El Archivo del Trauma - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 Biología de lo imposible
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22: Capítulo 22: Biología de lo imposible 22: Capítulo 22: Biología de lo imposible Dos semanas.
Ese es el tiempo que ha pasado desde que decidí que mis puños valían más que mi autocompasión.
En el viejo mundo, catorce días habrían sido apenas suficientes para acostumbrarme a las agujetas.
Aquí, en las entrañas del Archivo, el tiempo y la carne parecen jugar con reglas distintas.
Me miré en el reflejo de un cristal roto en el baño del refugio.
Mis hombros tenían una definición que no estaba allí antes; el cuello se sentía más firme y la delgadez enfermiza de mis primeros días estaba siendo reemplazada por una musculatura densa, casi artificial.
—No es normal —mascullé, cerrando y abriendo el puño.
Los nudillos, antes en carne viva, habían sanado con una velocidad que desafiaba cualquier tratado de medicina.
Bajé al gimnasio.
Marcus me esperaba, como siempre, pero esta vez no me recibió con un insulto.
Se quedó mirándome un momento, evaluando mi postura.
—Marcus —dije, señalando mis propios brazos—, ¿por qué está pasando esto?
He ganado más masa en dos semanas que un atleta en un año.
No tiene sentido.
Mi cuerpo debería estar rompiéndose, no reconstruyéndose así.
Marcus soltó una exhalación pesada, apoyando sus manos en su cinturón táctico.
—Te lo dije el primer día, chico: este lugar es extraño.
El Archivo no solo es un vertedero de restos; es un sistema.
Y si el sistema decide que necesitas ser útil para procesar lo que hay fuera, te da las herramientas.
Aquí la voluntad pesa más que las calorías.
Si tu mente empuja, tu cuerpo obedece…
o estalla en el intento.
Asentí, procesando la información.
Era una simbiosis aterradora.
El mundo se adaptaba a mi necesidad de sobrevivir, o quizás yo me estaba convirtiendo en parte del paisaje estático.
Cerré los ojos y me concentré.
Ya no era un accidente; ya no era un ataque de pánico lo que activaba mi visión.
Busqué ese rincón oscuro en mi mente, esa vibración fría detrás de mis globos oculares, y tiré de ella.
Click.
El mundo se tiñó de un azul eléctrico y una cascada de datos inundó mi percepción.
Pero esta vez, el dolor no me puso de rodillas.
Era una presión sorda, un eco de migraña que podía ignorar si apretaba los dientes lo suficiente.
[ENTORNO: ANCLA DE ESTABILIDAD] [INTEGRIDAD ESTRUCTURAL DEL REFUGIO: 94%] [MARCUS: AMENAZA NIVEL 2 (PASIVO) – ESTABILIDAD NEURAL: 62%] Giré la cabeza, observando las vigas del techo, el saco de boxeo.
Podía ver las líneas de tensión, los puntos donde la realidad se volvía más delgada.
El mundo ya no era sólido; era un mapa de debilidades y fortalezas.
Con un esfuerzo mental que me dejó un sabor metálico en la boca, empujé la visión hacia atrás.
La interfaz se apagó de golpe.
El cansancio me golpeó como una ola física, obligándome a apoyarme en mis rodillas para no caer.
—¿Cuándo será la próxima vez que salgamos?
—pregunté, tratando de sonar casual.
—En una semana, tal vez dos —respondió él, evaluando el estado del saco—.
Depende de lo que decida Valieth.
—Por cierto, ¿dónde ha estado?
No la he visto últimamente.
Marcus soltó un bufido y negó con la cabeza.
—Suele salir mucho por su cuenta.
A veces se queda afuera durante días.
Ya he intentado advertirle sobre los peligros, sobre lo que se arrastra allí afuera cuando la estática sube, pero bueno…
ya conoces su personalidad.
No escucha a nadie.
—Es todo un caso —mascullé.
Me imaginé a Valieth sola en medio de ese desierto gris, moviéndose como un fantasma entre las sombras.
Era difícil saber si era valiente o si simplemente había perdido el miedo a morir.
Me coloqué en posición en el suelo, ignorando el temblor residual de mis brazos.
—¿Qué haces?
—preguntó Marcus.
—Setenta flexiones —sentencié, apretando los dientes—.
Sin descanso.
Si el Archivo quería darme las herramientas, yo iba a forzar la maquinaria hasta que no quedara nada.
Necesitaba que este cuerpo fuera lo suficientemente resistente para soportar el ruido de mi cabeza antes de volver a cruzar esa puerta.
Me dejé caer al suelo.
Al principio, el movimiento era fluido, casi rítmico.
Uno, diez, treinta…
los músculos de mis hombros se hinchaban y quemaban, pero era un dolor que empezaba a disfrutar.
Sin embargo, al llegar a la cincuenta, el peso del mundo volvió a caer sobre mis omóplatos.
Cincuenta y tres.
Cincuenta y cinco.
Mis brazos temblaban violentamente, las venas de mi cuello se sentían a punto de estallar.
Cincuenta y siete.
Mis brazos simplemente se desconectaron.
Me desplomé, golpeando la madera con el pecho, jadeando mientras el sudor empapaba el suelo.
—Aún me falta —mascullé contra la madera, con la voz rota.
Marcus, que había estado observándome desde un rincón, se acercó con paso pesado.
—Cincuenta y siete es más de lo que hacías hace tres días, chico.
No fuerces la máquina antes de tiempo o terminarás rompiendo una biela.
Se detuvo a mi lado y me miró con una chispa de diversión en los ojos.
—A este paso, dentro de poco vas a querer pelear conmigo.
Solté una risotada seca, aún sin aire.
—Estás loco —respondí, dándome la vuelta para quedar boca arriba en el suelo.
Marcus soltó una carcajada profunda que retumbó en el gimnasio.
—Era broma, relájate.
Te falta práctica para eso.
Mucha práctica.
Me quedé mirando el techo un momento, sintiendo el latido de mi corazón en las sienes.
El “clic” de mi habilidad todavía resonaba en mi cabeza.
El deseo de saber si realmente servía para algo más que para ver datos inútiles me quemaba por dentro.
Me incorporé con dificultad, apoyando las manos en mis rodillas para ponerme de pie.
—Bueno…
en realidad, el loco soy yo —dije, limpiándome el sudor de la cara con el antebrazo.
Marcus arqueó una ceja, confundido.
—¿Qué quieres decir?
—Enfrentémonos —sentencié, clavando la vista en él—.
Ahora.
Marcus se quedó congelado por un segundo.
Luego, su expresión pasó de la incredulidad a una sorpresa genuina.
—¿En serio quieres eso?
—preguntó, soltando una pequeña risa de incredulidad—.
Chico, peso casi el doble que tú y tengo treinta años de experiencia rompiendo caras.
No te voy a enseñar técnica, te voy a pasar por encima.
—Lo sé —asentí, dando un paso al frente y levantando los puños vendados—.
Solo…
intenta ser un poco amable conmigo.
Marcus me miró en silencio, midiendo mi resolución.
Vio que no era un arranque de arrogancia, sino una necesidad de probar el límite de este nuevo cuerpo.
Soltó otra carcajada, esta vez llena de respeto, y empezó a quitarse la chaqueta de cuero, revelando unos brazos que parecían troncos de roble.
—Está bien —dijo, colocándose en guardia con una sonrisa depredadora—.
Pero recuerda que amable es una palabra muy subjetiva en el Archivo.
Me puse en posición, sintiendo cómo la adrenalina borraba el cansancio de las flexiones.
Mi mente gritaba que era un error, pero mis manos, apretadas en puños, decían lo contrario.
Estaba a punto de descubrir si era un arma o solo un juguete nuevo en las manos del destino.
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