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El Archivo del Trauma - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 La asincronía del ser
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31: Capítulo 31: La asincronía del ser 31: Capítulo 31: La asincronía del ser Me arrastré por el suelo con una torpeza desesperada, alejándome de ella hasta que mi espalda chocó contra el metal frío de un mostrador volcado.

Mi hombro gritaba de dolor por el forcejeo previo, pero la adrenalina mantenía mis músculos en tensión, listos para un nuevo estallido de violencia que sabía inútil.

Desde mi nueva posición, la observé.

Era lo más aterrador de todo: se veía…

normal.

No había rastro del arma que acababa de atravesarle el cráneo.

Se sacudió una mota de polvo inexistente del hombro de su chaqueta y nos miró con una curiosidad casi infantil, como si Valieth y yo fuéramos especímenes extraños en un zoológico.

—¿Acaso estaban tratando de conseguir recursos?

—preguntó ella, ladeando la cabeza.

Su voz no tenía ni un ápice de malicia, solo una extraña y mundana preocupación—.

Es lo que suelen hacer los que todavía creen que el mañana existe.

Valieth, que aún mantenía los puños cerrados y la mirada fija en su vara incrustada en la pared, soltó un bufido ronco, cargado de un odio defensivo.

—Como todo el mundo aquí, sí —respondió Valieth, su voz vibrando con la estática de su propia furia—.

Intentamos no morir de hambre.

Algo que, al parecer, a ti ya no te preocupa.

Yo no podía quedarme solo con las palabras.

Mi mente, moldeada por mi madre para diseccionar la realidad, exigía datos.

Sentí el ardor familiar detrás de mis ojos, una presión que subía desde la base del cráneo como una marea de ácido.

Apreté los dientes, dejando que el dolor fluyera hasta que mi visión se fragmentó.

El mundo se tiñó de ese azul eléctrico y gélido de la interfaz.

Los vectores de estabilidad de la tienda desaparecieron, y concentré todo el procesamiento de mi cerebro en la figura rubia que permanecía de pie, desafiando toda lógica física.

La interfaz parpadeó, luchando por interpretar la información, hasta que los caracteres se estabilizaron frente a mis pupilas.

[SUJETO: LARA VEXLEY] [ESTABILIDAD: 99.9% (ESTADO: ARCHIVO PROTEGIDO / REGISTRO DE SOLO LECTURA)] [TRAUMA DETECTADO: NIHILISMO POR AISLAMIENTO (NEGACIÓN DE LA PERTENENCIA)] [ANOMALÍA: DESFASE DE REALIDAD (EXISTENCIA ASÍNCRONA)] Me quedé sin aliento.

El 99.9% de estabilidad era algo que nunca había visto; incluso los edificios más sólidos del Ancla apenas llegaban al 85%.

Lara Vexley me miró directamente, y por un segundo, sentí que mi interfaz vibraba, como si ella pudiera ver los datos que yo estaba leyendo.

—¿Te gusta lo que ves, chico?

—preguntó Lara Vexley, y esta vez su sonrisa fue un poco más afilada—.

Es refrescante encontrar a alguien que todavía intenta medir lo infinito con reglas de aritmética.

—¿Acaso tú…?

—intenté articular, pero las palabras se me atascaron en la garganta.

De pronto, los ojos de Vexley intensificaron su color, adquiriendo un brillo antinatural que pareció devorar la luz de la tienda.

Sentí un escalofrío eléctrico recorriendo mi columna: ella no solo estaba recibiendo mi escaneo, estaba devolviéndolo.

Sus pupilas se fijaron en las mías con una precisión quirúrgica.

Ahora ella…

también estaba viéndome a mí.

Entré en pánico.

Fue una sensación invasiva, como si mil agujas gélidas estuvieran hurgando en mis recuerdos, desnudando mi identidad frente a una entidad que no debería tener acceso a mi código.

Antes de que pudiera seguir viéndome hasta el fondo de mi ser, antes de que llegara a la habitación donde guardaba el nombre de Amélie o el rostro de mi madre, reaccioné por puro terror.

Me lancé hacia ella en un último intento desesperado por romper la conexión.

—¡Elian, no!

—alcanzó a gritar Valieth, pero su voz ya no podía alcanzarme.

Lancé un puñetazo directo a su rostro, poniendo todo mi peso y mi miedo en el golpe.

Pero no hubo impacto.

Mis nudillos no encontraron hueso ni piel; simplemente atravesé por completo el cuerpo de Vexley como si hubiera golpeado un banco de niebla espesa.

Mi propio impulso me hizo tropezar a través de su figura inexistente y caí pesadamente al suelo del otro lado.

Me quedé allí, jadeando, mirando mis manos.

No entendía qué rayos estaba pasando.

Me giré con rapidez y ella seguía ahí, parada en el mismo sitio, sin un solo rasguño, con la misma expresión de calma insultante.

El dolor de cabeza estalló entonces con una violencia insoportable, como si me hubieran clavado un hacha en el lóbulo frontal.

Las líneas de código de la interfaz empezaron a parpadear en rojo, distorsionando mi visión con estática.

—¡Basta!

—rugí, apretando los dientes.

Decidí apagar mi habilidad antes de que mi cerebro se friera por completo.

La oscuridad de la tienda regresó de golpe, pero el dolor no se fue.

Martilleando detrás de mis ojos mientras caía de rodillas, cubriéndome el rostro ante la agonía.

Estaba desorientado, herido y, por primera vez, sentía que las herramientas que me hacían especial no eran más que juguetes rotos frente a esta chica.

El dolor era una bruma roja que lo nublaba todo.

Sentado en el suelo, presionando mis sienes como si tratara de evitar que mi cráneo se partiera en dos, sentí su presencia aproximándose.

No hubo pasos, solo un cambio en la densidad del aire.

Lara Vexley se inclinó hacia mí.

Sus ojos, ahora de un color azul profundo y vibrante, me observaban con una curiosidad que me dio náuseas.

No había malicia en su gesto, solo esa inocencia perturbadora de una niña que observa cómo se retuerce un insecto al que le ha quitado las alas.

—¿Por qué te duele tanto mirar, chico?

—preguntó.

Su voz sonaba como un carillón de cristal—.

El mundo es mucho más bonito cuando dejas de intentar dividirlo en pedazos útiles.

Su tono era dulce, casi un arrullo, pero cada palabra se sentía como un error de sistema en mi cabeza.

La furia, nacida de la impotencia y del miedo de ser leído, me dio un último impulso.

Sin soltarme el rostro con la mano izquierda, lancé un golpe ciego con mi brazo derecho.

Fue un movimiento desesperado, un gancho cargado con toda la frustración de mis semanas de entrenamiento.

Nuevamente, no hubo resistencia.

Mi extremidad atravesó su torso como si Lara estuviera hecha de luz y aire.

Sentí una ráfaga de frío ártico pasar a través de mis poros mientras mi puño salía por su espalda, golpeando nada más que la penumbra.

Pero entonces, algo cambió.

En el preciso instante en que mi brazo terminó de cruzar su cuerpo, Lara movió su mano.

Fue un gesto delicado, casi un roce, pero en cuanto sus dedos entraron en contacto con mi pecho, la intangibilidad desapareció.

Su mano se sintió sólida, pesada y real.

Me empujó.

Fue un movimiento suave, sin aparente esfuerzo, pero la fuerza detrás de él fue como ser golpeado por una marea.

El aire escapó de mis pulmones y salí despedido hacia atrás.

Mis manos rasparon el suelo de linóleo podrido mientras rodaba, terminando boca arriba, completamente desarmado y a su merced.

—No seas grosero —dijo ella, ladeando la cabeza con esa misma sonrisa de porcelana—.

Todavía no hemos terminado de jugar a las presentaciones.

Me quedé en el suelo, mirando el techo agrietado del centro comercial, sintiendo el sabor metálico de la sangre en mi boca.

Mi radar biológico estaba roto.

Mi entrenamiento era inútil.

Y la chica que no podía morir acababa de decidir que yo era su nuevo juguete.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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