El Archivo del Trauma - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 Capítulo 33 Fracturas en el Acero
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33: Capítulo 33: Fracturas en el Acero 33: Capítulo 33: Fracturas en el Acero Tras el desvanecimiento de Lara Vexley, el silencio que cayó sobre la tienda fue tan denso que casi se podía palpar.
Pasaron varios segundos antes de que Valieth rompiera el estupor, dejando escapar la rabia que había estado conteniendo bajo la piel.
—¿Qué demonios fue esa estupidez?
—espetó con una voz cargada de veneno.
—¿A qué te refieres?
—pregunté, aún aturdido.
—¡A esa chica!
—exclamó, gesticulando hacia el vacío—.
Apareció de la nada y se desvaneció con la misma insolencia.
¿Acaso su único propósito era estorbarnos?
Una molestia tan innecesaria como irritante.
Podía percibir su frustración.
Era el resentimiento de un depredador que acababa de descubrir que no estaba en la cima de la cadena alimenticia.
Ciertamente, yo tampoco lograba procesar la naturaleza de aquel encuentro.
—Ella…
apareció detrás de mí —murmuré, repasando la escena—.
Dijo que solo quería saludarnos, pero…
Me interrumpí.
Algo en mis instintos me advertía que Lara Vexley no buscaba una cortesía social; buscaba una disección.
No se irrumpe en la realidad de esa forma para luego retirarse sin un motivo oculto.
Además, la asimetría de información era alarmante: ella había expuesto su potencial con una arrogancia absoluta, mientras que nosotros apenas habíamos logrado mostrarle nuestra desesperación.
Y luego estaba aquel dato.
Aquella cifra que seguía quemando en mi retina.
Noventa y nueve por ciento…
¿Qué diablos había visto realmente?
¿Era Lara un ser vivo o una anomalía con conciencia propia?
Miré de reojo a Valieth.
¿Debía decírselo?
Mi mente sopesó las consecuencias.
Ella aún desconocía la naturaleza exacta de mi habilidad, y exponer mis cartas ante alguien tan volátil como ella se sentía como caminar sobre hielo quebradizo.
Decidí callar.
—No importa —sentenció Valieth, cortando mis pensamientos—.
Te advertí que este lugar era peligroso.
Ahora ya sabes por qué.
—Un momento.
¿Insinúas que no te referías solo a las criaturas?
—pregunté, dejando que la duda tiñera mis palabras.
—Así es.
En un centro comercial como este, el problema no son los Hollows —dijo ella, con una seriedad gélida—.
Son las personas.
La posibilidad de encontrar a otros humanos en este mundo distorsionado siempre había sido una variable teórica en mis cálculos, pero jamás imaginé un contacto tan violento, y mucho menos contra alguien de semejante calibre.
Mi primer encuentro con un extraño fuera del refugio o de la tutela de Valieth había resultado ser un precedente aterrador.
Valieth hizo un gesto seco y su vara carmesí se desintegró en el aire.
Dejó escapar un suspiro ronco y, vencida por la inercia del agotamiento, se dejó caer al suelo, apoyando la espalda contra un estante abollado.
—¿Estás bien?
—inquirí, dando un paso hacia ella.
—¿Debería llamarte idiota por preguntar algo tan obvio?
—respondió, clavando en mí una mirada cargada de indiferencia.
—Solo intentaba ser…
—me detuve, suspirando—.
Olvídalo.
Había vuelto a ser la misma de siempre: un muro de espinas diseñado para alejar a cualquiera que intentara ver sus grietas.
—Además, es tu culpa que esté en este estado —continuó ella, desviando el rostro—.
Te lanzaste de forma impulsiva, con ese afán patético de demostrar que tu entrenamiento sirvió de algo.
Bajé la vista hacia mis manos, incapaz de rebatirle.
Tenía razón.
Mi reacción había sido un error de novato, un arrebato de ego que casi nos cuesta la vida.
Me sentí como un fracasado.
—Lo siento —alcancé a decir.
Ella no respondió.
Se limitó a mirar hacia el frente mientras se sujetaba el brazo con fuerza.
Fue entonces cuando divisé la herida: un corte profundo que manchaba su uniforme con una mancha oscura y creciente.
Lo más inquietante no era la herida, sino cómo Valieth ignoraba el dolor, tratándolo como si fuera un inconveniente técnico y no una agonía física.
Era fuerte, de eso no había duda.
Había algo admirable en su resistencia, una voluntad de hierro que me obligaba a respetarla, pero su actitud espinosa impedía que ese respeto se transformara en una admiración completa.
Era una líder eficaz, pero una compañera imposible.
—Como sea —concluyó ella, levantándose con una mueca que apenas duró un milisegundo—.
Que este pequeño inconveniente no afecte la misión.
Tenemos un objetivo y sigue estando ahí fuera.
Me quedé observándola un momento más.
Había una pregunta quemándome la garganta, una curiosidad punzante que solo ella podía saciar.
—Oye, ¿por qué actuaste de esa forma?
—solté al fin.
Ella no respondió de inmediato.
Estaba demasiado concentrada en vendar su herida con un trozo de tela técnica, tensando el nudo con los dientes.
Cuando terminó, me devolvió la pregunta con una frialdad ensayada.
—¿A qué te refieres?
—Es que…
no parecías la misma —insistí, buscando sus ojos—.
Estabas diferente.
Más emocional.
Valieth me lanzó una mirada fugaz, una de esas que daban a entender que no tomaba en serio nada de lo que yo decía.
Una chispa de desdén brilló en sus pupilas.
—El ser humano es emocional por defecto, Elian.
No somos piezas de software.
Era una respuesta lógica, pero no era la que yo buscaba.
No para ella.
—No, no entiendes.
Tú sueles ser una máquina andante, Valieth.
Un ser frío por naturaleza.
¿Por qué dejaste que la ira tomara el control?
Vi cómo se tensó.
Fue un gesto casi imperceptible, un ligero endurecimiento en sus hombros que solo mi cercanía me permitió detectar.
La curiosidad en mi pecho se intensificó; había tocado una fibra sensible, una grieta en su armadura de hierro.
Me acerqué un poco más, intentando examinar la herida de su brazo.
A simple vista no parecía grave, y sabía que ella era lo suficientemente autosuficiente como para gestionarlo, pero quería ver más allá.
Inesperadamente, ella retrocedió.
Su mirada, que antes era letal, ahora denotaba una extraña inquietud.
—¿P-por qué te acercas tanto?
—preguntó.
Me quedé estático.
—¿Y ahora por qué titubeas?
—le devolví, arqueando una ceja.
Valieth se puso en pie de un salto, ignorando el dolor de su brazo, y se alejó un par de pasos para colocarse delante de mí, recuperando su distancia de seguridad.
—Ya…
ya vámonos.
Recoge todo lo que conseguiste —ordenó, aunque su voz carecía de la firmeza habitual.
—De acuerdo.
Me apresuré a cargar mi mochila.
Antes de cerrarla, desvié la mirada hacia mi muñeca, consultando el indicador de la interfaz.
Sesenta y ocho por ciento.
Mi estabilidad había caído.
No era una cifra crítica, pero ver cómo los números descendían después de cada encuentro me generaba un nudo en el estómago.
El miedo a que la caída fuera irreversible me obligó a tomar una decisión: no usaría mi habilidad a menos que fuera estrictamente necesario.
Memorizaría cada detalle de aquella chica, cada anomalía en su patrón, y lo guardaría en mi memoria biológica.
Como ella dijo, nos volveríamos a ver.
Y la próxima vez, mis armas tendrían que ser más que simples herramientas de entrenamiento.
Aunque, si era sincero conmigo mismo, Lara Vexley no me había dejado la sensación de ser una persona malvada.
Era algo más complejo, una impresión extraña que no lograba traducir a palabras.
Una vez verificado el equipo, regresé al lado de Valieth.
—Todo listo —anuncié.
Ella asintió con un gesto seco—.
Por cierto, esa chica mencionó que en el tercer piso había suministros estables.
¿Deberíamos ir a—?
—No —cortó ella antes de que pudiera terminar.
—¿Por qué no?
—¿Tú le harías caso a una desconocida que acaba de darte una paliza?
—replicó, cruzándose de brazos—.
Podría ser una trampa.
Una forma de conducirnos a una zona de mayor inestabilidad.
Su lógica era sólida, pero algo me decía que Lara no necesitaba trampas para acabar con nosotros.
Aun así, recordé cómo había arremetido contra Valieth al principio.
Quizás la capitana tenía razón.
—No iremos —sentenció ella, dándome la espalda—.
No voy a arriesgarme a que mueras por seguir el consejo de un fantasma.
—Agradezco tu preocupación, supongo —respondí con una pizca de ironía.
—Ah…
Como sea.
Vámonos de aquí.
No podía mentirme a mí mismo: estaba actuando de forma errática.
Su comportamiento desde la aparición de Lara había pasado de la furia a la evasión en cuestión de minutos.
Algo en ese encuentro la había sacudido más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Comenzamos a caminar en silencio, dejando atrás aquel campo de batalla improvisado, mientras las sombras del centro comercial parecían estirarse para observar nuestra retirada.
Me dolía el cuerpo; una punzada sorda que me recordaba que, por un margen aterradoramente estrecho, no había muerto.
Otra vez.
Mientras caminábamos, no podía dejar de repasar lo sucedido.
Valieth no era la misma, ¿verdad?
El cambio era sutil pero innegable.
Me sumí en mis pensamientos, intentando rastrear el origen de su transformación.
¿Había comenzado en el instante en que esa mujer apareció detrás de mí, o había rastros de esa fisura desde antes y yo no supe verlos?
La incógnita quedó suspendida en el aire, flotando entre nosotros como la estática del Archivo.
Aunque su comportamiento fuera inusual, entendí que no era el momento de sacar conclusiones.
Todavía no.
Y luego estaba ella: Lara Vexley.
Mis pensamientos se atropellaban al intentar definirla.
Me había dejado una impronta contradictoria; una parte de mí percibía que no era, en esencia, una mala persona, pero la realidad era que había arremetido contra Valieth sin vacilar.
Aquella disonancia me perturbaba.
En verdad, el ser humano es una criatura fascinante.
Mi madre tenía razón al decir que es una especie que vale la pena observar; su voz en mi memoria no hacía más que alimentar la voracidad de mi propia curiosidad.
¿Qué clase de poder poseía Lara?
Se volvía intangible a voluntad, parecía poseer una visión capaz de rivalizar con la mía y una fuerza que desafiaba cualquier lógica biológica.
¿Qué era ella realmente?
¿Por qué se manifestó de la nada, sin emitir el más mínimo ruido, para luego aplastarnos sin el menor esfuerzo?
Lo que más me aterraba, por encima de su fuerza, era su estabilidad.
Aquel 99.9% era una anomalía imposible en este mundo en ruinas.
¿Y qué significaba aquel rótulo de Archivo Protegido?
Las preguntas se multiplicaban en mi mente, formando un laberinto del que no veía salida.
Y en medio de todo ese caos, la punzada del orgullo herido: yo no había podido hacer nada.
Ella había jugado conmigo como si fuera un trozo de código desechable.
—Qué fastidio —mascullé para mis adentros.
¿Acaso no había servido de nada el entrenamiento?
Sacudí la cabeza para alejar el pesimismo.
No tenía sentido castigarme ahora; debía concentrarme en superar la misión.
Una vez estuviéramos a salvo en el refugio, tendría tiempo de sobra para decidir qué hacer conmigo mismo.
Sin embargo, el destino no tenía planes de darme ese tiempo.
Un estruendo masivo sacudió los cimientos del edificio, resonando desde el piso inferior con una violencia que hizo vibrar mis dientes.
—¿Qué ha sido eso?
—pregunté, deteniéndome en seco.
—Eso fue…
una explosión —respondió Valieth.
Su voz había perdido cualquier rastro de duda, recuperando una autoridad gélida.
—¿Qué?
¿Abajo?
—Muévete.
Ahora.
Lo dijo con una seriedad que me erizó la piel.
No hubo más preguntas.
La seguí de cerca, acelerando el paso hasta que mis pulmones empezaron a arder.
Saltamos por las escaleras mecánicas detenidas, descendiendo entre los escombros para llegar al nivel inferior lo antes posible.
Fue entonces cuando alcanzamos la zona de reunión, el lugar donde debíamos reagruparnos con el resto del equipo.
Pero Marcus no estaba allí para recibirnos con un informe.
Lo que encontramos fue una escena de puro terror.
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