El Archivo del Trauma - Capítulo 27
- Inicio
- Todas las novelas
- El Archivo del Trauma
- Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 La génesis de la vigilancia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
27: Capítulo 27: La génesis de la vigilancia 27: Capítulo 27: La génesis de la vigilancia No hay oscuridad en el pasado.
Solo una luz blanca, muy brillante, como la de los hospitales que te hace doler la cabeza.
Tengo doce años.
Mis manos son pequeñas y no tienen ninguna marca, pero me tiemblan mucho mientras sostengo esta vara de madera.
El sudor me pica en los ojos y tengo muchas ganas de rascarme, pero no me muevo.
No puedo.
Frente a mí, mi mamá me mira.
No grita, está muy callada, y eso me da más miedo que si estuviera enojada.
—El mundo no es lo que ves, Elian —dice ella.
Su voz suena suave, como cuando pasas la mano por una manta de terciopelo.
Yo no entiendo qué quiere decir.
Solo pienso en por qué no estamos en el parque.
Mis amigos de la escuela seguro están aprendiendo álgebra ahora, quejándose porque es difícil, mientras yo intento aprender a saber dónde va a moverse el hombro de mi mamá antes de que ella me pegue.
—Casi todos caminan dormidos, Elian.
Se dejan llevar.
Pero tú…
tú tienes que ser como una pared que detiene el agua.
Tienes que ver el error antes de que el error te vea a ti.
—Me duele, mamá —le digo casi en un secreto.
Mis piernas parecen de gelatina porque llevo seis horas parado en la misma posición.
Ella se acerca.
Yo espero un abrazo, pero no lo hace.
Solo usa la punta de sus dedos, que siempre están fríos, para subirme el mentón.
—El dolor solo es información, Elian.
Es tu cuerpo diciéndote hasta dónde llega, para que tú puedas ir más lejos.
Entonces, el “juego” empieza de verdad.
Ella dice que es entrenamiento, pero a mí me parece que me están desarmando por dentro.
Me hace cerrar los ojos en el cuarto lleno de cosas que cuelgan del techo y se mueven.
Si no escucho cómo se mueve el aire, no me regaña.
Me pega.
Es un golpe seco, rápido.
No quiere romperme los huesos, quiere que mis nervios se despierten a la fuerza, como cuando te asustan de repente.
—Otra vez, Elian —manda ella.
Me hace decir los números de las placas de los carros mientras corro hasta que siento que me va a salir fuego por la garganta.
Me obliga a saber cuántos vecinos están caminando afuera solo por cómo tiembla el suelo de la casa.
Mi mamá no quiere un hijo para jugar; está fabricando algo que pueda verlo todo.
—¿Por qué tengo que hacer esto?
—le pregunté una noche.
Tenía el cuerpo lleno de manchas moradas, pero las tapábamos con la ropa de la escuela para que los maestros no dijeran nada.
—Acércate, Elian —me dijo, y bajó la vara.
Caminé hacia ella sobre el suelo frío del sótano.
Me dolía cada pedacito de piel, pero me puse derecho como ella me enseñó.
Me tomó la cara con las dos manos.
Sus palmas estaban calientitas, y eso me hizo querer llorar porque el sótano estaba muy frío.
—Acuérdate de lo que siempre te digo —me susurró al oído, agachándose para estar a mi altura—.
Esto es un secreto de los dos.
Nadie puede saber cómo jugamos, nadie puede saber cómo te preparo.
Si se lo cuentas a alguien, van a venir hombres malos y me van a llevar.
Y te vas a quedar solito.
¿Quieres eso?
Dije que no con la cabeza, muy rápido.
Me daba mucho miedo quedarme solo.
El cansancio se me olvidó por el puro susto.
Ella me sonrió.
Es la sonrisa más bonita del mundo, aunque sus ojos no sonríen, solo parecen estar contando cosas.
—Lo hago porque te amo más que a nada —dijo con voz dulce—.
Los otros niños son debiluchos porque sus papás los dejan ser blanditos.
Yo te estoy regalando el poder de ver lo que nadie más puede ver.
Eres mi dibujo más perfecto, Elian.
Se estiró y me dio un beso en la frente.
Fue un beso cortito, casi ni lo sentí.
¿Siento algo?
¿Mi corazón late rápido porque mi mamá me quiere?
¿Siento calorcito por dentro?
No.
Creo que no siento nada de nada.
Ella me abraza y yo me quedo quieto como un muñeco de cera.
Mis ojos están muy abiertos, mirando la pared, viendo cómo la luz del techo parpadea como si fueran números.
Ella me enseñó a no poner caras; me dijo que si alguien sabe lo que siento, ya sabe cómo ganarme.
A los doce años, mi corazón ya no sirve para querer.
Es como un motor que solo hace que mi sangre se mueva para seguir vigilando.
Ella sonríe porque me ve vacío, y yo solo espero a que me diga qué es lo siguiente que tengo que mirar hasta que me ardan los ojos.
—Bien —dice ella, y se separa—.
Una hora más haciendo equilibrio en la viga.
Si te caes, empezamos desde el principio.
Yo solo asiento.
El niño que lloraba cuando se raspaba la rodilla se murió hace mucho.
Ahora solo queda este soldado chiquito con la cara seria, esperando la siguiente orden en la oscuridad.
El vacío me trajo de vuelta a la realidad tan rápido que sentí un golpe.
Abrí los ojos.
No había luz blanca de sótano, ni varas de madera, ni besos gélidos en la frente.
Solo el techo del gimnasio, alto y sombrío.
Estaba acostado boca arriba sobre el hormigón, con el cuerpo enviándome señales sordas de un dolor que ya no me molestaba.
Simplemente estaba ahí, como un ruido de fondo.
Me di la vuelta lentamente, girando el rostro hacia un lado.
A pocos centímetros de mi posición, Valieth estaba sentada.
No me miraba; tenía la vista perdida en la inmensidad de la sala vacía, observando la nada con una fijeza que nunca le había visto.
Me quedé inmóvil, observándola.
En otros tiempos, verla allí, cuidando mi sueño, me habría provocado curiosidad o incluso una pizca de gratitud.
Pero ahora, mientras los engranajes de mi infancia terminaban de encajar en mi presente, solo sentía una inexpresividad absoluta.
Era la misma frialdad que había estado durmiendo en algún rincón de mi sistema, esperando a que el trauma la despertara.
Mi rostro era una máscara muerta.
Me incorporé sin hacer ruido y me puse en pie.
—Valieth —dije.
Mi voz salió plana, despojada de cualquier matiz.
Ella se sobresaltó violentamente.
Fue un movimiento rápido, casi defensivo, antes de ponerse en pie de un salto.
Su máscara de frialdad clínica tardó un segundo de más en volver a su sitio.
—¿Por qué no avisaste que habías despertado?
—espetó, recuperando su tono cortante, aunque sus ojos todavía tenían un brillo errático.
—¿Qué haces aquí?
—pregunté, ignorando su queja.
Valieth soltó una risa seca y comenzó a caminar hacia la salida del gimnasio sin mirarme.
—Te veías tan patético ahí tirado, Elian…
—dijo, agitando una mano en el aire—.
Solo quería guardar esa imagen en mi memoria.
Así tendré material para burlarme de ti cuando te creas demasiado importante en la misión.
Se alejó a paso rápido, desapareciendo por el pasillo.
La seguí con la mirada, procesando su comportamiento.
¿Qué le pasaba?
No parecía la misma Valieth de siempre.
Sus hombros estaban tensos, su voz había vibrado de una forma extraña…
¿Estaba nerviosa?
No perdí más de tres segundos analizando el asunto.
No tenía energía para los misterios de los demás.
Me levanté del todo, sintiendo un vacío extraño en el pecho.
No era tristeza ni soledad; era la ausencia total de ruido emocional.
Caminé hacia la zona de aseo con pasos automáticos, sintiendo cómo ese vacío heredado se asentaba en cada uno de mis gestos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com