cuando lo escuché.
Un zumbido agudo, como el de una televisión vieja sin señal.
—Me siento…
raro —susurró Sato.
Su voz ya no era entusiasta; sonaba hueca, procesada.
Parpadeé.
Mis ojos grises metálicos ardieron.
El contorno de Sato empezó a vibrar.
Sus manos, que aún tocaban mi mesa, empezaron a perder opacidad.
Amélie seguía mirándolo, pero su expresión estaba cambiando de la preocupación a una extraña indiferencia.
—Elian…
ayúdame…
La voz de Sato fue apenas un sonido estático.
Sus cajones cayeron al suelo con un sonido seco, pero el chico simplemente se desvaneció en el aire.
No hubo sangre.
Solo una ausencia arrepentida.
El profesor Miller entró al aula, miró la silla vacía y, con una naturalidad que me revolvió el estómago, tachó el nombre de “Sato, Kenji” de su lista con un movimiento mecánico.
—¿Elián?
—Amélie me tocó el brazo.
Su tacto se sintió gelido—.
¿Qué miras?
Te has puesto más pálido de lo normal.
Giré la cabeza hacia ella.
—¿Dónde está Sato, Amélie?
—pregunté.
Mi voz apenas era un hilo.
Ella miró el lugar vacío.
Su ceño se frunció por un microsegundo y luego se encogió de hombros con una sonrisa vacía.
— ¿Quién?
No sé de qué hablas, Elián.
Esa silla ha estado vacía desde que empezó el año.
El frío en mi estómago se transformó en hielo sólido.
El borrado había sido instantáneo.
En menos de diez segundos, la existencia de un amigo se había esfumado de la mente de todos…
excepto de la mía.
—No es posible, Amélie —insistió—.
Sato.
Estaba aquí, sentado, quejándose del examen hace un minuto.
Señalé los lápices en el suelo.
Una prueba física.
Un error que la realidad aún no había terminado de limpiar.
Amélie soltó una pequeña risa y me revolvió el cabello con un gesto juguetón que contrastaba horriblemente con el vacío en sus ojos.
—Vane, en serio, estás empezando a asustarme —dijo, ensanchando su sonrisa—.
No ha habido ningún “Sato” en esta clase, nunca.
Estás empezando a ver fantasmas donde solo hay polvo.
Miré al profesor Miller.
Seguía escribiendo fechas en la pizarra.
Clac, clac, clac.
El nombre de Kenji Sato ya ni siquiera era un borrón en su lista; era un espacio en blanco.
Bajé la mirada hacia mi pupitre.
Mi nuca ardía.
El kilobyte de plomo que representaba el recuerdo de Sato se asentó pesadamente sobre las otras millas que ya cargaba.
—Tienes razón —murmuré, forzando a mis cuerdas vocales a obedecer—.
He dormido poco.
—Claro que es eso —respondió ella, volviendo a sus apuntes con una alegría artificial—.
Después de clase iremos por un café, ¿sí?
Necesitas desconectarte de esas obsesiones tuyas.
No respondí.
Miré el cuaderno de Sato.
Las letras empezaban a palidecer, como si el papel decidía que nunca habían sido escritas.
Respire hondo.
Tenía que fingir.
Tenía que ser “liviano” como ellos si quería sobrevivir.
Pero por dentro, mi estabilidad emocional descendía hacia el abismo.
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