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El Archivo del Trauma - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 Capítulo 36 El Reloj de Arena
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36: Capítulo 36: El Reloj de Arena 36: Capítulo 36: El Reloj de Arena Caminé con una lentitud agónica, alejándome de la zona de combate.

Cada paso era una negociación con mi propio cuerpo; debía salir rápido si quería que mi vida tuviera un mañana.

A mis espaldas, el aire era desgarrado por una sinfonía de golpes secos y explosiones sibilantes.

Marcus estaba enfrentando a ambos monstruos a la vez y, a pesar de su legendaria resistencia, el final de esa pelea ya estaba escrito en la sangre que salpicaba el suelo.

Me detuve un instante tras el borde de un muro, usando la estructura como un escudo improvisado para intentar frenar la marea de dolor que me inundaba.

Desde las sombras, observé una carnicería que desafiaba toda lógica.

Aquellos tres no estaban peleando; estaban colisionando con poderes que hacían que la realidad misma pareciera una pesadilla fragmentada.

—Me duele… —murmuré, mi voz apenas un susurro quebrado.

Presioné mi abdomen, sintiendo un calor intenso y palpitante bajo mi mano.

El golpe que me habían propinado casi me apaga el sistema.

¿Cómo era posible que Marcus estuviera resistiendo todo eso?

A él no lo estaban tratando como a un juguete; iban a matarlo con todo lo que tenían, y eran dos contra uno.

Marcus… solo un poco más.

Seguí hipnotizado por el combate, analizando cada trayectoria, cada destello de energía gris, deseando con cada fibra de mi ser activar mi habilidad.

Pero conocía el costo.

Si abría esa puerta ahora, mi cordura descendería al vacío como alguien que cae por una escalera infinita.

No había red de seguridad debajo.

Treinta segundos.

Ese era el tiempo que había transcurrido desde que Marcus se lanzó al vacío.

Mi mente analítica me dio el veredicto: era suficiente.

No habría un plan milagroso.

No habría un contraataque heroico.

Debo salir.

Ahora.

(PUNTO DE VISTA DE MARCUS THORNE) El dolor ha dejado de ser una advertencia para convertirse en una constante, un ruido blanco que vibra en mis huesos.

Siento cada impacto no como un golpe, sino como una grieta más en mi estructura.

Una lluvia de golpes se desplaza por mi cuerpo con una cadencia implacable, buscando los puntos de fatiga en mi armadura hasta que mis rodillas, finalmente, ceden contra el suelo.

—¡Aaagh!

—el grito escapa de mis pulmones, más por la presión del aire que por voluntad propia.

—¡Sí!

¡Muere de una vez!

Me obligo a levantarme.

No es un impulso heroico, es una orden mecánica que mi mente le dicta a un cuerpo que ya no quiere escuchar.

Intento tomar aire, pero cada bocanada sabe a hierro y humo.

Trato de crear espacio, de alejarme de esos dos, pero el esfuerzo es agónico; uno de ellos ya se ha filtrado en mi punto ciego.

—Deja de castigarte —murmura esa voz carente de emoción.

Detecto el brillo de una esfera de energía formándose a centímetros de mi nuca.

Intento pivotar, desplazar mi centro de gravedad para salir del ángulo de impacto, pero el otro sujeto me intercepta con un golpe seco en el cuello.

El mundo gira violentamente.

Mi visión se fragmenta en chispas blancas y caigo, sintiendo el concreto frío bajo mis palmas.

—Toma esto, hombre.

La esfera morada detona.

Apenas tengo tiempo de cruzar los antebrazos para blindar mi rostro.

El estallido me golpea con la fuerza de un derrumbe; el calor me abrasa la piel y la onda de choque me arrastra por el suelo como si fuera un muñeco de trapo.

—Hah… hah… —Mi respiración es un silbido húmedo y roto.

Mis brazos pesan como si estuvieran fundidos en plomo.

Siento el pulso en mis sienes, recordándome que mi integridad física está en números rojos.

Ya no puedo, susurra una parte de mí que busca el descanso.

Es suficiente.

Pero entonces, visualizo a Elian.

Veo a Valieth.

Nadie más morirá bajo mi guardia.

No voy a permitir que este lugar sea su tumba, no como ocurrió aquella vez.

Elian no puede quedar paralizado en la oscuridad; necesita que yo sea el faro, aunque mi propia luz se esté apagando.

—¿Eh?

—el tipo sádico se detiene, su mueca de triunfo flaquea al ver que sigo intentando incorporarme.

Reuní los últimos jirones de mi energía, forzando cada átomo de mi ser hasta alcanzar una densidad descomunal.

La masa se comprimió dentro de mí, volviéndose pesada.

Absoluta.

Me lancé.

—¡Agh!

—No vuelvas a ponerles un dedo encima… —mi voz surge desde lo más profundo, resonante y firme, la voz que ordena en el caos—.

¡A mis camaradas!

Le propino un golpe cargado con toda mi masa multiplicada.

Aunque logra interponer sus brazos, la inercia es absoluta: sale disparado como un proyectil contra la pared, que estalla en una lluvia de escombros y polvo tras el impacto.

En el instante en que mi densidad vuelve a la normalidad, el vacío me golpea.

La fatiga me deja vulnerable, y un rayo de energía certero me encuentra las costillas.

Escupo un rastro escarlata mientras el impacto me proyecta contra el pavimento, destrozando el suelo bajo mi peso.

—Bueno, ya no debería quedarte mucho tiempo —sentencia la voz indiferente, aproximándose con esa calma metódica que solo tienen los verdugos.

—¡Oye!

—el sádico emerge de los escombros, su rostro es una máscara de furia desatada—.

¡Ese golpe me dolió, maldito infeliz!

¡Te voy a arrancar la piel pedazo a pedazo!

Los dos se posicionaron con la precisión de depredadores: uno a mi izquierda, el otro a mi derecha.

A pesar de los metros que nos separaban, su carga fue un estallido de velocidad.

Se lanzaron contra mí con una sincronía letal, proyectando ataques diseñados para terminar esta farsa de un solo golpe.

Uno cargaba su puño con esa aura grisácea de poder bruto; el otro condensaba una esfera de energía morada que vibraba con inestabilidad.

Forcé mis células, aumentando la densidad de mis brazos hasta convertirlos en escudos de granito y acero.

El impacto fue sísmico.

Mis huesos crujieron bajo la presión, pero la masa ganó la partida.

Una vez que la fuerza de sus propios ataques los hizo rebotar, dejé que mis brazos cayeran pesadamente contra el suelo, liberando el exceso de densidad con un suspiro sordo.

¿Por qué…?

¿De dónde han salido estos sujetos?

No hay táctica, no hay honor, no hay un objetivo claro más allá de la aniquilación.

Son asesinos puros, vacíos de remordimiento o voluntad de negociación.

—Uff…

—me faltaba el aire; mis pulmones se sentían como si estuvieran llenos de ceniza.

Creo que…

no podré sostener este ritmo mucho más tiempo.

Sentí un chasquido en mi esternón; mi densidad ya no era suficiente para contener el daño interno.

El humo de la colisión se disipó en un parpadeo.

A lo lejos, vi al inexpresivo alzando las manos.

Una esfera morada, de proporciones grotescas, crecía sobre él, devorando la luz del entorno.

La magnitud de la energía era suficiente para nivelar todo el sector.

—¡Oye!

—rugí, intentando que mi voz de mando atravesara su locura—.

¡Tú también morirás si detonas eso a esta distancia!

—No me interesa —respondió con una sonrisa inexistente—.

Es imposible que muera por mi propio ataque.

Solo un estúpido sucumbiría a su propio poder.

—Maldición…

—susurré para mis adentros.

No era valentía lo que veía, era una psicopatía ciega.

Cerré los puños y expandí la densidad por todo mi eje central, llevándola al límite absoluto que mi cuerpo maltratado podía soportar.

Mis pies empezaron a agrietar el pavimento bajo el peso antinatural que estaba adoptando.

—Muere.

Escuché su voz, clara y fría, a pesar de la distancia.

Quizá era un delirio de mis sentidos, una profecía de mi propio fracaso susurrada por el viento.

La esfera gigante se disparó, rasgando el aire con un rugido eléctrico.

Crucé los brazos en un bloqueo final, hundiendo mis botas en el concreto mientras la masa de energía colisionaba contra mí.

Todo mi mundo se redujo a la presión, al calor insoportable y al esfuerzo sobrehumano de no dar un paso atrás.

Solo debo…

resistir.

—¡¡Aaaaghh!!

El impacto fue total.

Y cuando la esfera finalmente estalló, el dolor desapareció bajo una cegadora e infinita luz blanca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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