El Archivo del Trauma - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 El rastro del vacío
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3: Capítulo 3: El rastro del vacío 3: Capítulo 3: El rastro del vacío Mis dedos volaban sobre el teclado de la biblioteca, pero la pantalla solo me devolvía el blanco gélido de los resultados inexistentes.
Sato, Kenji.
Sato, K.
Sección 3-B: Listado de alumnos.
Nada.
No había rastro de él en el servidor del colegio, ni en las listas de asistencia digital que logré interceptar aprovechando que el bibliotecario dormitaba frente a su monitor.
Era como intentar atrapar el humo con las manos.
Los datos simplemente no estaban, como si el nombre nunca hubiera sido escrito en un teclado.
—No es posible —susurré, sintiendo un escalofrío que me recorría la columna.
Me levanté, con las piernas pesadas, y fui directo al aula de profesores.
Mi madre siempre decía que los adultos mienten con los ojos, y yo necesitaba ver los ojos del profesor Miller.
Él era un hombre de rutinas, de los que cuentan los lápices antes de guardarlos, alguien que no perdería a un alumno así como así.
—Señor Miller —lo abordé en el pasillo, tratando de que mi voz no sonara tan rota como me sentía—.
Disculpe, ¿Kenji Sato no vino hoy porque está enfermo?
El chico que se sienta en la tercera fila, el que siempre hace ruido con el bolígrafo.
Miller me miró por encima de sus gafas.
Su expresión era de una calma absoluta, una tranquilidad que me resultaba ofensiva.
—¿Sato?
No tengo a nadie con ese apellido en mi lista, Vane.
Y esa silla ha estado vacía desde que empezamos el año.
Quizás deberías descansar un poco, Elian, te ves…
—hizo un gesto hacia mis ojos— …agotado.
Estás imaginando cosas donde no las hay.
Salí de allí sintiendo que las paredes del pasillo se cerraban sobre mí.
No era solo que lo olvidaran; era la seguridad con la que lo hacían.
Para Miller, la silla nunca tuvo dueño.
Para el resto del mundo, Kenji Sato nunca había respirado.
—¡Elian!
—Una mano suave se posó en mi hombro, y por poco no salto del susto.
Era Amélie.
Me miraba con esa mezcla de curiosidad y ternura que siempre lograba frenar mis ataques de pánico.
—Te saltaste la última clase —dijo suavemente—.
Te busqué por todas partes.
Estás pálido, “Monsieur”.
—Estoy bien, Amélie.
Solo es…
el cansancio.
Me quedé mudo cuando ella dio un paso hacia mí.
Amélie estiró la mano y me ajustó el cuello de la sudadera con cuidado.
Sus dedos rozaron mi piel por un instante; era un calor real, humano, algo a lo que aferrarme en medio de ese frío extraño que parecía haber invadido la escuela.
Sentí que el calor me subía a la cara y tuve que mirar hacia el suelo para no perderme en sus ojos.
—No mientas —susurró ella, con una de esas sonrisas que hacían que todo pareciera menos grave—.
Tienes esa cara que pones cuando intentas resolver un problema que no tiene solución.
—Este mundo es el que no tiene solución, Amélie —respondí, tratando de recuperar mi escudo de indiferencia mientras mi corazón seguía latiendo demasiado rápido—.
Todo parece…
borroso.
Ella soltó una risita y me tomó del brazo, guiándome hacia la salida del edificio.
—Vamos a casa.
Mañana te despertarás y verás que todo fue un mal sueño.
Te prometo que esa silla vacía no tiene nada de especial.
Caminé a su lado, dejando que ella marcara el paso.
Por un momento, quise creerle.
Quise creer que me estaba volviendo loco, que mi madre se había ido porque quiso y que Kenji Sato era solo un invento de mi imaginación cansada.
Sería más fácil estar loco que tener razón.
Pero al cruzar el umbral de la salida, cometí el error de mirar atrás.
En la ventana del salón 3-B, lo vi.
Fue apenas un parpadeo.
Por un segundo, el cristal de la ventana no reflejó el sol, sino que se volvió transparente hacia algo que no debería estar ahí: un espacio blanco, infinito, vacío de todo color y forma.
Y en medio de esa nada, vi un rastro de estática, como la de una televisión vieja, donde debería haber estado la silla de mi amigo.
Parpadeé y la imagen se esfumó.
El edificio volvió a ser de concreto viejo y sucio.
—¿Elian?
—Amélie se detuvo, preocupada por mi silencio.
—Nada —mentí, apretando los puños—.
Solo el reflejo del sol.
Pero mientras caminábamos, una idea amarga se instaló en mi pecho.
Tal vez el olvido funcionaba como la gravedad: si no pesas lo suficiente para alguien, el mundo te deja ir.
A Kenji lo soltaron en un segundo porque era un hilo suelto.
Pero con mi madre…
con ella era distinto.
Amélie todavía la mencionaba porque la quería.
Sentí un peso horrible en la nuca.
Si recordar a los que ya no están te hacía “pesado”, entonces yo me estaba hundiendo.
Estaba cargando con muertos que nadie más podía ver, y no sabía cuánto tiempo más mis hombros aguantarían el peso de lo invisible.
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