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El Archivo del Trauma - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Capítulo 29 La frecuencia del remordimiento
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29: Capítulo 29: La frecuencia del remordimiento 29: Capítulo 29: La frecuencia del remordimiento El primer ruido no fue un golpe, sino un siseo.

Un sonido arrastrado, como si alguien estuviera deslizando una lona pesada sobre cristales rotos.

Me detuve en seco en mitad de la escalera mecánica muerta.

Mis oídos, afinados por años de silencio forzado, captaron un patrón: tres roces, una pausa, un chasquido óseo.

—¿Tienes el cuchillo a mano?

—susurró Valieth.

Su voz era tan baja que apenas vibró en el aire.

—Sí —respondí, apretando la empuñadura hasta que los nudillos me blanquearon.

Terminamos de subir el último tramo.

El primer piso se abría ante nosotros como un cementerio de maniquíes y escaparates astillados.

La niebla aquí era más espesa, cargada de una estática que hacía que los pelos de mis brazos se erizaran.

De repente, el ambiente cambió.

No fue el ruido, fue la presión atmosférica.

Valieth se detuvo y cerró los ojos.

Por un instante, su rostro perdió esa rigidez militar y mostró una grieta de dolor absoluto, una sombra que parecía devorarla desde dentro.

Entonces, el aire a su alrededor se encendió.

Un destello de luz mortecina brotó de la palma de su mano derecha.

El aire empezó a oler a quemado, pero no a madera o carne, sino a ceniza vieja, a recuerdos calcinados.

Una vara metálica, larga y de un gris ceniciento, se materializó en su puño.

De ella se desprendían briznas de brasas que flotaban en el aire antes de desintegrarse.

Me sobresalté, retrocediendo un paso por instinto.

El resplandor de la vara iluminó las sombras, revelando bultos moviéndose entre las tiendas de ropa técnica.

—¿Qué pasa?

—pregunté, sintiendo un escalofrío.

Mi voz, por primera vez en el día, perdió su neutralidad.

Valieth no respondió.

Se quedó inmóvil, con la vara desprendiendo calor y su mirada fija en el vacío, como si estuviera leyendo algo escrito en el aire.

—No es nada —dijo Valieth.

Su voz sonaba distante, como si hablara desde el fondo de un pozo—.

Sígueme.

No me convenció.

Obedecí, pero no pude evitar notar que sus nudillos seguían blancos alrededor de la vara.

El brillo carmesí de las brasas que desprendía el metal teñía las paredes de un rojo insalubre, proyectando sombras alargadas de los maniquíes que parecían seguirnos con la mirada.

Ella no soltó su arma ni un segundo.

Llegamos a la sección de ropa técnica.

Las estanterías estaban medio volcadas, pero quedaban chaquetas térmicas y pantalones reforzados que valían su peso en oro.

—Yo vigilaré la entrada —ordenó ella, dándome la espalda y plantándose como una estatua de ceniza frente al pasillo—.

Toma todo lo que sirva.

Muévete.

Asentí y me puse a trabajar.

Mis dedos se movían con rapidez, pero la oscuridad del local dificultaba distinguir qué piezas estaban realmente íntegras y cuáles eran solo restos degradados por el Archivo.

Por un momento, cedí a la tentación.

Activé mi habilidad.

El dolor regresó de inmediato, una aguja al rojo vivo clavándose detrás de mis ojos, justo en el centro de mi cerebro.

Apreté los dientes, resistiendo el impulso de gritar.

El mundo se fragmentó en líneas de datos: vi la estabilidad de cada prenda flotando en el aire.

Ignoré todo lo que bajara del 70%; en el exterior, una costura inestable era una sentencia de muerte por hipotermia o filtración de estática.

Agarré frenéticamente lo que marcaba 75%, 82%…

el sudor me bajaba por la nuca mientras mi sistema nervioso protestaba por el esfuerzo.

Estaba tan concentrado en los vectores de datos y en soportar el dolor que el mundo real se volvió un ruido de fondo.

Entonces, el aire se heló justo detrás de mi oreja derecha.

—Holis… —susurró una voz.

Era un sonido tierno, amigable, casi infantil.

Una voz que debería pertenecer a un recuerdo cálido, pero que venía cargada de un veneno tan puro que sentí cómo el aire se cristalizaba en mis pulmones.

Mi corazón se detuvo.

Literalmente.

Sentí ese golpe seco en el pecho, el vacío de un latido que no llegó.

No era Valieth.

Ella estaba a diez metros, custodiando la entrada.

El instinto, ese perro viejo y rabioso que mi madre alimentó a golpes, tomó el control.

Antes de que mi cerebro procesara la palabra, mi brazo ya se estaba moviendo.

Giré sobre mis talones con una violencia mecánica, alzando el cuchillo en un arco ascendente diseñado para rajar la garganta de lo que fuera que me hubiera soplado al oído.

La hoja cortó el aire con un silbido, pero no encontró resistencia.

Frené el golpe a escasos milímetros de una nariz pequeña.

Frente a mí, una chica de cabello rubio me miraba sin parpadear.

No retrocedió ni mostró miedo; simplemente ladeó la cabeza y me dedicó una sonrisa amplia, casi inocente, mientras levantaba una mano para saludarme con los dedos.

—¡Valieth!

—el grito salió de mi garganta como un desgarro.

Valieth se giró con una rapidez inhumana, su vara de ceniza barriendo la penumbra y soltando una lluvia de chispas carmesíes.

Al ver a la chica, su postura no se relajó; al contrario, sus hombros se tensaron tanto que parecieron a punto de quebrarse.

—¿Quién eres?

—espetó Valieth, su voz cargada de una vibración peligrosa.

La vara de ceniza crepitó, iluminando el rostro de la desconocida.

—Solo trataba de saludar —respondió la chica.

Su voz era dulce, carente de la estática que suelen tener los ecos del Archivo—.

Qué chico tan impulsivo.

Casi me dejas una marca.

Valieth no bajó el arma.

Buscando una identidad, un rastro de verdad entre tanto caos.

—¿Eres humana?

—preguntó Valieth, su tono gélido.

—Claro que sí —la chica soltó una risita cristalina que me revolvió el estómago—.

De carne, hueso y un poquito de hambre.

Como todos, ¿no?

Me quedé helado, con el cuchillo aún temblando en mi mano.

No podía apartar la vista de ella.

Mi mente estaba gritando, procesando un error lógico que no sabía cómo resolver.

Mi madre me había entrenado para detectar el desplazamiento del aire, el crujido de una bota, incluso el cambio en el ritmo cardíaco de alguien cercano.

Había pasado años convirtiéndome en un radar biológico.

¿Cómo era posible?

No escuché pasos.

No sentí su calor.

No hubo ni una vibración en el suelo podrido del centro comercial.

Se había deslizado a través de mi zona de seguridad como si fuera un fantasma o una sombra sin peso.

Si ella era humana, entonces todo lo que yo creía saber sobre mi propia supervivencia acababa de quedar obsoleto.

—Si no me hubiera detenido, ahora mismo estarías sujetándote la garganta para que no se te escapara la vida.

La chica no se inmutó.

Al contrario, ensanchó su sonrisa y dio un par de pasos hacia atrás, alejándose de la punta de mi cuchillo con una ligereza insultante, como si estuviéramos jugando en un parque y no en un cementerio de metal y vidrio.

—Pero te detuviste —dijo ella—.

No pasa nada.

El miedo es una reacción química natural, aunque en tu caso…

está un poco más atascado que en los demás.

La chica rubia caminó unos pasos, rozando con sus dedos la superficie de una estantería polvorienta.

Se detuvo y suspiró con una melancolía fingida.

—Al final, nada de esto importa —comentó, mirando hacia la oscuridad del techo—.

Ya comprendí por qué están todos tan tensos.

Es difícil aceptar que ya no son recordados por nadie en el mundo real.

Son como archivos corruptos que el sistema ha decidido ignorar.

Para los de afuera, ustedes simplemente nunca existieron.

El nombre de Amélie golpeó mi mente como un martillo.

La imagen de su rostro, de nuestras tardes antes de que el mundo se rompiera, se proyectó contra el fondo de mis ojos.

¿Ella me habría olvidado?

¿Había un lugar afuera donde mi existencia se había borrado como un rastro de tiza bajo la lluvia?

—No hay nada que garantice eso —interrumpió Valieth, su voz vibrando con una furia contenida—.

No puedes saberlo si no has vuelto a la realidad.

Nadie ha vuelto.

Estás hablando de suposiciones de una mente perturbada.

La chica soltó una carcajada suave, un sonido que chocaba violentamente con la atmósfera opresiva del lugar.

Se giró para mirarnos, y por un segundo, su mirada pareció volverse tan antigua como el tiempo mismo.

—No es necesario volver, querida —respondió ella, ladeando la cabeza—.

He investigado mucho.

He caminado por las grietas de este mundo y he escuchado el silencio del otro lado.

El olvido no es una teoría, es la base de este lugar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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