El Archivo del Trauma - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 Capítulo 34 El Silencio de los Ídolos
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34: Capítulo 34: El Silencio de los Ídolos 34: Capítulo 34: El Silencio de los Ídolos Lo primero que mis ojos filtraron entre la bruma fue a Kael.
Estaba tendido en el suelo, aferrándose a la vida con una desesperación silenciosa, sepultado de la cintura hacia abajo por una pesada placa de metal que se había desprendido del techo durante la explosión.
Valieth se lanzó hacia él, ignorando el calor que aún emanaba de los escombros.
—Kael.
Dime qué pasó —exigió ella, su voz teñida de una urgencia que rozaba el pánico.
—V-Valieth… —apenas alcanzó a articular el soldado.
Su respiración era un estertor roto y sus ojos vagaban sin rumbo, nublados por el trauma.
Valieth, impulsada por la adrenalina, apoyó sus manos sobre la placa de metal.
Con un gruñido de esfuerzo, la levantó lo suficiente para deslizarla hacia un lado y liberar a su subordinado.
—Ah… Valieth —murmuré, mi voz apenas un hilo de advertencia cuando la placa cedió.
—¿Qué quieres?
—espetó ella, sin mirarme, dispuesta a evaluar los daños.
Le señalé el suelo con un gesto rígido.
Hasta ese momento, la estructura metálica había ocultado la magnitud del desastre, actuando incluso como un torniquete improvisado por el propio peso.
Ahora, con el obstáculo fuera del camino, la fuente de su agonía quedó al descubierto de forma obscena.
Valieth bajó la vista y el aire se escapó de sus pulmones en un silbido de puro horror.
Sus ojos se dilataron y sus labios empezaron a temblar.
—T-tus pier— Mi mano se disparó hacia su rostro, sellando su boca con un golpe seco antes de que pudiera terminar la frase.
Valieth me miró con una mezcla de furia y desconcierto, pero sostuve su mirada con una firmeza que no sabía que poseía.
—¿Su-sucede algo…?
—preguntó Kael desde el suelo.
El dolor lo estaba hundiendo, pero la duda empezaba a asomar en su consciencia fragmentada.
—No es nada.
Por ahora, concéntrate en respirar y contener el dolor —dije, inyectando una frialdad mecánica en mi voz.
No podía permitir que ella lo verbalizara.
Mi madre me lo había grabado a fuego durante los simulacros de triaje: en el campo de batalla, la verdad puede ser más letal que la propia herida.
El impacto psicológico de la mutilación sería terminal para Kael; si descubría en ese instante que sus piernas habían sido arrancadas por la base, su sistema entraría en un shock irreversible.
Mientras el humo y la desorientación lo mantuvieran en la ignorancia, su corazón seguiría latiendo.
Era una escena de terror absoluto, una carnicería que desafiaba cualquier esperanza, pero mi entrenamiento dictaba que la compasión, en ese momento, era el silencio.
—No hables —le susurré a Valieth, manteniendo mis ojos fijos en los suyos para que comprendiera la gravedad de la situación.
Retiré mi mano con una lentitud calculada, pero antes de que ella pudiera siquiera protestar, una segunda explosión desgarró el aire.
El suelo vibró bajo nuestras botas y el eco de la detonación nos golpeó los tímpanos con una fuerza bruta.
En medio del caos, una figura voluminosa salió despedida por el aire, estrellándose contra una de las paredes del centro comercial con un impacto seco que agrietó el hormigón.
—¡Ja!
Qué tipos tan patéticos.
¿Acaso no hay mejores juguetes en este basurero?
Una voz desconocida, cargada de una arrogancia salvaje, resonó a través de los escombros.
Entonces, una sombra comenzó a recortarse contra el humo acre y las chispas que caían del techo.
Cada paso que daba parecía hacer que el ambiente se volviera más pesado, más difícil de respirar.
—Otro menos —sentenció otra voz con una indiferencia que me heló la sangre.
Mis instintos, aquellos que mi madre había afilado con crueldad, empezaron a gritar.
Sentí cómo una gota de sudor frío recorría mi nuca.
—¿Huh?
Dos figuras se revelaron ante nosotros.
Eran humanos, o al menos tenían su forma, pero el aura que desprendían estaba cargada de una estática opresiva.
Para nuestra desgracia, sus miradas ya se habían clavado en nosotros.
—Mira nada más…
Parece que han aparecido más juguetes —declaró uno de ellos, forzando una mueca de malicia que deformaba sus facciones.
A su lado, su compañero permanecía en un silencio absoluto, mostrando una apatía hacia la violencia que me resultó mucho más aterradora que la arrogancia del primero.
Miré a mi lado, buscando la seguridad de mi compañera, pero lo que vi me alarmó.
—Valieth, reacciona —susurré, sintiendo el peso de la desesperación.
Necesitaba que volviera, que tomara el mando, pero Valieth estaba perdida.
Sus ojos, antes afilados como cuchillas, ahora estaban fijos en el vacío…
no, estaban fijos en lo que quedaba del cuerpo de Kael.
El muro de acero que protegía su mente se había agrietado ante la visión de su subordinado mutilado.
—Son solo dos chicos.
¿Qué hacemos con ellos?
—preguntó el hombre de la mirada indiferente, como quien decide el destino de un insecto.
—Jaja, ¿tú qué crees?
—respondió el otro, mientras una energía turbia empezaba a congregarse en sus manos.
De pronto, un crujido entre los escombros atrajo la atención de todos.
La silueta que había sido proyectada contra la pared comenzó a incorporarse con una lentitud agónica.
Era Marcus.
Pero el hombre que se puso en pie era solo una sombra del líder imponente que conocíamos; estaba cubierto de hollín, sangre y su armadura técnica colgaba en jirones.
Los dos extraños se giraron hacia él, y sus rostros se contrajeron en una mueca de profundo asco.
—¿Aún respira…?
—Al parecer, no ha tenido suficiente —sentenció el arrogante, dando un paso hacia Marcus para terminar el trabajo.
El agresor se impulsó hacia Marcus, descargando una ráfaga de energía grisácea que emanaba de sus palmas como una marea corrupta.
Marcus, haciendo gala de una resistencia sobrehumana, logró encajar el impacto cruzando sus brazos acorazados, aunque el retroceso lo obligó a hincar una rodilla en el suelo.
Con un esfuerzo agónico, Marcus lanzó un golpe ascendente contra el cráneo del hombre, pero el movimiento fue lento, carente de la precisión habitual.
Su rival lo esquivó con una facilidad insultante, casi como si estuviera bailando.
—Oye, te lo dejo a ti —dijo el tipo del ego inflado, dándole la espalda a Marcus con total desprecio—.
Este sujeto ya tiene un pie en la tumba.
Yo me encargaré de los mocosos.
—Como quieras.
Al oír aquello, Marcus giró la cabeza frenéticamente, barriendo el entorno con la mirada hasta que sus ojos se toparon con los nuestros.
Su expresión cambió al instante; fue una mezcla de terror y pura desesperación que me confirmó lo que ya sospechaba: estábamos en una situación sin salida.
—¡Elian, Valieth!
—rugió Marcus con lo que le quedaba de aliento—.
¡Huyan!
¡Salgan de aquí ahora mismo!
El hombre indiferente intercambió posiciones con su compañero y se lanzó contra Marcus con una velocidad cegadora.
—Cierra la boca —sentenció con una voz carente de emoción.
Una patada brutal impactó de lleno en el rostro de Marcus, derribándolo contra el suelo con un estrépito metálico.
Me quedé helado, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—Marcus…
—susurré, sintiendo un nudo de incredulidad en la garganta.
Lo estaban humillando.
No era una pelea; era una ejecución lenta.
¿Cómo era posible?
Él me había entrenado, era el guerrero más fuerte que conocía, alguien cuya superioridad parecía incuestionable.
Y no estaba solo: eran Marcus, Kael y…
Russo.
¿Dónde demonios estaba Russo?
Eran tres contra dos.
Marcus no podía haber sido doblegado de esta manera…
¿verdad?
Algo en esta ecuación no encajaba, pero no tenía tiempo para analizar los datos.
El hombre de la sonrisa maliciosa comenzó a caminar hacia nosotros, disfrutando de cada paso, saboreando nuestro miedo.
—Valieth, por el amor de Dios, reacciona —le supliqué, sacudiéndola por los hombros con desesperación.
Pero fue inútil.
Sus ojos seguían perdidos en algún punto entre el horror y el colapso mental.
Estaba solo.
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