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El Archivo del Trauma - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 Capítulo 40 Frecuencias de un Dios Ausente
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40: Capítulo 40: Frecuencias de un Dios Ausente 40: Capítulo 40: Frecuencias de un Dios Ausente El estallido de aura gris fue tan violento que la onda expansiva me golpeó el rostro, obligándome a entrecerrar los ojos.

Malrec se lanzó hacia ella con una velocidad que mis sentidos apenas lograban registrar, un proyectil de odio puro destinado a aniquilar cualquier rastro de vida.

Pero ella ni siquiera se inmutó.

El puño de Malrec, cargado con suficiente energía para pulverizar el concreto, atravesó el pecho de la chica como si estuviera golpeando el humo de un incendio.

No hubo impacto.

No hubo sonido de huesos rompiéndose.

Fue como si la existencia de Lara se hubiera vuelto permeable, una ilusión proyectada en una frecuencia que el aura gris no podía tocar.

Malrec trastabilló al atravesar el espacio que ella ocupaba, su rostro contraído en una expresión de asombro que duró apenas una milésima de segundo antes de transformarse en una furia renovada.

Incluso desde mi posición, hundido en el suelo y con el sabor metálico de mi propia sangre inundándome la boca, podía sentir la intensidad sísmica de esos golpes.

Malrec giró sobre sus talones y descargó una ráfaga de ataques: ganchos, patadas, ráfagas de energía que habrían reducido a Marcus a cenizas.

Pero era inútil.

Los golpes simplemente la ignoraban, pasando a través de su figura dulce y menuda como si ella fuera una falla en el renderizado de la realidad.

Ella no esquivaba.

No bloqueaba.

Simplemente estaba allí, existiendo en un plano donde la violencia de Malrec carecía de significado.

—Hah… ¿Qué demo—?

Malrec jadeó, su guardia bajando apenas un centímetro por la confusión de golpear el vacío.

Fue el único error que necesitó.

En un parpadeo, la pasividad de Lara desapareció.

Sin previo aviso, su brazo se movió con una fluidez que mi mente no pudo procesar como un movimiento físico.

No hubo aura.

Solo un golpe seco, brutal y quirúrgico que conectó de lleno en el rostro de Malrec.

El sonido del impacto fue diferente a todo lo que había escuchado: no fue el choque de dos fuerzas, sino el sonido de una realidad sólida siendo corregida.

El cuerpo de Malrec salió despedido, su figura imponente colapsando contra el suelo con un estruendo que hizo vibrar el atrio entero.

Me quedé allí, respirando con dificultad.

Era un espectador en la ejecución de un verdugo.

Mis dedos arañaron inútilmente el concreto, tratando de encontrar un ancla en un mundo que acababa de decidir que sus leyes ya no importaban.

Estaba allí, a escasos metros, pero me sentía a años luz de distancia de los dos monstruos que ahora redefinían el concepto de poder ante mis ojos.

Me incorporé con una lentitud agónica, presionando mi mano contra las costillas en un intento de contener el dolor infernal que amenazaba con apagarme los sentidos.

De reojo, la escena se repetía como un error en bucle: Malrec lanzando golpes desesperados contra la nada, y Lara contraatacando con esa precisión quirúrgica que desafiaba toda lógica.

—Hah… Hah… Cada respiración era una pequeña tortura.

Me moví lo más rápido que mi cuerpo maltrecho permitía, cojeando pesadamente hacia la salida.

Mis botas chirriaban sobre los escombros, un sonido que me parecía ensordecedor en comparación con el vacío que emanaba Lara.

—¡¿Por qué demonios no puedo golpearte?!

—el grito del sádico llegó a mis oídos, cargado de una frustración animal.

—¿Qué pasa?

¿Acaso soy demasiado entretenimiento para ti?

—la respuesta de ella flotó en el aire, gélida y burlona.

Escuchaba sus voces mientras me alejaba: impotencia chocando contra una arrogancia absoluta.

No importaba.

Ya casi estaba fuera.

Estaba a solo unos pasos de cruzar el límite de aquel matadero.

Pero justo cuando creí que mi mano rozaría el umbral de la libertad, el mundo se detuvo.

Una figura se plantó delante de mí, bloqueando el camino con la inevitabilidad de un muro de piedra.

—Guh— No hubo advertencia.

El golpe se hundió en mi estómago con una fuerza sorda y devastadora.

Todo el aire fue arrancado de mis pulmones en un instante, dejando solo un vacío ardiente.

Mis rodillas cedieron, la gravedad reclamando lo poco que quedaba de mí.

Sentí cómo el conocimiento se me escapaba entre los dedos, una negrura espesa filtrándose por los bordes de mi visión.

Caí al suelo, despojado de cualquier brizna de fuerza.

Lo último que mis ojos registraron antes de que el mundo se desvaneciera por completo fueron otros ojos.

Unos ojos vacíos, oscuros, carentes de cualquier rastro de humanidad.

Mi mente, finalmente, se apagó.

(Perspectiva de Lara Vexley) Este hombre…

podría decirse que es fuerte.

Nada mal para alguien limitado por una habilidad tan primitiva.

Mantuve mi expresión neutra mientras él continuaba golpeándome con una persistencia casi adorable, como si el simple hecho de repetir el mismo error pudiera, eventualmente, alterar las leyes de mi existencia.

Activé mi percepción visual.

No necesitaba hacerlo, pero quería ver qué clase de ruido emitía su alma.

[SUJETO: MALREC ASHENVALE] [ESTABILIDAD: 41%] [TRAUMA DETECTADO: NECESIDAD DE DOMINIO / DESHUMANIZACIÓN EMPÁTICA] [ANOMALÍA: “ACTO DE SUBYUGACIÓN” – Manifestación del placer por la superioridad y la destrucción] —Qué hombre tan patético —susurré, dejando que mis palabras se perdieran en el estruendo de sus puños atravesándome.

¿Es eso lo que lo mantiene en pie?

¿Esa necesidad enfermiza de superioridad?

Qué arquitectura tan frágil.

Podría burlarme de sus cimientos agrietados, pero no valía la pena el esfuerzo.

Simplemente lo borraría de mi vista.

—¡Ya me estoy cansando de tu estúpido juego!

—rugió él, su aura gris chisporroteando con una desesperación que empezaba a resultar aburrida.

Sí…

yo también me estoy cansando.

Esbocé una pequeña sonrisa, una de esas que me devolvían una pizca de calidez al alma, aunque fuera por un instante.

—Hehe.

Entonces…

¡Terminemos el juego!

Esperé el momento exacto.

En cuanto su puñetazo atravesó mi cabeza sin encontrar resistencia, solidifiqué mi frecuencia.

Lo golpeé.

Una vez.

Luego otra, y otra, y otra más.

No le di espacio para procesar el cambio de ritmo; no le permití el lujo del descanso.

Impresionantemente, su instinto de supervivencia lo obligó a recomponerse y lanzó una patada lateral cargada de energía.

Lo convencional, lo que mi naturaleza dictaba, era dejar que el ataque pasara a través de mí como el viento entre las hojas.

Sin embargo, decidí hacer algo innecesario.

Me moví.

Esquivé su ataque con un desplazamiento fluido, rompiendo la inercia de la pelea.

—¿¡!?

El desconcierto en su rostro fue sublime.

No había necesidad de esquivarlo, pero fue precisamente ese movimiento humano lo que lo dejó vulnerable.

Aprovechando el vacío que dejó su guardia, hundí mi puño en su estómago.

No fue un golpe físico común; fue una corrección de masa.

El impacto lo mandó a volar por los aires, convirtiendo su arrogancia en un rastro de polvo y escombros.

Mientras observaba cómo el sujeto caía inconsciente, un leve crujido detrás de mí indicó que alguien se aproximaba.

—¡Oh!

¿Y tú quién eres?

—pregunté, girando la cabeza hacia la figura que se acercaba.

—No quiero pelear —respondió el recién llegado.

Su voz era una línea plana, monótona, carente de cualquier matiz emocional—.

Acabo de ver tu enfrentamiento.

Eres demasiado para mí.

Desactivé mi percepción visual con un parpadeo.

No sentía la más mínima inclinación por desnudar su alma; el tipo no me interesaba.

Sin embargo, algo captó mi atención: sobre sus hombros cargaba un peso familiar.

No era un cuerpo grande, carecía de musculatura desarrollada; un chico.

Tenía que ser él.

—Ese chico que tienes ahí…

¿es el que intentaba escapar?

—pregunté con ligereza, lanzando un anzuelo para medir la reacción del desconocido.

Durante mi aburrido juego con Malrec, había notado de reojo sus intentos de huida.

Fue un despliegue de instinto de supervivencia natural para un cuerpo tan débil, casi tierno en su desesperación.

—¿Estás interesada en él?

—interrogó la voz monótona.

—No —mentí—.

Solo era un chico que intentaba salir de aquí.

No es nadie importante.

En el fondo, la curiosidad me pinchaba.

Quería preguntarle por qué me había llamado, cómo había deducido con tanta certeza que yo estaría en este lugar.

Era cierto que le había mencionado que en este piso encontraría comida en buen estado, pero no imaginé que desencadenaría este caos solo para forzar mi intervención.

—Entonces me lo llevaré —sentenció el desconocido—.

A él y a mi compañero.

—¿Ese es tu compañero?

—solté una risita, observando al hombre moribundo—.

Pues qué compañero tan feo.

El tipo caminó en mi dirección y pasó por mi lado sin siquiera dignarse a mirarme.

Recogió a su aliado y se preparó para marchar.

Si el niño creía que yo iba a convertirme en su salvadora, estaba muy equivocado.

No sabía quién era, no confiaba en él y, ciertamente, no tenía razones para cargar con su debilidad.

Pero quería probarlo.

Estos tipos no parecían ser buenos, sea lo que sea que signifique esa palabra ahora.

Si lograba sobrevivir a lo que venía, quizás, solo quizás, valdría la pena ayudarlo en el futuro.

Por ahora, le deparaba un destino probablemente trágico.

Buena suerte, supongo.

Comencé a caminar hacia la pared más cercana, atravesando el concreto sólido como si fuera una simple cortina de humo.

Justo antes de perderlo de vista, permití que mi habilidad se filtrara una última vez sobre el chico inconsciente.

Ignoré el resto de los datos corruptos de su ficha y me concentré en lo único que importaba.

Creo haber escuchado su nombre antes.

Pero necesitaba observarlo más de cerca.

Elian.

Elian Vane.

Esbocé una sonrisa dulce, una que nadie vería.

—Je…

nos vemos, Elian Vane.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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