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El Archivo del Trauma - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 Capítulo 30 Inexistencia
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30: Capítulo 30: Inexistencia 30: Capítulo 30: Inexistencia Valieth no perdió tiempo en las sutilezas.

Su rostro, antes un mapa de confusión, ahora se endureció en una máscara de fría determinación.

La vara de ceniza en su mano crepitó con más fuerza, lista para la acción.

—¿Qué quieres?

—preguntó, y no era una pregunta curiosa, sino una orden directa, un desafío.

La chica rubia no respondió.

Su sonrisa, antes enigmática, se volvió casi melancólica.

Sus ojos brillaron con una luz extraña en la penumbra.

Entonces, de la nada, se lanzó.

Fue un movimiento felino, tan rápido que apenas pude registrarlo.

Valieth, sorprendida por la velocidad del ataque, alzó su vara para defenderse, interponiéndola entre ella y la chica.

El choque fue brutal.

El metal de la vara se encontró con un destello de acero.

La chica había sacado un cuchillo, una hoja delgada y curva que había permanecido oculta hasta el último instante.

El impacto resonó en la pequeña zona de ropa técnica con un estruendo metálico que hizo eco por todo el primer piso.

No fue solo un sonido; el cuchillo de la chica vibró con una energía oscura, una resonancia silenciosa que enviaba ondas de perturbación por el aire, haciendo que el ambiente ya cargado de estática se volviera aún más denso.

Valieth gruñó, empujando con toda su fuerza.

Su vara se encontró de nuevo con la hoja de la chica, y esta vez, el roce de los metales soltó una lluvia de chispas carmesíes y azuladas.

Ella era increíblemente fuerte para su tamaño, su sonrisa no se borraba mientras forzaba el arma de Valieth hacia un lado.

—Eres rápida —dijo Valieth, su voz tensa, haciendo girar su vara en un movimiento fluido que intentó barrer las piernas de la atacante—.

Pero no lo suficiente.

La rubia saltó hacia atrás con una agilidad sorprendente, esquivando el barrido con facilidad.

La hoja de su arma blanca dibujó un arco letal en el aire.

No era un ataque al azar; cada movimiento era preciso, calculado para explotar la guardia de Valieth.

Yo me quedé inmóvil, con mi propio cuchillo, mi cerebro gritando por una forma de reaccionar.

Mis ojos se movían de un lado a otro, intentando predecir el siguiente movimiento, buscando patrones.

Pero la chica no seguía ninguna lógica que mi entrenamiento pudiera reconocer.

Era fluida, impredecible, y letal.

La vara de Valieth se movía como una extensión de su voluntad, bloqueando, desviando, pero sin lograr conectar un golpe decisivo.

No podía quedarme mirando.

El instinto de mi madre, ese que dictaba que la mejor defensa es una ofensiva fulminante, tomó el control.

Vi una apertura cuando la chica esquivó un golpe de Valieth y, sin pensarlo, me lancé hacia ella.

Mi objetivo era neutralizarla, usar mi peso para derribarla y desarmarla.

Mi entrenamiento, estas semanas de sudor y sangre con Marcus, finalmente rendirían frutos.

O eso creí.

La chica no solo me esquivó; se movió con una facilidad que desafiaba la física.

Fue como intentar atrapar el humo.

En un parpadeo, mi impulso me llevó al vacío y, antes de que pudiera recuperar el equilibrio, sentí su presencia a mi espalda.

—¡Elian!

¿Pero qué rayos haces?

—gritó Valieth, su voz cargada de una mezcla de pánico y furia.

Valieth intentó dar un paso al frente para intervenir, pero se detuvo en seco cuando el aire se cortó.

En un movimiento fluido y aterradoramente preciso, la chica me había rodeado.

Uno de sus brazos se enroscó en el mío, tirando de él hacia abajo en un ángulo que me hizo apretar los dientes; un centímetro más y el hueso estallaría.

Con la otra mano, apoyó la hoja fría de su cuchillo directamente sobre mi mejilla, a milímetros de mi ojo.

Me tenía totalmente neutralizado.

Valieth se congeló.

El brillo de su vara carmesí iluminaba las gotas de sudor que bajaban por su frente.

—No quiero lastimar al niño —dijo la chica rubia, su voz volviendo a ser dulce, casi protectora, lo que lo hacía diez veces más siniestro—.

Así que te recomiendo que no te muevas, querida.

Solo estamos charlando, ¿verdad, chico?

Sentí el calor de su cuerpo tras de mí, un calor humano que se sentía extrañamente fuera de lugar en este mundo muerto.

Valieth bajó ligeramente la vara, aunque sin apagarla del todo.

—Suéltalo —dijo Valieth, forzando una calma que no sentía.

Intentó suavizar el tono, entrando en un modo de negociación desesperado—.

No sé quién eres ni qué buscas, pero no ganarás nada matándolo.

Si quieres suministros, tenemos.

Si quieres información, podemos hablar.

Pero baja esa arma.

La chica ladeó la cabeza, frotando suavemente la punta del cuchillo contra mi piel, como si estuviera decidiendo si yo era un objeto valioso o simplemente basura de datos.

Ella hundió la punta de la hoja apenas un milímetro, lo justo para romper la piel de mi mejilla.

Sentí un hilo de calor bajando por mi mandíbula; el contraste del hierro de la sangre con el aire gélido del centro comercial fue como un latigazo.

—O-oye… —intenté decir algo.

—No te muevas —dijo la chica.

Valieth no gritó.

No se movió.

Pero sus ojos…

sus ojos se volvieron dos pozos de oscuridad absoluta.

Aunque mantenía el rostro rígido, pude sentirlo: una furia volcánica, una presión que emanaba de ella y que hacía que la ceniza de su vara vibrara con un sonido agudo, casi imperceptible.

Estaba al borde del colapso, no por miedo a la chica, sino por lo que estaba viendo.

Lentamente, como si cada centímetro le pesara una tonelada, Valieth bajó su arma.

Sus labios se movieron apenas, un susurro que el eco del lugar me trajo directamente al oído, cargado de una culpa que no logré procesar.

—Lo siento, Elian —murmuró, con la voz quebrada por algo mucho más profundo que la situación actual.

Era una disculpa que no encajaba con la Valieth que yo conocía.

Sonaba a una rendición, o quizás a la aceptación de un destino que ella ya había visto venir.

La chica rubia soltó una risita suave al escucharla, apretando un poco más su agarre sobre mi brazo, recordándome que el hueso seguía a un solo movimiento de estallar.

—Qué tierno —dijo la desconocida, su aliento cálido rozando mi oreja—.

Las disculpas son el residuo de los que saben que no pueden cambiar nada.

—Lo siento —repitió Valieth, pero esta vez su voz no era un susurro roto.

Era un rugido de furia contenida, una vibración que hizo que el aire a nuestro alrededor se volviera denso y pesado.

Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad aterradora.

—¡Elian, quita la cabeza!

—gritó con una fuerza que me desgarró los tímpanos.

Antes de que mi cerebro terminara de procesar la orden, vi el movimiento.

Valieth no estaba negociando; estaba ejecutando.

Lanzó su vara carmesí con un movimiento de rotación perfecto, una jabalina de ceniza ardiente que voló directamente hacia mi rostro.

El instinto de supervivencia, ese que mi madre había tallado en mis huesos, se disparó.

Por una fracción de segundo, el tiempo pareció ralentizarse.

Incliné la cabeza hacia el lado izquierdo con una violencia que me hizo crujir las vértebras.

Sentí el calor abrasador de la vara rozando mi oreja, un rastro de brasas que me quemó la piel mientras el arma pasaba a milímetros de mí.

La chica rubia no se movió.

No intentó esquivarlo, ni siquiera parpadeó.

Se quedó allí, mirando cómo la vara de Valieth se dirigía directamente a su ojo derecho.

El impacto ocurrió, pero no hubo sonido de carne desgarrada.

Vi, con una claridad espeluznante, cómo la vara atravesaba el globo ocular de la chica y salía por la parte posterior de su cráneo.

No hubo sangre.

No hubo resistencia.

El metal de ceniza pasó a través de su rostro inexpresivo como si estuviera cortando una proyección de humo o un holograma de luz antigua.

En ese mismo instante, sentí que la presión en mi brazo desaparecía.

Caí al suelo, golpeando el pavimento frío y rodando sobre mi hombro herido, con la respiración entrecortada y el corazón martilleando contra mis costillas.

La vara continuó su trayectoria hasta estrellarse contra la pared, soltando un estallido de chispas y polvo antes de quedar incrustada profundamente en el muro.

Me giré, buscando el cadáver de la chica, pero me quedé petrificado.

Ella seguía allí de pie.

Su rostro estaba intacto.

No había un solo rasguño, ni una gota de sangre, ni un rastro de la herida mortal que acababa de sufrir.

La chica ladeó la cabeza una vez más, observando a una Valieth que se había quedado muda, con las manos aún extendidas y los ojos desorbitados por la incredulidad.

—Qué puntería tan…

agresiva —comentó la chica, su voz tan nítida y calmada como si nada hubiera pasado—.

Pero las armas físicas tienen tan poco sentido cuando intentas herir un recuerdo que no quiere morir.

Valieth retrocedió un paso, su mano buscando desesperadamente otra arma, pero sus dedos temblaban.

Yo no entendía nada.

El radar biológico de mi madre, la estabilidad de los datos, mi propia vista…

todo me decía que esa chica era real.

Pero la vara de Valieth acababa de demostrar que ella, simplemente, no estaba allí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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