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El Archivo del Trauma - Capítulo 35

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  4. Capítulo 35 - 35 Capítulo 35 Sesenta Segundos de Fe
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35: Capítulo 35: Sesenta Segundos de Fe 35: Capítulo 35: Sesenta Segundos de Fe Instintivamente, mi pie izquierdo retrocedió, seguido por el derecho.

Cada célula de mi cuerpo gritaba lo mismo: si me quedaba quieto, moriría.

—Niño…

corre…

rápido…

—murmuró Kael desde el suelo.

Sus palabras eran un eco desesperado, pero mi mente analítica las descartó de inmediato.

Si corría, me cazaría.

Si me quedaba quieto, me ejecutaría.

No había escapatoria; no existía una variable en la que yo pudiera cambiar este resultado.

—Vaya, tu noviecita ya ni siquiera se mueve.

El hombre observó a Valieth con un desprecio absoluto.

Ella seguía allí, una estatua de carne y hueso hundida en su propio colapso mental.

Cálmate, Elian.

Respira.

Solo…

respira, me ordené a mí mismo, tratando de encontrar esa frialdad que mi madre siempre me exigía.

—¡Tú serás la primera en morir!

El agresor lanzó un zarpazo cargado de esa energía grisácea directamente hacia el cráneo de Valieth.

Mis reflejos, actuando por encima de mi miedo, me impulsaron.

Logré chocar contra ella, empujándola fuera del ángulo del golpe.

A cambio, un calor abrasador me desgarró el hombro derecho.

Solo fue un roce, una caricia de su energía, pero fue suficiente para que la sangre comenzara a empapar mi ropa.

—Tsk… Caí al suelo, sujetándome la herida.

El dolor era agudo, punzante.

El sujeto me miraba desde arriba con un aire de superioridad inmenso, como un científico observando a una rata moribunda en un laboratorio.

—Niño, iba a dejarte para el final, ¿sabes?

—Ah…

¿y cómo se supone que deba tomarme eso?

—respondí, intentando que mi voz no temblara.

Su respuesta fue un golpe cegador.

Apenas tuve tiempo de cruzar los brazos para bloquearlo.

El impacto no fue humano; sentí como si un camión me hubiera golpeado de lleno.

Salí despedido por el aire, estrellándome contra una pared con un crujido seco que me robó el aliento.

—¡Guh—!

Un líquido espeso y caliente brotó de mi boca, manchando el suelo.

Mis antebrazos, donde había recibido el golpe, estaban en carne viva, de un rojo violáceo.

Por un segundo, el pánico me invadió al pensar que vería el músculo desgarrado, pero mi cuerpo —o lo que quedaba de mi estabilidad— logró resistir.

El hombre comenzó a caminar hacia mí, ignorando por completo a Valieth y a Kael.

Yo era su nuevo foco de atención.

—Ja.

Nada mal —rió entre dientes, saboreando el momento—.

No usé toda mi fuerza; no quería romperte tan pronto.

Recuerda que, a partir de este momento, eres mi juguete.

En ese instante lo comprendí.

No fue mi resistencia lo que me mantuvo con vida, sino la crueldad de este tipo.

Lo que me salvó por ahora es exactamente lo que me condenará: su psicopatía.

La figura se lanzó nuevamente con una velocidad que desafiaba la percepción humana.

Apenas logré pivotar sobre mi eje, sintiendo el aire desplazarse con violencia mientras su puño se incrustaba en el hormigón a milímetros de mi rostro.

Me alejé de un salto, observando con horror cómo la pared se desmoronaba, vencida por una red de grietas que él había provocado con un solo impacto.

—Eso es.

Sigue bailando, mocoso —se burló, sacudiendo el polvo de sus nudillos con una calma aterradora.

Este hombre estaba drenando mi paciencia y mi cordura.

Cada movimiento suyo era un recordatorio de mi insignificancia.

—Oye…

¿podemos dialogar aunque sea?

—La presa intentando negociar su vida.

Es patético, aunque predecible —respondió, acortando la distancia—.

Pero no estoy aquí para charlar contigo.

De pronto, una presencia gélida se manifestó a mis espaldas, haciendo que cada vello de mi nuca se erizara.

Giré la cabeza lo justo para ver al segundo individuo.

Estaba allí, a centímetros de mí, observándome con una mirada tan vacía e inexpresiva que parecía un abismo.

No había odio en él, solo una indiferencia absoluta que resultaba mucho más letal.

Sin mediar palabra, sentí un impacto seco en la base de mi espalda.

La fuerza fue tal que mis pies perdieron contacto con el suelo, proyectándome hacia adelante como un proyectil descontrolado.

—¡Me toca!

—rugió el psicópata con un entusiasmo desquiciado.

Mientras volaba por el aire, incapaz de recuperar el equilibrio, él me recibió con un golpe brutal directamente en el plexo solar.

El impacto hundió su puño en mi abdomen, desplazando mis órganos y obligándome a escupir una nueva bocanada de aquel líquido carmesí.

El dolor no fue inmediato; fue una onda expansiva que apagó mis terminaciones nerviosas por un segundo antes de estallar en agonía.

Salí disparado a una velocidad brutal, atravesando el aire hasta estrellarme contra la estructura metálica de las escaleras mecánicas.

El metal se dobló bajo mi peso y el sonido del impacto resonó en todo el atrio del centro comercial.

—M-mi…

cuerpo…

—quise gritar, pero de mi garganta solo salió un gemido ahogado.

El mundo empezó a dar vueltas.

No sentía el aire entrar en mis pulmones; el diafragma estaba colapsado.

Cada intento de respirar era un recordatorio de que mi caja torácica estaba al límite.

Se va…

el aire se va…

Voy a…

voy a morir aquí.

—¡Eso estuvo genial!

—gritó mi captor, aplaudiendo con una alegría infantil mientras caminaba hacia los restos de las escaleras—.

¡Vamos, levántate, muchacho!

¡El juego apenas está empezando!

No podía permitir que esto continuara.

Me obligué a ponerme en pie, sintiendo cómo cada fibra de mi ser protestaba ante el movimiento.

A lo lejos, entre la bruma de dolor, vi cómo el sádico se acercó y agarró a Valieth por el cabello, alzándola como si fuera un trofeo roto.

—¿Y tú?

¿Vas a seguir así de inútil?

—se mofó él, sacudiéndola.

Sujeté mi estómago con una mano, tratando de contener la náusea y el dolor punzante.

El a sabor a metálico seguía brotando de mi boca; parecía que mis pulmones se habían convertido en una fuente de sangre que me negaba el aire.

Busqué desesperadamente algo, una abertura, una herramienta, pero mi visión se nublaba.

Entonces, el hombre de la mirada indiferente se abalanzó sobre mí.

Su puño era una sentencia de muerte.

—Muere —sentenció con su voz monótona.

Cerré los ojos.

Bueno, supongo que hasta aquí llegué, pensé con una resignación que me asustó.

Pero el golpe nunca llegó.

Un estruendo sordo, el sonido de carne chocando contra metal pesado, desgarró el silencio.

—¿M-Marcus…?

—balbuceé, abriendo los ojos.

Una figura imponente se había plantado frente a mí, actuando como un muro inamovible contra el ataque.

Estaba vivo.

Marcus seguía en pie, aunque su armadura era un amasijo de metal retorcido y su piel estaba cubierta de quemaduras y hollín.

—¿Sigues vivo…?

—se preguntaba el hombre gélido.

—Tranquilo.

No permitiré que te toquen de nuevo —rugió, devolviendo el golpe con una fuerza que obligó al atacante a retroceder varios metros.

—Marcus, tú… —Me detuve al observar su estado.

El hombre estaba hecho pedazos.

Sus manos temblaban y la sangre goteaba desde las grietas de su equipo técnico.

—Tu maestro te ha fallado, Elian.

—Estos tipos…

no son humanos.

Son demasiado fuertes —respondí, dejándome caer contra los restos de la escalera.

El dolor era insoportable.

Marcus esbozó una ligera sonrisa, asintiendo con una resignación heroica que me oprimió el pecho.

Tenía que ayudarlo, tenía que intervenir, pero la realidad era un muro infranqueable: yo no era más que un estorbo.

—Marcus…

¿es demasiado si te pido un minuto?

—le pregunté, mi mente empezando a trabajar a pesar de la agonía.

—No creas que moriré antes de que ese minuto acabe —contestó, sin apartar la vista de los dos enemigos que esperaban abajo, jugando con el cabello de Valieth como si fuera una muñeca de trapo.

Sabía que Marcus era resistente, pero mi sentido común gritaba que su cuerpo estaba al límite del colapso.

Si lograba darme sesenta segundos, tal vez, solo tal vez, mi estabilidad me permitiría encontrar una salida.

—Por favor, intenta…

—No te preocupes —me interrumpió, dándose la vuelta por un segundo.

Sus ojos brillaban con una determinación que me hizo sentir pequeño—.

No voy a preguntarte por qué necesitas ese tiempo.

Solo sé que, cuando ese minuto termine… —Hizo una pausa, cargando todo su peso sobre su pierna sana—.

Tendrás un plan para sacarnos de aquí.

Confío en ti, Elian.

Con esa última declaración de fe, mi maestro se lanzó hacia su destino final, descendiendo hacia los dos demonios que lo aguardaban.

¿Un buen plan?

No lo sabía.

Mi mente no buscaba la victoria, solo la supervivencia.

Buena suerte, Marcus, pensé mientras veía su espalda alejarse.

Pero no hay nada que yo pueda hacer.

Así son las cosas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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