El Archivo del Trauma - Capítulo 38
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- Capítulo 38 - 38 Capítulo 38 El Algoritmo de la Rendición
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38: Capítulo 38: El Algoritmo de la Rendición 38: Capítulo 38: El Algoritmo de la Rendición Me planté delante de él, entregándome a la ejecución de mi última carta.
En algún lugar profundo de mi mente, una voz insistente me gritaba lo estúpido que era este movimiento.
Estaba rompiendo la primera regla de la supervivencia: nunca te reveles ante el depredador si no tienes garras.
—¿Me buscabas?
—mi voz salió más firme de lo que esperaba, aunque mis piernas temblaban por el esfuerzo de sostenerme.
—¡Oh!
Así que el ratón decidió salir a jugar…
—El sádico detuvo su caminata, ladeando la cabeza con una curiosidad obscena—.
Eres un roedor valiente.
O muy idiota.
Así es como me categoriza.
Un animal pequeño, insignificante, que solo existe para ser eliminado.
Como ratón que soy, sé que no tengo forma de devorar a un gato; mucho menos a un tigre que no caza por hambre, sino por pura diversión.
—Puede ser…
—respondí, dejando que mis hombros cayeran, proyectando una imagen de derrota total—.
Y entonces…
¿me vas a matar?
—Me divierte mucho más la idea de jugar con todos tus sentidos antes de que tu corazón deje de latir —dijo, y pude notar el brillo febril en sus ojos—.
Quiero ver cómo se apaga la luz en tu mirada, píxel a píxel.
—Qué retorcido…
—Jajaja.
Ese es mi método de tortura favorito.
Verás, la muerte es un instante; el miedo, en cambio, es infinito.
Es fascinante cómo se regocija en su propia narrativa.
Siento una curiosidad clínica mezclada con un miedo que me hiela la sangre.
El tipo comenzó a caminar directo hacia mí, a paso lento, midiendo la distancia con la parsimonia de quien tantea a su presa antes de hundir los colmillos.
Cada uno de sus pasos resonaba en la plaza vacía como un mazo contra un ataúd.
—Oye…
espera.
Por favor —retrocedí un paso, tropezando intencionadamente con una silla volcada—.
No me mates.
—¿Ah?
Jajaja…
¿En serio crees que eso funcionará conmigo?
—Se detuvo a pocos metros, disfrutando de mi retroceso—.
¿Estás asustado?
Vamos, niño, dímelo.
Necesito escucharlo.
Dime si tienes miedo.
Su sonrisa era una cicatriz aterradora en medio de la penumbra del tercer piso.
—E-este…
sí —mi respiración se volvió errática, forzando una hiperventilación controlada—.
Por favor…
¡no quiero morir!
No así…
¡no aquí!
Incliné la cabeza, apretando los dientes para soportar el dolor punzante de mi abdomen.
Dejé que mis lágrimas, fruto del dolor físico real, reforzaran la mentira.
El tipo soltó una carcajada vibrante, gozando genuinamente de mi sufrimiento.
Qué sujeto tan horrible.
Es un abismo de maldad sin fondo.
—¡Niño… suplica más!
—gritó, extendiendo los brazos como si estuviera recibiendo una ovación—.
¡Verte así solo me da más ganas de arrancarte la piel pedazo a pedazo!
¡Suplica!
Levanté un poco la cabeza, fingiendo sorpresa y horror ante lo que escuchaba.
Mis ojos barrieron el entorno por debajo de mis párpados caídos.
El contador de mi estabilidad parpadeaba en rojo, pero mi mente analítica seguía trabajando en las sombras del pánico.
No quería jugar a su juego.
La náusea de fingir debilidad era casi tan insoportable como el dolor de mis heridas.
Pero no tengo otra opción, ¿verdad?
Para cazar a un monstruo, tengo que invitarlo a que se acerque lo suficiente como para sentir su aliento.
—¿Q-qué quieres… de mí?
El tipo se acercó un poco más.
De repente, su sonrisa maníaca se contrajo hasta quedar en una línea neutra, casi clínica.
El cambio fue más aterrador que su risa.
¿Qué tiene planeado?
¿Qué clase de juego retorcido es este?
El miedo me invadió con una fuerza renovada, recordándome las estúpidas palabras que acababa de decir.
Le había cedido el poder absoluto sobre la narrativa, y ahora él estaba escribiendo el final.
—Quiero… que me digas tu habilidad —sentenció.
—¿Qué?
—la palabra escapó de mis labios cargada de una incredulidad genuina.
El sujeto levantó su mano hacia mí, con la palma abierta, en un gesto que fingía ser una invitación cordial a la honestidad.
—Vamos, dímelo de una vez.
Dime qué habilidad posees.
Estoy muerto.
Mi mente, usualmente un engranaje perfecto de probabilidades, se atascó.
No esperaba esto.
¿Por qué le interesa mi capacidad?
¿Qué demonios hago?
Si miento y lo descubre, me matará por aburrimiento.
Si le digo la verdad, le entrego la única llave que me queda para salir de este infierno.
—E-este…
no creo tener una…
Intenté sostener la mentira, pero fue como tratar de detener una gran masa de nieve con las manos desnudas.
El sujeto apretó el puño alzado y, al instante, un aura gris, densa y vibrante como la estática de una televisión vieja, rodeó su mano.
El aire alrededor de su puño pareció pescar una temperatura hirviente.
—¿Estás seguro?
—preguntó.
Su mirada ya no era la de un sádico, era la de un verdugo que ha perdido la paciencia.
Es imposible.
Este hombre no puede ser el mismo que hace un momento se reía como un loco.
La transición de la locura a la frialdad absoluta era perfecta, sin fisuras.
Era, sencillamente, inhumano.
Con su otra mano, golpeó el puño alzado.
El impacto resonó en todo el atrio de comidas, un estallido seco que hizo vibrar mis propios dientes.
El aura gris se extendió hasta cubrirle ambas manos, una manifestación física de una amenaza que prometía saltarme al cuello en cualquier segundo.
Me sobresalté, mis ojos fijos en sus manos.
El impacto emocional me golpeó de lleno.
Pensé que solo quería verme sufrir por puro placer estético, pero hay algo más.
¿Por qué quiere saber eso?
¿Qué buscan estos tipos realmente?
—Niño —dijo, su voz bajando una octava, recordándome que el tiempo de las súplicas se había terminado—, ¿estás seguro de que no tienes una habilidad?
—No…
no tengo una.
La negativa salió de mi boca casi por instinto.
No podía revelarle mi habilidad; si lo hacía, estaría condenado a ser algo peor que un cadáver: un recurso.
Pero, si guardaba silencio, mi esperanza de vida se reduciría a los segundos que le tomara cerrar el puño.
Estaba atrapado en una encrucijada donde ambos caminos terminaban en sangre.
Apreté los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en la palma, incapaz de procesar una variable que me permitiera escapar.
Había elegido este camino sabiendo que la muerte era la probabilidad más alta, pero el peso de la realidad era asfixiante.
Solo me quedaba observar su reacción.
—Ya veo.
Es una pena —sentenció él, y el aura gris alrededor de sus manos se estabilizó en un tono opaco y letal.
—¿Qué?
¿P-por qué?
—Tenía planeado usarte, pero ya da igual.
Ahora, simplemente muere.
Sin más preámbulos, el tipo se lanzó hacia adelante.
Fue un movimiento explosivo, cargado con una intención asesina tan pura que congeló mis pulmones.
¿Qué rayos?
¿Todo lo de antes, las risas, el juego… fue solo una actuación para medir mi utilidad?
No tuve otra opción más que ceder ante el impacto inminente.
—¡Espera!
—grité, mientras retrocedía torpemente y tropezaba con los restos de un mostrador, cayendo de espaldas al suelo— ¡Si tengo una habilidad!
¡Sí la tengo!
El hombre frenó en seco.
Sus botas chirriaron contra el suelo a escasos metros de mí.
Pude ver cómo sus labios se curvaban de nuevo en esa sonrisa arrogante que tanto odiaba.
Se irguió, adoptando una postura de dominancia absoluta.
Él estaba relajado, pero de su figura emanaba un aura imponente que no necesitaba de su poder sobrenatural para hacerme sentir diminuto.
Era la confianza del verdugo.
—Muy bien.
Entonces sí tienes una, ¿no?
Bueno, será mejor que hables.
Me di cuenta, con una amargura que me quemaba la garganta, de que este hombre me había manipulado desde el primer segundo.
Usó su poder no solo para herirme, sino para arrinconarme psicológicamente hasta que yo mismo le entregara la información.
Manipular es un juego de niños cuando tienes el poder físico para respaldar cada amenaza.
—Yo…
sí, tengo una habilidad —repetí, tratando de recuperar algo de aliento—.
Pero ¿por qué?
¿Para qué quieres saberlo?
—Tal vez me puedas servir —respondió con una naturalidad aterradora—.
Es importante tener herramientas que te respalden en este mundo.
Esa es la única forma correcta de sobrevivir a este apocalipsis: rodeándote de instrumentos útiles.
Se hizo un breve silencio incómodo; creí que me atacaría.
Pero, en cambio, solo dictó mi condena.
—Te he dado información valiosa sobre nosotros, aunque sea de forma indirecta —El sujeto hizo una pausa, observando su propia mano donde el aura gris comenzó a chisporrotear con un sonido seco—.
Ahora te toca demostrar tu valor.
Como ya posees conocimientos sobre nuestros poderes, dejarte huir no es una variable permitida.
Así que, ahora mismo, solo tienes dos opciones.
Y creo que sabes perfectamente cuáles son.
Servidumbre o ejecución.
El código binario de mi nueva realidad.
En ese preciso instante, entendí que no había sido yo quien jugaba con él; él había estado moviendo mis hilos todo el tiempo.
Mi destino estaba escrito por su mano, y el siguiente capítulo de mi vida —o el último— dependía enteramente de lo que soltara mi boca a continuación.
Sin más cartas que jugar, bajé la guardia y, por primera vez, acepté ese destino.
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