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El Archivo del Trauma - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - 39 Capítulo 39 Frecuencias en Punto Ciego
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39: Capítulo 39: Frecuencias en Punto Ciego 39: Capítulo 39: Frecuencias en Punto Ciego Me incorporé con lentitud, sintiendo cómo mi cuerpo temblaba bajo una doble presión: el dolor punzante de mis heridas y la presencia abrumadora de aquel hombre.

Cada músculo gritaba en protesta, pero permanecer en el suelo se sentía como aceptar la muerte antes de tiempo.

En este estado, despojado de cualquier defensa física, entendí que no me quedaba otra alternativa más que el lenguaje.

Mi única arma era hablar.

—Mi habilidad es…

ver cosas.

El sujeto me dedicó una mirada de extrañeza, una mezcla turbia entre instinto asesino y una curiosidad casi obscena.

Lo comprendía; mi explicación era vaga, casi insultante para alguien que sostenía mi vida entre sus manos.

Ciertamente, era algo difícil de traducir a palabras simples.

¿Cómo se lo digo correctamente?

No quería que mi muerte fuera el resultado de una explicación nefasta.

—¿Ver cosas?

—repitió él, su voz bajando a un tono peligroso—.

¿A qué te refieres, niño?

Sé más específico si no quieres que te arranque la lengua.

Tragué saliva, sintiendo el sabor metálico del miedo.

Lo vi.

Una oportunidad.

Un estrecho margen para ganar tiempo.

Por favor…, supliqué en el silencio de mi mente.

¿Por qué no apareces?

No había garantías de que ella estuviera allí, acechando entre las sombras del atrio.

Pero, por Dios, necesitaba creer que nos estaba observando.

—Ah…

cuando digo ver cosas —comencé, forzando una calma que no poseía—, me refiero a que soy capaz de percibir lo que nadie más puede ver.

—¿Ah?

Sigues sin ser claro —su mano se tensó, el aura gris volvió a chisporrotear—.

¿Acaso tienes tantas ganas de morir?

Desvié la mirada apenas un segundo, barriendo la periferia del tercer piso.

Nada.

No divisé ninguna figura familiar, ningún movimiento entre los escombros de las mesas.

¿Acaso me había precipitado?

¿Fui lo suficientemente arrogante como para pensar que ella se arriesgaría por mí?

No, no podía permitirme dudar ahora.

Ella tenía que estar aquí, juzgándonos desde la oscuridad.

Volví a clavar mis ojos cansados en el hombre.

El agotamiento físico era una losa, pero la adrenalina mantenía mis sinapsis disparándose.

Sentí un leve dolor punzante detrás de mis globos oculares, una presión térmica, como si una llama fría se hubiera encendido en el centro de mi cerebro.

Entonces, sin más opciones y con el abismo frente a mí, activé mi habilidad.

[SUJETO: MALREC ASHENVALE] [ESTABILIDAD: 41%] [TRAUMA DETECTADO: NECESIDAD DE DOMINIO / DESHUMANIZACIÓN EMPÁTICA] [ANOMALÍA: “ACTO DE SUBYUGACIÓN” – Manifestación del placer por la superioridad y la destrucción] Las palabras flotaron en mi visión, grabándose en la retina con una frialdad mecánica.

El dolor detrás de mis ojos se estabilizó en un latido constante, permitiéndome leer el código que componía al monstruo frente a mí.

—Malrec Ashenvale —pronuncié, y el sonido de su nombre pareció congelar el aire—.

Estabilidad al cuarenta y uno por ciento.

Necesidad de dominio y deshumanización empática.

De ahí viene tu poder, ¿eh?

Lo dije con un ápice de arrogancia, un rastro de veneno que no pude —o no quise— ocultar, mientras una gota de sudor frío recorría mi rostro hasta morir en mi mandíbula.

El rostro de Malrec se desencajó; la máscara de superioridad se agrietó por un segundo, revelando un desconcierto absoluto.

El sujeto alzó la muñeca y la examinó con cuidado, y aun sin acercarme pude percibir su estabilidad.

—¿C-cómo…?

¡¿Cómo demonios sabes eso?!

—rugió, su voz perdiendo esa cadencia calmada y mortal.

—Así que es una manifestación del placer por la superioridad —continué, ignorando su amenaza, dejando que el flujo de datos guiara mi lengua—.

Te gusta ser el dominante.

Pero no te basta con mandar, ¿verdad?

También te excita destruir.

El impacto fue ensordecedor.

Malrec descargó un puñetazo cargado de aura gris directamente contra el suelo.

El estruendo retumbó por todo el atrio, una onda de choque que hizo vibrar mis propios huesos.

El concreto se astilló y se hundió bajo su puño, creando una red de grietas que se extendieron hasta mis pies.

El terror me atenazó la garganta.

Mis piernas, que ya temblaban por el esfuerzo de sostenerme, estuvieron a punto de ceder.

Había sido demasiado descarado.

Había golpeado el ego de un depredador con la verdad, y ahora el depredador estaba listo para devorarme solo para borrar el rastro de su propia suciedad de mi boca.

Malrec levantó la vista, su rostro contraído en una mueca de furia pura.

—Tú…

—susurró, la voz teñida de sangre.

—C-creo que ya entiendes cuál es mi habilidad…

¿no?

No es que buscara provocarlo para que me matara más rápido.

Era un cálculo desesperado.

Quería que, si Lara estaba allí, si realmente nos observaba desde su escondite, me escuchara hablar deliberadamente de mi propia naturaleza.

Necesitaba que la reacción visceral de aquel sujeto sirviera como confirmación.

Solo quería que ella saliera de una vez.

La necesitaba.

Necesitaba que ella apareciera en este momento.

—Jaja…

jajaja…

—Malrec soltó una carcajada que me heló la sangre—.

¿En serio esa es tu habilidad?

—¿A qué…

te refieres?

—Es una habilidad…

bastante interesante —sentenció, y por un segundo la furia en sus ojos fue reemplazada por una codicia oscura.

No tuve tiempo para procesarlo.

¿Qué significaba que fuera interesante bajo su criterio?

¿Qué debía asumir?

Malrec no me dio margen de maniobra.

Se lanzó directo hacia mí con una violencia que me hizo estremecer.

—¡Lara!

—grité con todas mis fuerzas, el nombre desgarrándome la garganta.

Retrocedí de un salto instintivo, cruzando los brazos frente a mi rostro en un intento inútil de cubrirme.

Pero el puñetazo que esperaba nunca llegó.

En su lugar, una patada cargada con la fuerza de un pistón hidráulico se disparó directo a mis costillas.

—¡Kgh—!

El aire abandonó mis pulmones en una ráfaga de sangre y agonía.

El impacto me lanzó hacia un lado, y el dolor se irradió por todo mi torso, como si mis huesos se hubieran convertido en metralla.

No podía hablar; estaba luchando por no desmayarme mientras el mundo daba vueltas.

Malrec era demasiado fuerte.

Mis reservas estaban vacías.

Aun así, por un resto de orgullo o puro instinto de supervivencia, logré incorporarme.

Mi pierna derecha temblaba con tal violencia que estaba convencido de que se había roto bajo el impacto.

—La…

Lara…

—susurré, apenas un hilo de voz.

Había fallado.

La certeza de mi error me golpeó más fuerte que Malrec.

Fui demasiado arrogante al pensar que ella intervendría solo por ser mencionada.

Mi visión comenzó a nublarse, los bordes del mundo se deshilachaban en un gris estático.

Estaba muriendo.

Gradualmente, la oscuridad me reclamaría.

Entonces, una voz cortó el silencio del atrio como un cuchillo afilado.

—Uy.

¿Pero y esto?

Malrec se giró con la velocidad de un látigo y yo obligué a mis ojos a enfocarse.

Allí estaba, finalmente.

Lara Vexley…

estaba ahí, observando el desastre con una curiosidad casi infantil.

Malrec la observó fijamente.

La mirada que le dedicó no se parecía en nada a la que me había otorgado a mí; ya no había diversión, sino una frialdad absoluta, un reconocimiento de depredador a depredador.

El aura gris a su alrededor pareció densificarse, como si el aire mismo tuviera miedo de tocarlo.

—¿Quién eres?

—su voz salió como un gruñido metálico—.

¿Eres tú a quien este mocoso llamaba entre sus delirios?

—Ah…

yo solo vine a participar en su show —respondió ella.

Su voz era un contraste aterrador: dulce, ligera, casi melodiosa en medio de aquel matadero.

Esbozó una sonrisa que, en cualquier otro contexto, habría sido encantadora, pero aquí arriba…

aquí arriba se sentía como el filo de una navaja.

Malrec soltó una carcajada.

Fue un sonido maníaco que retumbó en mis oídos sordos, una vibración que prometía violencia pura.

—¿En serio?

—dijo él, recuperando esa mueca retorcida—.

Me decepcionas.

No me gustaría tener que romperte, ¿sabes?

—Mmm, llevo rato observándote —ella ladeó la cabeza con una curiosidad infantil que me revolvió el estómago—.

No es algo que dirías tú realmente, ¿verdad?

El silencio que siguió fue asfixiante.

Vi cómo Malrec envolvía sus puños en esa energía grisácea, una manifestación de su acto de subyugación que ahora brillaba con una intención de exterminio.

Ella tenía toda su atención.

Ya no existía Marcus, ya no existía Valieth…

ya no existía yo.

—Oh, con que llevas tiempo viéndonos —susurró Malrec, su postura encogiéndose como un resorte listo para estallar—.

Pues sí.

Jugaré contigo, niña.

Te enseñaré lo que pasa cuando miras donde no debes.

—Haré lo mismo —sentenció ella.

Su mirada se volvió determinante, una fijeza que no pertenecía a este mundo.

El pánico me atenazó: estaba atrapado en el centro de un choque entre dos monstruos psicópatas.

¿Cómo podían hablar con esa ligereza?

¿Cómo podían negociar la violencia como si fuera un juego de patio?

Lo que estaba presenciando no tenía precedentes en mi registro; era una conversación entre dos abismos.

—Este niño está casi muerto —añadió Malrec, lanzándome una mirada de soslayo llena de desprecio, como si yo fuera un juguete roto que estorbaba en el suelo—.

Y ya me está aburriendo.

Veamos si tú eres lo suficientemente capaz de entretenerme antes de que todo esto se venga abajo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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