El Archivo del Trauma - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 20 El peso de la utilidad
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20: Capítulo 20: El peso de la utilidad 20: Capítulo 20: El peso de la utilidad El trayecto de vuelta fue un desfile de sombras y silencio.
Caminaba mecánicamente, dejando que mis pies encontraran el camino mientras mi mente seguía atrapada en la farmacia.
Al cruzar el umbral del refugio, el aire cambió; dejó de oler a estática fuerte para recuperar ese rastro humano de sudor, polvo y humedad.
Me acerqué a Valieth, que ya estaba organizando el perímetro.
Me quité la mochila de los hombros; las correas me habían dejado marcas rojas y el peso parecía haber aumentado en los últimos metros.
—Aquí tienes —dije, extendiéndole la bolsa.
Valieth la tomó con un gesto rápido.
Por un instante, sus ojos se detuvieron en los míos, menos afilados que de costumbre.
—Gracias, Elian —dijo en voz baja—.
Esto servirá para un par de días más.
Parece que ya olvido lo que paso, o simplemente lo ignoraba.
No esperó respuesta.
Se giró de inmediato hacia el grupo, que ya empezaba a rodearla buscando noticias o raciones.
Su voz se elevó, clara y autoritaria, dando instrucciones sobre el racionamiento y los turnos de guardia de la noche.
Era la líder que necesitaban, la columna que sostenía ese pequeño mundo.
Yo, en cambio, sentía que me desvanecía.
Me alejé del bullicio.
Caminé hacia la oscuridad del pasillo que conectaba con la zona de entrenamiento.
No quería hablar con nadie; necesitaba que las paredes dejaran de vibrar y que el ruido en mi cabeza se apagara.
Allí, rodeado por las sombras de las máquinas oxidadas, me detuve.
Cerré los ojos.
El silencio del gimnasio no era vacío; estaba lleno del eco de mi propia insuficiencia.
Recordé la mirada de Valieth en la farmacia, esa claridad quirúrgica con la que me llamó “patético”.
Lo peor no era el insulto, sino que tenía razón.
En este nuevo mundo, la moralidad y el pasado eran lujos que no podía costear.
El Archivo no era un lugar para vivir, era un lugar para persistir, y yo apenas estaba logrando lo segundo por pura caridad ajena.
“Es un préstamo”, pensé, apretando los dientes.
Mi vida era un préstamo que Marcus y Valieth pagaban con su propio esfuerzo.
Si ellos caían, yo caería un segundo después.
Si la suerte se agotaba, yo sería el primero en ser devorado.
La debilidad en este lugar no era solo una desventaja física; era una sentencia de muerte para cualquiera que estuviera cerca de mí.
Entendí que no podía permitirme el lujo de ser la víctima.
No podía seguir siendo el chico que mira interfaces de datos y se desmaya porque la realidad es demasiado pesada.
Si mi habilidad me obligaba a sentir el dolor de los demás para conocer la verdad, entonces necesitaba un cuerpo y una voluntad que pudieran soportar ese peso.
Valieth no era fría por crueldad, sino por necesidad.
Y si yo quería dejar de ser un error en su sistema, tenía que dejar de ser humano según las reglas del viejo mundo.
Tenía que convertirme en una herramienta.
O mejor aún, en un arma.
El eco de unos pasos pesados sobre la madera me sacó de mi estupor… —¿Qué haces aquí solo, chico?
—preguntó Marcus.
Su voz carecía de la tensión de la farmacia.
—Solo quería…
pensar —respondí, sin mirarlo.
Marcus soltó un breve suspiro.
—Está bien.
Te respetaré eso.
Si necesitas aire, te dejo.
—Dio media vuelta para marcharse.
—Espera.
Lo detuve en seco.
Marcus se frenó y me miró por encima del hombro.
Me obligué a tragar saliva, sintiendo cómo el orgullo y la desesperación libraban una batalla en mi garganta.
—Entréname.
Fue una sola palabra.
Fría, directa y cargada de una determinación que no sabía que poseía.
Marcus se giró por completo y una leve sonrisa se dibujó en su rostro curtido.
—Parece que esa visita al mundo exterior te dio una respuesta —comentó, cruzándose de brazos.
—No tengo otra opción más que adaptarme —dije, apretando los puños—.
No puedo depender siempre de ti o de Valieth.
No quiero volver a ser el que se queda tirado en el suelo esperando a que lo salven.
Marcus no perdió el tiempo con discursos.
Metió la mano en su bolsillo táctico y me lanzó dos rollos de tela áspera.
—Póntelas.
Cubre bien los nudillos y las muñecas.
Si vas a golpear, no quiero que te rompas las manos en el primer minuto.
—Estoy listo —sentencié.
Marcus señaló un saco de boxeo desgastado.
—Golpéalo.
No me lo pensé.
Lancé un puñetazo, luego otro.
El sonido de mis nudillos impactando contra el cuero seco era sordo y rítmico.
No tenían técnica; eran explosiones de frustración.
Me detuve jadeando, con los hombros ardiéndome.
Se llevó una mano a la barbilla, examinando mi postura como si estuviera analizando un plano arquitectónico.
—Escucha bien, Elian.
Estás flaco.
Lo primero será ganar masa, o cualquier impacto te desarmará.
Te enseñaré a defenderte, pero sobre todo, a ser veloz.
En este mundo, si no eres ágil, estás muerto antes de poder cerrar el puño.
Sin peso detrás del golpe, solo estás haciendo ruido.
Tendremos que mejorar la técnica y la postura.
Si no te asientas bien, el impacto te tirará a ti antes que al enemigo.
Se cruzó de brazos y una sonrisa de satisfacción genuina cruzó su rostro.
—Bueno…
supongo que me sentiré como un verdadero sensei a partir de ahora —bromeó, aunque sus ojos mantenían la seriedad del entrenamiento.
Me limpié el sudor de la frente con el antebrazo.
Mis brazos se sentían como gelatina, pero mi mente estaba más enfocada que nunca.
—Podré ser delgado y no tener fuerza ahora —dije, mirando mis manos vendadas—, pero voy a adaptarme.
Y lo haré lo más rápido posible.
—Esa es la actitud.
Mañana empezamos al amanecer y no habrá piedad.
Pero por ahora —añadió, señalando el suelo—, haremos ejercicio básico.
Cincuenta flexiones.
Ahora.
—Creo que es algo exagerado… Pero no importa.
Me dejé caer.
Al principio fue fácil, pero en la número diez, mi propio peso se sentía como un saco de cemento.
Forcé cada centímetro hasta que, en la número veinte, mis brazos simplemente se desconectaron.
Me desplomé con el pecho ardiendo.
Marcus soltó una carcajada seca.
—Veinte es un buen comienzo para un chico que casi se desmaya caminando —dijo, dándome un empujón suave con la bota—.
Pero mañana, si te desplomas en la veinte, te haré empezar desde cero.
Me quedé allí un momento más, recuperando el aire, cuando me pareció notar un movimiento casi imperceptible en la pasarela metálica que recorría la parte superior del gimnasio, donde las sombras eran más espesas.
Escuché un roce mínimo, como el de una bota contra el acero, tan suave que podría haber sido el viento filtrándose por las grietas del lugar.
Miré hacia arriba, forzando la vista, pero la oscuridad allí arriba era total.
No había nada más que el vacío del techo industrial.
Son solo las sombras, me dije a mí mismo, sacudiendo la cabeza mientras me ponía en pie con dificultad.
Este lugar te vuelve paranoico.
Sin embargo, a pesar del dolor y de esa sensación de ser observado, no me fui.
Me quedé un rato más, repitiendo los movimientos básicos bajo la luz mortecina, golpeando el aire con brazos pesados.
Mañana el entrenamiento sería un infierno, pero ese infierno era el único camino para dejar de ser una carga.
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