El Archivo del Trauma - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 El refugio de las sombras
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4: Capítulo 4: El refugio de las sombras 4: Capítulo 4: El refugio de las sombras El apartamento siempre olía igual: a papel viejo, café frío y ese silencio denso que solo se encuentra en los lugares donde falta alguien.
Pero hoy, mientras la llave giraba en la cerradura, el aire era distinto.
Olía a vainilla y a la lluvia reciente que Amélie traía pegada a su uniforme.
—¿Otra vez dejaste los platos sin lavar, Elian?
—Amélie entró como un torbellino de orden en mi caos, dejando su mochila sobre el sofá desgastado—.
Vas a terminar convirtiéndote en parte del mobiliario si no te cuido.
—Estaba ocupado —respondí mecánicamente, cerrando la puerta con tres vueltas de llave.
Un hábito que se sentía como una religión privada.
Me senté en la mesa del comedor, que estaba sepultada bajo las carpetas de mi madre.
Amélie, sin pedir permiso, comenzó a recoger las tazas de café esparcidas por la sala.
Verla moverse por mi espacio era como observar una anomalía: ella era demasiado real, demasiado vibrante para estas paredes grises que parecían absorber la luz.
—Deja eso, Amélie.
No eres mi empleada —dije, aunque mi voz no tenía fuerza para detenerla.
—No, soy tu mejor amiga.
Y como tal, tengo el derecho legal de evitar que mueras por falta de higiene.
Ella me dedicó una sonrisa traviesa mientras se acercaba a la mesa.
Se inclinó sobre mí para alcanzar una carpeta vacía, y por un segundo, su cabello castaño rozó mi mejilla.
Mi pulso, siempre acelerado por la paranoia, dio un vuelco diferente.
Sentí el calor subiendo por mi cuello.
No te sonrojes.
No seas idiota, me ordené, fijando la vista en un informe sobre perfiles psicológicos como si fuera lo más interesante del mundo.
—¿Sigues buscando lo mismo?
—preguntó ella, su tono volviéndose suave, casi protector.
—Mamá no solo desapareció, Amélie.
Los registros de su última consulta también fueron…
editados.
Igual que lo de hoy.
Igual que todo lo que intento tocar.
Ella suspiró y puso su mano sobre la mía, deteniendo mi tic nervioso con el bolígrafo.
El contacto fue como una descarga eléctrica que me ancló al suelo.
—Elian…
a veces la mente nos juega trucos cuando extrañamos a alguien.
Mi papá dice que el trauma es como una lente sucia; hace que veas manchas donde no hay nada.
“No son manchas, son agujeros”, quise gritar.
Pero su mano estaba tibia y ese calor era lo único que me impedía salir corriendo a buscar el rastro de Kenji Sato en la oscuridad de la calle.
—Quizás tengas razón —mentí, disfrutando del contacto más de lo que quería admitir.
—Claro que la tengo.
Ahora, muévete.
Voy a preparar algo de cenar.
No acepto un “no” por respuesta.
Mientras ella iba a la cocina y el sonido de las ollas empezaba a llenar el vacío, mi mente volvió a su estado natural.
Miré el pasillo que conducía a la habitación de mi madre.
La puerta estaba cerrada, como un mausoleo.
¿Por qué el dinero de su fideicomiso seguía llegando?
¿Por qué nadie preguntaba por ella?
Era como si la sociedad hubiera aceptado un paréntesis en su existencia y nadie se atreviera a cerrarlo.
Cenamos frente a frente.
Por un momento, dejamos de lado las conspiraciones y las sillas vacías.
Ella me contó chismes irrelevantes sobre la clase de literatura, riendo con una naturalidad que me resultaba contagiosa.
Yo la escuchaba, observando cómo la luz de la lámpara se reflejaba en sus ojos.
Me vi a mí mismo sonriendo, un gesto que se sentía oxidado en mi rostro, pero que ella provocaba sin esfuerzo.
—Deberías sonreír más —dijo ella de repente, apoyando la barbilla en su mano—.
Te quita diez años de encima, “Monsieur”.
Sentí de nuevo ese calor en las mejillas y bajé la vista rápidamente hacia mi plato.
La noche cayó sobre la ciudad y el reloj marcó las nueve, una hora que en esta metrópolis se sentía como el toque de queda de la cordura.
Amélie se levantó y se colgó la mochila al hombro.
Se detuvo en el umbral de la puerta, girándose para mirarme con una mezcla de compasión y travesura.
Me revolvió el cabello con la mano, deshaciendo mi peinado y mi compostura al mismo tiempo.
—Descansa, Detective Sombras.
Por favor —su voz bajó un tono, volviéndose extrañamente seria—.
Deja de buscar fantasmas por una noche.
Prométeme que cerrarás los ojos.
No pude responder.
Ella me dedicó un último saludo con la mano y desapareció por el pasillo.
Me quedé parado en la puerta, escuchando cómo sus pasos se alejaban, hasta que solo quedó el zumbido de la nevera vieja.
En cuanto el eco se extinguió y la puerta se cerró con un clic metálico, la calidez se evaporó.
El apartamento recuperó su temperatura habitual: un frío clínico que parecía emanar de las paredes mismas.
La realidad regresó para reclamar su territorio, recordándome que los momentos como este eran solo fallos en el sistema.
Caminé hacia la mesa.
La silla de Amélie estaba vacía, un recordatorio de que la felicidad aquí era solo una visita temporal.
Me senté y la luz amarillenta volvió a ser mi única compañía.
Abrí la primera carpeta.
Luego la segunda.
Pasé el resto de la madrugada con los ojos ardiendo, analizando cada nota marginal de mi madre.
Buscaba un nombre, una dirección, cualquier cosa que explicara por qué Sato se había desvanecido.
Mis dedos pasaban las hojas con una urgencia febril, buscando grietas en la lógica de un mundo que se empeñaba en ser perfecto.
Pero no encontré nada.
A las cuatro de la mañana, las carpetas seguían mudas.
El mundo seguía siendo una gran mentira escrita con tinta invisible, y yo era el único que se estaba quedando sin ojos de tanto intentar leerla.
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