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El Archivo del Trauma - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 Capítulo 41 El Inventario de los Vivos
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41: Capítulo 41: El Inventario de los Vivos 41: Capítulo 41: El Inventario de los Vivos Risas.

El crepitar de la madera.

El olor penetrante a…

fuego.

Al principio, los sonidos llegaron a mi mente como ecos distorsionados bajo el agua.

Estaba aturdido, con una presión latente en las sienes que amenazaba con partirme el cráneo.

Forcé mis párpados a abrirse; pesaban como el plomo, pero poco a poco, la neblina en mi visión comenzó a disiparse, revelando un panorama que no lograba procesar.

—¿Qué…

qué es este lugar…?

—susurré, aunque mi voz no fue más que un hilo de aire seco.

Frente a mí había personas.

Seres humanos charlando con una naturalidad que me resultó obscena, riendo y divirtiéndose alrededor de una hoguera improvisada.

Sentí un vacío repentino, una punzada de extrañeza que me recorrió la espina dorsal.

Repasé con desesperación los rostros de aquellas personas, buscando un ancla, una señal de lo conocido.

Pero no estaban.

Ni Valieth, ni Marcus…

ni Lara.

Mi mente terminó de despertar de golpe, aunque mi rostro permaneció como una máscara de piedra, incapaz de reflejar el caos interno.

Estaba solo.

El pánico empezó a filtrarse por las grietas de mi conciencia.

Mis compañeros no estaban, y no había rastro de la anomalía que me había salvado.

Sentí un terror paralizante ante la idea de moverme; ¿qué pasaría si notaban que estaba despierto?

Pero luego, una pequeña y estúpida chispa de esperanza se encendió: ¿Y si estas personas me habían rescatado?

¿Y si Lara realmente me había sacado de aquel atrio y este era un refugio?

Ese pensamiento, ese placebo reconfortante, fue incinerado en un segundo cuando sentí el peso de una mano posándose sobre mi cabeza.

No fue un contacto suave; fue la caricia de un dueño sobre su propiedad.

Me tensé y giré el rostro lentamente, solo para encontrarme con la peor de mis pesadillas.

—Finalmente despertaste, niño.

—Mal…

Malrec.

El tipo me observaba desde arriba, con el rostro iluminado por el resplandor anaranjado de las llamas.

Esbozó una sonrisa cargada de un ego renovado, una expresión que gritaba que, a pesar de lo ocurrido con Lara, él seguía siendo el amo de mi destino.

—Ja.

Tu cara es patética —soltó Malrec, su voz goteando un desprecio que me hizo sentir pequeño, casi insignificante.

Intenté alejarme instintivamente, arrastrando mi cuerpo por el suelo, pero un relámpago de dolor me atravesó el costado.

El ardor en mis costillas era un recordatorio físico de que el mundo seguía siendo un lugar cruel.

—No te muevas —sentenció, sin una pizca de empatía—.

Tratamos tus heridas, pero si te agitas demasiado, terminarás desangrándote.

¿Tratar mis heridas?

¿Ellos?

La confusión luchó contra el dolor en mi pecho.

No lo hacían por piedad; los monstruos no curan por bondad, sino para preservar la integridad de sus herramientas.

—Dime…

¿Qué quieres de mí?

—logré articular, mi garganta sintiéndose como si hubiera tragado cristales rotos.

—¿Otra vez?

Creo ya habértelo dicho antes, niño.

Tu habilidad, siendo honestos, nos sirve —se encogió de hombros, como quien habla del estado del clima.

Mi habilidad…

todo se reducía a eso.

Comprendí con una amargura punzante que si no fuera por esos datos que mis ojos podían leer, Malrec me habría dejado morir en aquel atrio solo por el placer de verme desaparecer.

O peor, me habría matado por ser un inútil.

—A diferencia del grandote…

—continuó Malrec, y por un segundo su mirada se volvió sombría—, que era imposible de mover hasta aquí porque habría dado su vida por sus compañeros antes de ceder, tú solo eres un niño asustado.

Físicamente eres inútil, no puedes defenderte.

Y por eso mismo, eres fácil de usar.

Tu habilidad visual es un recurso que no pensamos desperdiciar.

Maldición.

Escuchar la verdad de su boca era como recibir otro golpe en el estómago.

Apreté los puños con una impotencia que me quemaba por dentro; era una presa rodeada de depredadores que ya habían decidido cómo devorarme.

—¡Oh, Malrec!

El grito provino de la fogata.

Uno de los sujetos se puso de pie y se acercó a nosotros con paso relajado.

Como si fuera una señal coreografiada, el resto de las personas alrededor del fuego se giraron al unísono.

Todas esas miradas, cargadas de una curiosidad depredadora, se clavaron en mí.

Pude notar una creciente presión sobre mí, una densidad en el aire que me dificultaba pensar.

Desvié la mirada, tratando de ignorar el entorno para intentar levantarme de nuevo, pero una mano se hundió con fuerza en mi hombro, anclándome al sitio.

—Duele…

—No te muevas si quieres vivir —sentenció la voz de Malrec.

Era su mano.

Esa aura gris envolvía su puño, irradiando una vibración tibia que hacía que el dolor en mi hombro se volviera insoportable, como si mil agujas se enterraran en mi articulación.

Me obligó a sentarme de nuevo.

Sin fuerzas para luchar, simplemente dejé caer mi cuerpo, rendido ante la absoluta disparidad de poder.

—¡Ey!

El chico se despertó —dijo el sujeto que se había acercado—.

¿Deberíamos llevarlo ya con…?

—No —respondió Malrec con una suficiencia irritante—.

Primero, todos aquí deben conocerlo.

—¡Sí!

Es una excelente idea.

Estaba demasiado exhausto como para procesar una conversación tan absurda.

Me trataban, literalmente, como a un objeto de exhibición, como a un niño que no tiene voz ni voto en su propio destino.

Sentí un leve tirón en mi espalda; era el otro sujeto tratando de ponerme en pie de forma tosca.

—¡Vamos!

—exclamó con un entusiasmo fingido que me revolvió el estómago—.

Vamos a llevarte donde los demás.

Mira, están emocionados por conocerte.

Qué molesto.

Me dejé arrastrar, mis pies apenas rozando el suelo, sin voluntad para resistirme.

Mientras aquel tipo me conducía hacia el resplandor de la fogata, pude notar de reojo que Malrec se contenía la risa.

Me observaba con esa diversión condescendiente, como un padre que observa cómo presentan a su hijo ante un grupo de extraños.

Me sentó bruscamente frente al fuego, manteniendo sus manos sobre mis hombros para evitar que me desplomara.

—¡Miren, chicos!

¡El muchacho finalmente ha despertado!

Las miradas de aquellos humanos eran sombrías, carentes de cualquier rastro de benevolencia.

Bajo el baile de las llamas, sus rostros se veían distorsionados, depredadores hambrientos que parecían dispuestos a saltar sobre mi cuello al menor descuido.

El silencio que siguió fue asfixiante, solo roto por el crujir de la madera quemada.

—¿Cuál es tu nombre, chico?

—preguntó uno de ellos, inclinándose hacia delante.

Odiaba estar en el centro de atención.

Hubiera preferido hundirme en la tierra antes que responder, pero la presión social y la amenaza implícita en sus ojos eran demasiado para mi estado actual.

—E-Elian…

—logré decir, mi nombre sonando extraño y pequeño en medio de aquel círculo de monstruos.

—Entonces, Elian.

Oímos hablar sobre tu habilidad.

¿Es cierto que puedes ver cosas?

La pregunta flotó sobre las llamas, cargada de una expectación que me erizó la piel.

¿Malrec les había contado todo?

No tenía margen para la mentira; cualquier movimiento en falso, cualquier titubeo en mi voz, podría ser mi fin.

Decidí jugar con la verdad, o al menos, con una versión fragmentada de ella.

—Sí…

pero ahora no puedo —logré decir, bajando la mirada—.

Estoy demasiado débil.

Ni siquiera sabía si era capaz de activarla en este estado de agotamiento térmico y físico, pero arriesgarme a esa excusa era mi única defensa.

Solo esperaba que se tragaran el anzuelo.

—Ya veo.

No hay problema —dijo el que parecía llevar la voz cantante—, todavía tienes tiempo para descansar.

—¿T-todavía?

—pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

—Sí.

Tienes algo así como…

un día.

—¿Eh?

¿Un día?

¿Un solo día para recuperarme de un colapso físico y mental?

La crueldad de estos sujetos no tenía fisuras; me veían como una batería que necesitaba una carga rápida antes de ser puesta a trabajar.

¿Cuánto tiempo había estado inconsciente realmente?

—¿Quieres ir a tu habitación?

—intervino otro de ellos, con una amabilidad fingida que me dio escalofríos.

—¿T-tengo una habitación?

Bueno, algo era algo.

El sujeto esbozó una sonrisa que, aunque intentaba parecer amistosa, destilaba una malicia que ya había visto antes.

Por suerte, mi rostro se mantenía como una máscara de pavor constante, algo que a estas alturas ya no sabía si era una ventaja o una condena.

—Jeje.

Pero aquí compartimos habitaciones, niño.

Te quedarás con uno de nuestros compañeros.

Ya lo verás.

Un frío repentino me recorrió la espalda.

Compartir habitación con uno de “ellos” significaba vigilancia total, veinticuatro horas al día.

—Como sea, Niro.

Puedes llevártelo ya.

Las presentaciones sobran —ordenó el hombre que presidía el fuego.

Pude notar cómo el tipo que me sujetaba por detrás, el tal Niro, bajaba la mirada con una decepción infantil, como si le hubieran quitado su juguete nuevo demasiado pronto.

—Hmph… bueno.

Vámonos, niño.

Nuevamente, me dejé llevar.

Mientras mis pies se arrastraban por el suelo, mi mente comenzó a trazar un mapa mental de la jerarquía de aquel lugar.

El hombre que había dado la orden estaba claramente por encima de Niro; los otros tres sentados eran meros peones, observadores silenciosos que ni siquiera se molestaron en hablar.

Me preguntaba en qué escalón de esa pirámide de psicópatas se encontraba Malrec.

Pero había algo más importante, un pensamiento que me taladraba el cerebro: aquel sujeto de los ojos vacíos.

El que me había golpeado en el umbral.

¿Dónde diablos estaba?

Malrec había sido claro: una vez que vi sus poderes, ya no tenía opción de huir.

Eso solo podía significar una cosa.

Si ese hombre había llegado hasta mí en la salida, era porque se había deshecho de cualquier obstáculo en su camino.

Valieth, Marcus, Kael, Russo…

las imágenes de sus rostros pasaron por mi mente como archivos borrados.

La lógica era aplastante y devastadora.

Si aquel monstruo de mirada muerta estaba allí, era porque ellos…

realmente podían estar muertos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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