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El Archivo del Trauma - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 El umbral del agotamiento
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26: Capítulo 26: El umbral del agotamiento 26: Capítulo 26: El umbral del agotamiento Capítulo 26: El umbral del agotamiento Los siguientes cinco días no fueron un entrenamiento; fueron un asedio sistemático contra mi propia cordura.

Marcus no tuvo piedad tras el incidente de la gota de sangre.

Si antes era un instructor exigente, ahora era una fuerza de la naturaleza decidida a encontrar mi punto de ruptura.

Mis días se resumían en un ciclo de dolor: despertar con el sabor metálico del cansancio en la garganta, recibir impactos que hacían vibrar mis huesos y forzar la interfaz hasta que las estelas azules se convertían en dagas de cristal clavadas en mis retinas.

Para el tercer día, mis nudillos estaban permanentemente hinchados y mi respiración era un silbido asmático.

El sobreesfuerzo era inhumano.

Mi cuerpo no tenía tiempo de reparar las fibras musculares antes de que Marcus me obligara a desgarrarlas de nuevo.

Cada vez que activaba la predicción de vectores, sentía un tirón eléctrico en la base del cráneo, una señal de que el sistema estaba drenando energía de lugares que mi biología no quería ceder.

Ya no era solo fatiga; era una erosión.

Me sentía como un edificio viejo siendo demolido desde adentro por una máquina que yo mismo había encendido.

Al quinto día, colapsé frente al saco de boxeo, no por un golpe, sino porque mis pulmones simplemente se negaron a procesar más aire.

Me quedé apoyado en las rodillas, con el sudor goteando desde mi barbilla y formando un charco oscuro en el suelo del gimnasio.

Fue entonces cuando escuché el eco de unas botas ligeras contra el hormigón.

Valieth apareció entre las sombras, observándome con esa mezcla de desprecio y curiosidad científica que reservaba para los especímenes interesantes.

—Estás forzando un motor que no tiene repuestos, Elian —dijo, deteniéndose a una distancia prudencial.

—Es…

la única forma —logré articular, cada palabra pesando un kilo.

—Tal vez.

Pero un motor quemado no sirve para lo que viene —ella cruzó los brazos, su rostro iluminado por la luz mortecina—.

He terminado de revisar el inventario de recursos.

Las noticias no son buenas.

La degradación de los suministros se ha acelerado.

Me obligué a levantar la vista.

Valieth parecía más tensa de lo habitual, una vibración casi imperceptible en su postura letal.

—Saldremos en tres días —sentenció—.

No es una sugerencia.

Es el límite de nuestra viabilidad aquí dentro.

Aprovecha este tiempo para que tu estabilidad no caiga por debajo del umbral crítico.

Si te desmayas ahí fuera, te dejaré atrás.

Asentí en silencio.

No tenía fuerzas para discutir.

Valieth se dio la vuelta, sus pasos alejándose con una indiferencia que debería haberme enfurecido, pero que apenas logré procesar.

Intenté ponerme en pie, pero mis piernas se sintieron como cables pelados soltando chispas.

Colapsé de nuevo, esta vez de bruces contra el suelo frío.

Mi respiración era un desastre: irregular, rota, como si mis pulmones hubieran olvidado cómo expandirse por completo.

El dolor era una marea roja que amenazaba con apagarme, pero mi mente, impulsada por un resto de adrenalina enferma, se negó a soltar el control.

Ochenta…

—me dije, clavando las uñas en el hormigón—.

Faltan ochenta flexiones.

Apoyé las palmas.

Mis hombros crujieron, enviando una descarga eléctrica hasta mi nuca.

Uno.

Dos.

El sudor me cegaba, mezclándose con el polvo del gimnasio.

Tres.

Cuatro.

No podía parar.

Si me detenía, el silencio del refugio me devoraría.

Si me detenía, aceptaba que era el eslabón débil que Valieth dejaría atrás sin parpadear.

Tenía que ser el más fuerte.

Noventa…

cien sentadillas después.

No te detengas.

Cada repetición era un golpe contra el olvido.

Necesitaba salir de este agujero de concreto.

Necesitaba volver a pisar el asfalto de la realidad, aunque estuviera en ruinas, para saber si Amélie todavía guardaba un rastro de mi existencia en su memoria o si el mundo ya me había procesado como una baja más.

Quería saber si ella estaba bien, si seguía tomando ese café con aroma a vainilla mientras yo me convertía en una máquina de guerra.

Y, por encima de todo, estaba ella.

Mi madre.

El origen de este lenguaje de impactos y cicatrices que ahora era mi única forma de hablar.

Si ella me había preparado para esto, las respuestas tenían que estar ahí fuera, escondidas en la estática del Archivo.

Forcé una flexión más.

Mis brazos temblaron violentamente y sentí un aviso de la interfaz parpadear en la periferia de mi visión.

No me importó.

Si mi cuerpo iba a romperse, que lo hiciera mientras avanzaba.

En tres días, las puertas se abrirían.

Y yo no iba a salir como una víctima, sino como el único error del sistema que el Archivo no podría borrar.

Valieth se dio la vuelta, pero yo ya no estaba allí.

Mi mente había cerrado las puertas al mundo exterior.

Solo quedaba el ritmo.

Diez.

El pecho rozando el suelo frío.

Quince.

Los tríceps gritando bajo el peso de un cuerpo que ya no sentía como mío.

Treinta.

Ya no era Elian Vane; era un algoritmo de repetición.

La eficiencia se volvió brutal, quirúrgica.

Mis movimientos perdieron cualquier rastro de duda humana, convirtiéndose en una serie de palancas y tensiones mecánicas.

No pensaba en el dolor de las costillas, ni en el hambre, ni en el aire viciado del refugio.

Ochenta flexiones.

Noventa.

Cien.

Me puse en pie de un salto, ignorando el mareo que tiñó mi visión de un rojo oscuro.

Empecé con las sentadillas.

Mi respiración era una máquina de vapor, corta y violenta.

Tenía que ser el más fuerte.

Tenía que ser lo suficientemente rápido para que la próxima vez, cuando la interfaz estallara en blanco, mis músculos ya supieran qué hacer sin necesidad de ver.

Amélie, mi madre…

todos esos nombres se convirtieron en simples variables de una ecuación que solo se resolvía con más esfuerzo.

Cada gota de sudor era un dato procesado.

Cada fibra muscular rota era una mejora del sistema.

Cien sentadillas.

El mundo empezó a vibrar.

No era un terremoto, era mi sistema nervioso colapsando bajo el voltaje de una voluntad que mi biología ya no podía sostener.

Sentí un pitido agudo en los oídos, una frecuencia que devoró el silencio del gimnasio.

El suelo pareció inclinarse, volviéndose líquido.

—Una…

más…

—susurré, pero mis cuerdas vocales solo emitieron un chasquido seco.

De repente, el cable se cortó.

La eficiencia brutal se encontró con el muro de la realidad física.

Mi visión se fragmentó en miles de estelas azules que se entrelazaron hasta formar una oscuridad absoluta y pesada.

No hubo una caída lenta; fue un apagón total, como si alguien hubiera desenchufado mi consciencia de la pared.

Antes de tocar el suelo, ya no estaba en el Ancla.

El vacío me reclamó, y por primera vez en días, el dolor se detuvo para dar paso a un sueño profundo y frío.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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