El Archivo del Trauma - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Capítulo 24 La herida de la duda
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24: Capítulo 24: La herida de la duda 24: Capítulo 24: La herida de la duda Los ojos de Marcus recorrieron mi cuerpo, buscando una explicación lógica a cómo un chico que hace dos semanas no sabía cerrar un puño acababa de forzarlo a un retroceso defensivo.
Pero no tuvo tiempo de pensar más.
Sus movimientos se volvieron un borrón.
Marcus incrementó la velocidad, jugando en una liga en la que mi cuerpo apenas podía participar.
Lanzó una ráfaga de golpes: directos, ganchos y fintas que se sucedían como disparos.
Yo los veía.
Dios, los veía todos.
Las estelas azules de la interfaz marcaban cada trayectoria milisegundos antes de que el aire se desplazara, permitiéndome esquivar por márgenes absurdamente estrechos.
Un centímetro a la izquierda, un giro de cuello, un paso atrás.
Pero el cerebro tiene un límite.
De repente, la visión azul estalló en un blanco cegador.
Fue como si alguien hubiera encendido una bengala dentro de mi cráneo.
Un dolor punzante me atravesó las cuencas oculares y, por puro instinto, solté la guardia para llevarme las manos al rostro.
—¡Ahg!
—el grito se me escapó, seco y cargado de agonía.
Marcus no se detuvo.
En el combate real, el enemigo no espera a que tu jaqueca pase.
Aprovechando que estaba ciego y desprotegido, lanzó una patada lateral que me impactó de lleno en las costillas.
Sin la predicción para amortiguar el golpe o tensar el músculo, el impacto fue absoluto.
Volé por el aire y aterricé pesadamente, rodando por el suelo hasta quedar boca arriba, completamente rendido.
Desactivé la habilidad de golpe, sintiendo cómo la oscuridad del gimnasio intentaba calmar el incendio de mi cabeza.
Marcus se acercó lentamente, recuperando el aire.
Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y me miró desde arriba.
Ya no había miedo en él, solo esa superioridad tranquila del que sabe que ha ganado.
—Te lo dije, chico —dijo, intentando recuperar su tono burlón—.
Al final, no lograrás saber mi edad real.
Te has quedado a las puertas.
Me quedé allí, tirado, con la cara manchada de sudor y el pecho subiendo y bajando con violencia.
A pesar del dolor punzante en mis ojos, una pequeña sonrisa, cargada de un sarcasmo sangriento, asomó en mis labios.
—Te equivocas…
—susurré.
Marcus arqueó una ceja, soltando un bufido de incredulidad.
—¿Cómo que me equivoco?
Estás en el suelo, Elian.
No me has tocado en todo el asalto.
Admítelo, has perdido.
Con un esfuerzo sobrehumano, levanté un dedo tembloroso y señalé su rostro.
—Mírate…
la mejilla.
Marcus frunció el ceño, confundido, y se llevó la mano a la cara.
Al retirar los dedos, se quedó congelado.
Sus ojos se abrieron de par en par mientras observaba las yemas de sus dedos.
Allí, justo debajo de su pómulo izquierdo, había una línea roja casi invisible.
Un pequeño roce, una marca mínima que apenas empezaba a liberar una gota de sangre, pero que brillaba como una herida de guerra en medio de la penumbra.
Lo había logrado.
En ese último intercambio, justo antes de que mi visión colapsara, mi pie había encontrado el camino.
Marcus se quedó en silencio, mirando la pequeña mancha roja.
La arrogancia del instructor se desvaneció, reemplazada por un respeto pesado, casi sombrío.
—Una gota —murmuró Marcus, casi para sí mismo—.
Me has hecho sangrar.
Marcus se quedó inmóvil, con los dedos manchados de ese rastro rojo.
Me miró como si estuviera tratando de resolver un rompecabezas imposible.
—¿Cuándo?
—preguntó, con la voz cargada de una curiosidad genuina—.
¿En qué momento lo hiciste?
—La última patada…
—logré decir, apoyando los codos para no desplomarme de nuevo—.
Pude esquivar tu golpe por unos centímetros y…
te rocé.
Solo necesitaba eso.
Marcus guardó silencio un segundo y luego soltó un suspiro que pareció liberar toda la tensión del gimnasio.
—Increíble.
Felicidades, Elian.
Me has ganado una apuesta que nadie en este refugio se atrevería a intentar.
Mientras él hablaba, un impulso masoquista me hizo activar la interfaz solo un segundo para revisar mi estado.
Un parpadeo azul cruzó por mis ojos.
[ESTABILIDAD: 71%] Había bajado un 2% solo por ese despliegue descarado de antes.
El dolor de cabeza era un recordatorio constante de que estaba jugando con fuego, pero al ver a Marcus admitiendo su derrota parcial, sentí que cada punto de estabilidad perdido había valido la pena.
—Lo hiciste bien, chico.
Realmente bien —añadió él, ofreciéndome una mano para ayudarme a sentarme.
Me acomodé en el suelo, relajando los músculos que aún vibraban por la adrenalina.
El dolor de cabeza seguía ahí, martilleando rítmicamente detrás de mis ojos, pero la sensación de logro era un anestésico eficaz.
—Como me has hecho sangrar, cumpliré —dijo Marcus, sentándose frente a mí con la espalda apoyada en el saco—.
Te diré mi edad.
—Bien…
—murmuré, secándome el sudor con el brazo—.
¿Cuántos son?
Marcus se puso una mano en la barbilla, fingiendo una duda existencial.
—Podría decirte que tengo veintisiete, o tal vez cincuenta y cinco.
En este lugar, el tiempo se dobla de formas extrañas.
—Tienes cara de treinta y algo —le interrumpí—.
No te tires flores.
Marcus soltó una carcajada breve.
—Puede ser.
Pero en realidad, tengo cuarenta y dos años.
—¿Eh?
—Lo miré fijamente, olvidando por un momento el dolor—.
¿Cuarenta y dos?
¿De verdad?
Él asintió con una solemnidad que no dejaba lugar a dudas.
—Estás a unos años de convertirte en abuelo, Marcus…
y aun así tienes esa fuerza —solté, genuinamente impresionado—.
No es normal.
—Mi juventud no se irá tan fácilmente, Elian —respondió él, mirando hacia la penumbra de la pasarela superior—.
Aún tengo que proteger a los demás.
No permitiré que se repita lo mismo…
lo que pasó antes de llegar aquí.
Mientras haya alguien que dependa de estos puños, no tengo permiso para envejecer.
Su voz empezó a sonar lejana.
Sus palabras sobre el pasado y el deber se convirtieron en un murmullo borroso, una melodía de fondo que mi cerebro ya no podía procesar.
El esfuerzo de la pelea y el desgaste de la interfaz finalmente pasaron la factura.
Sin darme cuenta, mi espalda buscó la pared y mis párpados se volvieron de plomo.
Lo último que vi antes de que la oscuridad me reclamara fue la sombra de Marcus, firme y protectora, custodiando mi descanso.
El cansancio, por fin, me había ganado la partida.
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