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El Archivo del Trauma - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - 42 Capítulo 42 La Estética de la Captura
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42: Capítulo 42: La Estética de la Captura 42: Capítulo 42: La Estética de la Captura Me condujo por un sector adyacente, un laberinto de escombros y vigas retorcidas, hasta detenerse frente a una trampilla metálica integrada en el suelo.

La abrió con un chirrido que arañó el silencio.

—Por aquí.

Lo seguí.

Descendimos primero por una escala de mano oxidada y luego por tramos de escaleras de concreto que se hundían en las entrañas del edificio.

La temperatura descendió varios grados a medida que la luz del exterior se convertía en un recuerdo vago.

—Qué sitio tan oscuro —observé, tratando de mapear el trayecto en mi mente.

—Sí.

Pero uno termina acostumbrándose.

La naturalidad con la que hablaba este hombre me provocaba una náusea intelectual.

Su actitud modesta era una anomalía estadística; en este lugar, la amabilidad no era un rasgo de carácter, era una táctica.

Sabía que no podía confiar en él.

Nadie que sirva a un monstruo como Malrec tiene las manos limpias.

—Esto se ve… anticuado —dije, pasando la mano por la pared rugosa—.

No parece la arquitectura de un centro comercial.

Es como si estuviéramos en otra época.

—Bueno, el mundo es así de raro, ¿no?

—respondió Niro con una risita despreocupada—.

Aunque uno termina acostumbrándose.

Yo ya llevo cinco meses por aquí y, honestamente, ya ni me acuerdo de cómo era el antes.

Es lo que hay.

Dijo aquello con una ligereza pasmosa, como quien menciona el tiempo que lleva viviendo en un barrio aburrido.

—Es cierto —respondí, intentando ocultar mi inquietud.

—Si ves un gato con la mitad del cuerpo de un ciervo, no te asustes, ¿sí?

—soltó de repente, manteniendo el tono ligero.

Me detuve un segundo, procesando la imagen.

—¿Qué…?

—Jajaja.

Es mentira.

Aunque en este lugar, uno nunca sabe realmente con qué se va a topar.

La sospecha se instaló en mi pecho como un peso físico.

Niro me estaba revelando información de forma deliberada y constante.

Según la premisa que Malrec me impuso, el conocimiento en este refugio es una condena: al explicarme cuánto tiempo lleva aquí, cómo ven el mundo o cómo operan, me estaba atando a ellos.

Si sé demasiado, ya no soy un testigo accidental; soy un activo que debe ser controlado o eliminado.

Era la misma jugada de manipulación psicológica, solo que envuelta en una sonrisa simplona.

Sentí el impulso primario de golpear la pared, de gritar ante la frustración de ser manejado con tanta facilidad.

Pero me contuve.

Bajo esa fachada jovial de Niro se ocultaba un ser oscuro que ya estaba moviendo mis hilos.

—Llegamos.

Ante nosotros se abría un pasillo flanqueado por puertas de madera común, del tipo que encontrarías en cualquier casa.

—A ti te toca…

la número cuatro.

Me guió hasta la entrada señalada, extrajo una llave de su bolsillo y la hizo girar en la cerradura.

Al abrirse, la estancia me sorprendió.

Era un cuarto diseñado con una eficiencia técnica para dos ocupantes.

Estaba limpio, carente del desorden que esperaría de un nido de psicópatas.

—Ya hay alguien viviendo aquí, ¿cierto?

—pregunté, detectando el rastro de una presencia previa en la organización del espacio.

—Efectivamente —confirmó Niro, alzando el pulgar con un entusiasmo irritante.

—Bueno, ¿puedo entrar?

—Claro, desde ahora también es tu habitación.

¡Y no te preocupes!

La persona que reside aquí será avisada de tu llegada de inmediato.

Niro hizo amago de marcharse, pero se detuvo en el umbral.

Se volvió hacia mí con una expresión que rozaba lo burlón.

—Por cierto.

Cierra la puerta al entrar.

No querrás molestar a los demás.

Sin más…

¡Chaito!

Se esfumó en la penumbra del corredor, dejándome solo con el eco de su despedida.

—Qué sujeto tan extraño —susurré.

Finalmente entré y cerré la puerta tras de mí.

El clic de la cerradura sonó como una sentencia, pero también como un alivio momentáneo.

Me desplomé en el suelo, permitiendo que mi cuerpo finalmente cediera.

La adrenalina se estaba evaporando, dejando solo el dolor sordo de mis costillas.

Me inspeccioné el abdomen; cada presión era una punzada que me recordaba la paliza que me habían propinado.

Entonces, un pensamiento trivial pero devastador cruzó mi mente: no tenía pertenencias.

Ni ropa limpia, ni suministros.

Había abandonado mi mochila durante el caos del combate en el centro comercial.

Me había quedado sin herramientas y sin un plan de contingencia.

—Qué estúpido —me recriminé, golpeándome la frente con la palma de la mano.

En la lógica de mi madre, un activo sin recursos es un activo vulnerable.

Estaba solo, herido y atrapado en una vivienda ajena.

Solo me quedaba esperar a que el dueño de la otra cama hiciera su aparición.

Sin embargo, la curiosidad pudo más que el agotamiento.

Necesitaba auditar mi entorno para reducir el margen de incertidumbre.

Me puse en pie con un gemido sordo y comencé a inspeccionar las paredes de concreto, el acabado del suelo y los dos escritorios que flanqueaban las literas.

Me acerqué a la estructura que había asumido como mía.

El colchón era sorprendentemente blando, una anomalía en un entorno que parecía diseñado para la austeridad y el castigo.

Tuve el impulso de activar mi habilidad para medir la estabilidad del mobiliario, pero el latido térmico detrás de mis ojos me recordó que mi sistema estaba al límite; debía ahorrar cada gota de energía para el procesamiento de amenazas biológicas.

—Está suave —murmuré, sentándome en el borde.

Dejé caer un puño sobre la superficie.

Fue un golpe seco, casi exploratorio.

Luego lancé otro, esta vez con más fuerza, una descarga física de la frustración que no podía verbalizar.

Pero el desahogo se interrumpió cuando un detalle captó mi atención en la litera opuesta.

Me dirigí hacia el mueble opuesto con la intención de comparar la firmeza de los materiales, pero me detuve en seco.

La estructura era idéntica: un escritorio integrado en la parte inferior y el soporte de descanso en la superior.

—Espera… ¿cuál es mi cama?

—me pregunté en voz alta.

Había elegido una litera al azar, asumiendo que la más estándar sería la asignada a un recién llegado.

Sin embargo, mientras subía los peldaños de la otra litera, la lógica de mi elección empezó a desmoronarse.

—¿Por qué tiene sábanas rosas?

—susurré, incrédulo.

No solo era el color.

Sobre la almohada descansaba un peluche, un objeto cuya carga emocional era tan alta que resultaba casi violento verlo en este matadero.

¿Un descuido de los captores?

¿Un rastro de una víctima anterior?

La fatiga venció a la sospecha.

Me senté sobre el colchón de sábanas rosadas, sintiendo cómo el material se amoldaba a mi peso con una calidad superior.

—Está incluso más blando —dije, presionando la superficie con la palma.

Era evidente: el inquilino original sabía priorizar el confort sobre la estética.

Me permití un segundo de descanso, bajando la guardia ante la suavidad del tejido.

Fue entonces cuando el sonido del mecanismo de la cerradura cortó el aire.

La puerta comenzó a abrirse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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