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El Archivo del Trauma - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Capítulo 21 El lenguaje del impacto
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21: Capítulo 21: El lenguaje del impacto 21: Capítulo 21: El lenguaje del impacto Tres días.

Dicen que el cuerpo humano tarda setenta y dos horas en asimilar un trauma físico.

El mío, aparentemente, decidió que ese tiempo era mejor emplearlo en una huelga general.

Me desperté antes de que la luz gris del Archivo se filtrara por las rendijas del refugio; no por disciplina, sino porque un calambre en mi pantorrilla derecha decidió que ya había dormido suficiente.

Me quedé mirando el techo, contando las manchas de humedad, intentando recordar por qué demonios había pensado que entréname era una buena frase para cerrar un capítulo de mi vida.

Ah, claro.

El orgullo, pensé con una amargura que me rascaba la garganta.

Ese pequeño suicida que vive en mi pecho y que siempre toma las decisiones cuando estoy rodeado de monstruos y humillaciones.

Me incorporé lentamente.

Mis articulaciones crujieron con un sonido que recordaba peligrosamente al mármol de la farmacia estallando bajo el peso de Marcus.

—Si esto es la evolución, que alguien me devuelva al caldo primordial —mascullé, arrastrando los pies hacia la zona de entrenamiento.

Caminaba como un anciano de cien años o como un pingüino herido.

Al llegar al gimnasio, el olor a polvo y sudor rancio ya me estaba esperando.

También Marcus.

Él no parecía sufrir de calambres ni de crisis existenciales; estaba allí, inamovible, como un monumento al plomo.

—Llegas dos minutos tarde, chico —dijo sin girarse.

—Culpa a mis piernas —respondí, apoyándome en la pared—.

Han decidido que no me pertenecen.

Si ves un par de extremidades pidiendo asilo político en otro edificio, son las mías.

Marcus soltó un bufido que podría haber sido una risa o un síntoma de lástima.

—Véndate.

Hoy el saco no va a estar quieto.

Me senté en el suelo y saqué las vendas.

Mis dedos estaban entumecidos, pero al menos la interfaz no había saltado todavía.

Eso era lo más irritante: mi cerebro podía procesar la densidad molecular de una viga de acero si me concentraba demasiado, pero no era capaz de enviar una orden sencilla a mis músculos para que dejaran de temblar.

Miré mis manos; los nudillos estaban en carne viva, cubiertos por una costra amarillenta que amenazaba con romperse en cuanto cerrara el puño.

Eres un arma, Elian, me repetí, tratando de canalizar la rabia de la noche anterior.

Un arma oxidada, mal calibrada y probablemente con el seguro puesto, pero un arma al fin y al cabo.

Me puse de pie y me enfrenté al saco.

En el silencio del gimnasio, me sentía observado.

No era solo la sombra de la pasarela que creía haber visto antes; era el peso de mi propia inutilidad reflejado en el cuero parcheado frente a mí.

—¿Qué esperas?

—gruñó Marcus—.

El mundo no se va a detener a ver cómo te compadeces.

Golpea.

Lancé un jab izquierdo.

Fue patético.

El saco apenas se balanceó, devolviéndome una vibración que me recorrió el brazo como una descarga eléctrica.

—Otra vez —ordenó Marcus—.

Y esta vez, intenta que no parezca que te estás despidiendo de un amigo.

—Es que el saco tiene una personalidad encantadora, Marcus.

Me sabe mal pegarle —solté, apretando los dientes mientras lanzaba la derecha.

El dolor floreció en mi hombro, caliente y punzante.

Cerré los ojos un segundo y, por puro instinto, la interfaz parpadeó en el borde de mi visión.

[ESTRUCTURA DEL OBJETO: 88% INTEGRIDAD] [ÁNGULO DE IMPACTO: INEFICIENTE (-42% TRANSFERENCIA DE FUERZA)] Una carcajada seca escapó de mis labios, aunque sonó más como un quejido.

Incluso mi propia mente me estaba llamando incompetente con datos estadísticos.

—¿De qué te ríes?

—preguntó Marcus, acercándose.

—De la precisión con la que mi cuerpo me está fallando —respondí, ajustándome la venda—.

Pero no te preocupes.

Si la técnica no funciona, probaré a aburrir al enemigo con mi sarcasmo.

El dolor de cabeza volvió a pulsar, una punzada eléctrica que me obligó a cerrar los ojos.

La interfaz se desvaneció, dejando tras de sí un rastro de náusea que me revolvió el estómago.

—¿Qué pasa?

—la voz de Marcus se volvió pesada—.

Te has quedado pálido.

Si te vas a desmayar, avísame.

Ya estoy mayor para recoger sacos de huesos.

No lo miré.

Me resultaba imposible sostenerle la vista después de haber hurgado en sus traumas con mi habilidad, aunque él no lo supiera.

Fijé los ojos en una mancha de humedad del saco y volví a golpear, dejando que el sonido sordo del impacto llenara el hueco entre nosotros.

Pum.

Pum.

—No me voy a desmayar —mentí.

Mi brazo izquierdo se sentía como si estuviera hecho de plomo—.

Marcus…

¿por qué haces esto?

Escuché el crujido de su chaqueta al cruzarse de brazos.

El aire en el gimnasio se sentía estancado.

—¿El qué?

—Ayudarme —seguí golpeando, rítmicamente, para evitar el silencio—.

Fui un idiota el otro día.

Te dije que no te contaría nada sobre lo que me pasa.

Fui grosero y…

no confío en nadie aquí.

Lo sabes.

Me detuve un instante para recuperar el aire, pero mantuve la cabeza gacha.

El peso de mi propia desconfianza me quemaba más que el sudor que me resbalaba por la frente.

—Y aun así, estás aquí perdiendo el tiempo conmigo —susurré.

Marcus soltó un suspiro largo, un sonido cansado que retumbó en las paredes desnudas.

—No me importa si confías en mí, Elian.

Ni tus secretos.

Todos tenemos algo que no queremos soltar.

Se acercó un paso, lo suficiente para que su sombra me cubriera por completo.

—Te entreno porque, si no aprendes a moverte, vas a morir.

Y ya he visto demasiados cadáveres en este lugar como para sentarme a ver cómo te conviertes en el siguiente.

Me quedé quieto, con los puños aún pegados al cuero del saco.

No era un discurso de héroe; era el pragmatismo agotado de un hombre que no quería cargar con una muerte más en su conciencia.

La honestidad en su voz me hizo apretar los dientes.

—No voy a hacerte quedar mal —sentencié, más para mí mismo que para él.

Lancé un golpe con toda la fuerza que me quedaba en los hombros.

El saco se sacudió con un estruendo seco, un impacto mucho más real que todos los anteriores.

Pero justo cuando el sonido se apagaba, una sensación de frío me recorrió la nuca.

Fue un escalofrío instintivo.

Me giré de inmediato hacia la pasarela metálica que cruzaba el techo, convencido de que atraparía a alguien moviéndose entre las vigas.

No había nada.

Solo las sombras espesas y el polvo bailando en los haces de luz.

—¿Qué buscas?

—preguntó Marcus, siguiendo mi mirada.

—Nada —respondí, sacudiendo la cabeza y tratando de ignorar el latido de mi corazón—.

Solo…

espejismos.

Supongo que el cansancio me está haciendo ver cosas.

Me volví hacia el saco, pero la sensación de ser observado se quedó grabada en mi espalda, recordándome que, en el Archivo, incluso el silencio tiene ojos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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