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El Archivo del Trauma - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 La geografía del hambre
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28: Capítulo 28: La geografía del hambre 28: Capítulo 28: La geografía del hambre El día de la partida no hubo discursos.

El hambre es el mejor cronómetro, y en el Ancla, las tripas de todos marcaban la hora cero.

Nos reunimos frente a la esclusa principal.

Éramos cinco: Valieth, liderando con su habitual rigidez; Marcus, que cargaba un fusil corto como si fuera una extensión de su brazo; dos hombres del equipo de logística cuyos nombres apenas recordaba, Kael y Russo; y yo.

Valieth revisó su reloj de pulsera y luego nos barrió a todos con la mirada.

Se detuvo un segundo más en mí, analizando mi postura, buscando quizás algún rastro del colapso de hace tres días.

No encontró nada más que mi nueva y constante inexpresividad.

—Escuchen bien —dijo Valieth, y su voz resonó en el túnel de hormigón—.

No queda nada.

Ni raciones de emergencia, ni suministros médicos, ni productos de aseo básicos.

Si no regresamos con carga, la próxima semana estaremos hirviendo cuero para no morir de inanición.

Nadie dijo nada.

La urgencia era un hecho que no necesitaba adjetivos.

—Esta zona ya está seca —continuó ella—.

Vamos a cruzar el límite del sector seguro y nos dirigiremos al centro comercial del distrito central.

Es una caminata larga y estamos expuestos.

Mantengan las distancias, vigilen sus flancos y, sobre todo, no se detengan por nada.

Si alguien cae y no puede levantarse por su cuenta, se queda atrás.

—Entendido —gruñó Marcus.

Kael y Russo asintieron, ajustando las correas de sus mochilas vacías.

Yo me limité a apretar las correas de la mía.

No pesaba casi nada.

Solo llevaba un par de cantimploras vacías y, enfundado en mi cinturón, un cuchillo de combate de hoja dentada que Marcus me había entregado esa misma mañana.

“Para distancias cortas”, me había dicho sin mirarme a los ojos.

“Si tienes que usarlo, asegúrate de no dudar”.

Valieth dio la señal y la pesada puerta hidráulica comenzó a gemir.

El metal chirrió contra el metal y una rendija de luz gris empezó a ensancharse frente a nosotros.

El aire que entró no era aire; era una mezcla de polvo asfáltico y frío rancio.

Inhalé profundamente, llenando mis pulmones con ese veneno familiar.

—En marcha —ordenó Valieth.

Salimos en formación.

Mis botas golpearon el asfalto agrietado de la superficie por primera vez en semanas.

Caminamos durante la primera hora entre coches abandonados que parecían cáscaras de insectos gigantes.

El grupo se movía con una eficiencia tensa.

No había charlas, solo el sonido de nuestras botas y el roce de la tela de los uniformes.

—Russo, vigila la retaguardia —murmuró Valieth sin detenerse—.

Elian, mantente cerca de Marcus.

No quiero que te pierdas en la primera columna de humo que veas.

—Estoy bien —respondí.

Mi voz sonó extraña en el espacio abierto, plana y carente de emoción.

Miré hacia los lados, procesando cada esquina, cada ventana rota, cada vector de posible ataque.

Mi hipervigilancia, esa que mi madre había tallado a golpes en mi cerebro, estaba zumbando bajo mi piel.

No sentía miedo.

Solo sentía que, por fin, el escenario coincidía con el actor.

A medida que avanzábamos, el silencio de la ciudad se volvía una presencia física, algo que presionaba contra mis tímpanos.

Mis ojos saltaban de una cornisa a otra, de un callejón oscuro a la sombra de un camión volcado.

Sentía esa picazón familiar en la nuca: la sensación de que siempre nos estaban observando.

No eran ojos necesariamente humanos; era como si el aire mismo tuviera memoria y nos estuviera registrando, procesando cada uno de nuestros pasos como datos nuevos en un sistema infinito.

Era un silencio artificial, roto solo por el crujido de algún cristal bajo nuestras botas.

Nada de pájaros, nada de viento silbando entre los cables.

Solo nosotros, cinco puntos de calor moviéndose por un desierto de ceniza.

—Está demasiado tranquilo —murmuró Russo detrás de mí, rompiendo la formación por un segundo para mirar hacia atrás.

Kael soltó un bufido nervioso, ajustándose la correa de su mochila vacía.

—Es el silencio, idiota.

Te pone paranoico.

A estas alturas ya deberías estar acostumbrado a que el mundo no nos hable.

—No es eso —insistió Russo, bajando la voz—.

Es como si…

como si la ciudad estuviera conteniendo el aliento.

Marcus, que iba un par de pasos por delante, se detuvo ligeramente y puso una mano pesada sobre el hombro de Russo.

El gesto no fue brusco, sino firme, casi protector.

—Cálmate, Russo —dijo Marcus con una voz que, a diferencia de sus gritos en el gimnasio, sonaba como un rugido sordo y tranquilizador.

—Mantén los ojos en tu sector y respira hondo.

El miedo solo te hace consumir más oxígeno del que tenemos.

Si algo se mueve, yo lo veré primero.

No voy a dejar que nada los sorprenda.

Russo asintió, visiblemente más relajado por la seguridad que Marcus proyectaba.

El gigante nos miró a todos, dándonos una especie de asentimiento silencioso que nos recordaba que, aunque estuviéramos en el infierno, él era nuestro escudo.

Finalmente, la mole del centro comercial apareció entre la neblina.

Era una estructura absurdamente grande.

Los carteles publicitarios descoloridos colgaban como piel muerta de la fachada.

Entramos por una de las puertas de carga laterales.

El interior era un bostezo de oscuridad y frío.

El eco de nuestros pasos se perdía en las alturas de los atrios, dándome una idea de la escala real del lugar.

Valieth se detuvo en el vestíbulo principal, bajo lo que quedaba de una fuente seca, y el grupo se agrupó en torno a ella.

—Bien, ya conocen el plan —dijo Valieth.

Aunque, honestamente, yo no tenía ni idea de qué plan hablaba.

—Marcus, llévate a Kael y a Russo.

Revisen el ala oeste del piso base: supermercado y ferretería.

Marcus, tú decides cuándo es suficiente carga.

Prioricen lo esencial.

Marcus asintió, echándose el fusil al hombro y haciendo una seña a los otros dos.

—Ustedes dos, conmigo —ordenó Marcus con tono paternal pero autoritario—.

No se alejen más de cinco metros.

Si ven algo raro, silben, no griten.

Vamos.

Marcus dio un paso al frente antes de dar la orden de marcha a sus hombres.

Se acomodó el fusil y miró a Valieth con una seriedad que no tenía nada que ver con sus broncas en el gimnasio.

Era una mirada de camaradería curtida en mil salidas como esta.

—Tengan cuidado ahí arriba —dijo Marcus, su voz resonando en el hall vacío—.

No se confíen de los espacios abiertos.

Valieth, mantén a Elian a la vista.

Luego se giró hacia mí.

Sus ojos recorrieron mi rostro, buscando quizás alguna grieta en mi inexpresividad.

Al no encontrarla, soltó un suspiro corto y me puso una mano en el hombro, apretando con fuerza.

—Deseo que no pase nada grave hoy, Elian.

Solo entramos, llenamos las bolsas y volvemos a casa.

¿Entendido?

—Eso significa que, si pasa algo, solo debería ser “un poco” grave, ¿no?

—respondí.

Marcus arqueó una ceja, sorprendido por mi réplica.

Tal vez si solo me arrancan un brazo se considere un éxito según sus estándares.

En el mundo del Archivo, la gravedad era una escala relativa; estar vivo ya era una anomalía estadística.

Marcus soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza.

—Aún tienes lengua, al menos.

Eso es bueno.

Mantente alerta.

Nos vemos en el punto de encuentro en una hora.

Si no estamos aquí, no nos esperen.

—Igualmente —añadió Valieth con un asentimiento solemne.

Marcus hizo una seña a Kael y a Russo, y los tres se internaron en la penumbra del nivel inferior.

Russo todavía miraba hacia atrás de vez en cuando, pero Marcus le dio un pequeño empujón amistoso en la espalda para mantenerlo enfocado.

La dispersión se sintió como una pérdida de calor inmediata.

—Tú vienes conmigo —añadió Valieth mirándome—.

Subiremos al primer piso.

Farmacias y ropa técnica.

Es una zona más abierta, así que necesito que tus ojos estén puestos en cada barandilla y cada esquina oscura.

—Entendido —respondí.

Lo dije de forma automática, casi servil, solo para que no tuviera motivos para fijarse más de la cuenta en mí.

Pero por dentro, los engranajes de mi desconfianza empezaron a girar.

¿Por qué yo?

Marcus era el protector, el que se llevaba a los novatos para que no murieran a la primera de cambio.

Valieth, en cambio, era una purista de la eficiencia.

Yo era el eslabón débil, el tipo que se había desmayado en el gimnasio hacía tres días.

Si esto fuera una cuestión de lógica pura, debería estar abajo, cargando cajas bajo la supervisión de Marcus.

Tal vez quiere terminar el trabajo que empezó en el gimnasio.

Es más fácil dejar atrás un cadáver donde no hay testigos.

Valieth empezó a subir por las escaleras mecánicas detenidas, moviéndose con una gracia felina y silenciosa hacia la penumbra del primer piso.

Me quedé un paso por detrás, manteniendo la distancia justa.

Mi hipervigilancia zumbaba bajo la piel, pero esta vez no solo apuntaba a las sombras del edificio, sino también a la nuca de la mujer que caminaba frente a mí.

Había algo en su decisión que no encajaba.

Podía ser que… No, ella no sabe eso.

O quizás, simplemente quería tenerme cerca para evaluar cuánto me faltaba para quebrarme del todo.

—Mantén el cuchillo a mano, Elian —susurró ella sin girarse—.

No estamos solos aquí.

Nunca lo estamos.

Asentí en silencio, mi mano buscando la empuñadura del cuchillo en mi cinturón.

El frío del metal contra mi palma me dio una pizca de anclaje.

Nos internamos en la oscuridad superior, dejando atrás el poco consuelo que daba la presencia de Marcus y su equipo.

El centro comercial parecía estar respirando; un suspiro metálico y constante que se filtraba por los conductos de ventilación.

Subir esas escaleras se sentía como entrar en la garganta de algo inmenso que llevaba mucho tiempo esperando para cerrar la mandíbula.

Si Valieth planeaba algo, o si simplemente me estaba usando como carnada, pronto lo sabría.

En este lugar, las máscaras no duraban mucho tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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