El Archivo del Trauma - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 Capítulo 43 52 de Humanidad
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43: Capítulo 43: 52% de Humanidad 43: Capítulo 43: 52% de Humanidad Una silueta delgada cruzó el umbral.
Lo primero que hizo fue girarse hacia mi posición; nuestros ojos se encontraron en un choque silencioso, y en ese preciso instante fui plenamente consciente de la magnitud de mi error.
—E-este…
Ahora entendía el porqué de la paleta cromática de las sábanas.
Maldita sea, Elian.
¿Eres imbécil?
¿Acaso el cerebro se me había apagado por el trauma físico?
Estaba claro que era la estancia de una chica.
No, la lógica me dictaba que el color rosa no implicaba necesariamente un género, pero en este contexto, era la inferencia más estadística y sencilla.
Y la había ignorado.
—Ah…
Hola —dijo ella.
Su voz era dulce, carente de la aspereza metálica de los sujetos de la fogata.
—Lo siento.
Esta es… tu cama, ¿cierto?
Ella asintió.
Al principio, se limitó a observarme durante unos segundos que se sintieron eternos, analizando mi figura maltrecha con una mezcla de extrañeza y algo que no supe catalogar.
Luego, comenzó a caminar hacia mí.
—Oye, de verdad lo siento.
No quería invadir tu…
De pronto, una sensación errática me invadió.
Sentí un picor punzante en la nariz y mi visión periférica empezó a teñirse de un matiz rosado, como si el código del entorno se estuviera corrompiendo.
¿Qué demonios era esta sensación?
El aire se volvió denso, cargado de una frecuencia que no lograba descifrar.
Por un segundo, la chica desapareció de mi enfoque.
Me froté los ojos con desesperación, tratando de limpiar la estática que nublaba mis pupilas.
Cuando logré abrirlos de nuevo, mi corazón ejecutó un latido violento que me dolió en las costillas.
—¿Elian?
La chica subió los peldaños de la litera con una urgencia frenética, casi sin aliento, y me sujetó de los hombros con una fuerza que no parecía corresponder a su complexión.
Tenía los ojos anegados en lágrimas, una manifestación emocional tan pura que resultó devastadora para mi raciocinio.
—¡Elian!
¡Elian, te encontré!
—exclamó, su voz rompiéndose en un sollozo.
El mundo se detuvo.
Mi mente, ese engranaje que siempre encontraba una explicación, se atascó frente a una imagen que no figuraba en mis archivos de lo posible.
El dolor, el hambre y el miedo a Malrec se disiparon, reemplazados por un solo nombre, uno que creía enterrado bajo los escombros del mundo anterior.
No…
no puede ser.
Simplemente no puede…
—¿A-Amélie?
Retrocedí instintivamente hasta que mi espalda golpeó el concreto frío de la pared.
Amélie no se detuvo; continuó acortando la distancia, invadiendo mi espacio vital con una urgencia que me asfixiaba y me daba vida al mismo tiempo.
—O-oye…
p-p-por…
qué…
—las palabras se me trababan en una garganta cerrada por el nudo del asombro.
Sin previo aviso, deslizó su mano sobre mi mejilla.
El contacto transmitió una calidez biológica que mi registro sensorial había olvidado.
Era una temperatura real, una textura humana que no debería existir en este matadero.
No, no, no, no.
Esto es imposible.
El cálculo de probabilidades no permite esto…
Me pegué totalmente a la pared, sintiendo la rugosidad del cemento contra mis vértebras.
Intenté alejarme, pero mi cuerpo traicionó a mi lógica: una parte de mí, la más primitiva y rota, no quería romper el contacto.
—¿A-Amélie…?
¿D-de verdad eres tú…?
Ella usó su otra mano para acunarme el rostro.
Se acercó más, uniendo su frente a la mía en un gesto de intimidad que me devolvió a una época en la que el mundo no era un error de sistema.
—Elian…
perdóname…
—susurró, su aliento rozando mi piel—.
Perdón por no haberme dado cuenta antes.
Sentí el impulso violento de llorar.
Una lágrima solitaria se asomó por mi retina, luchando por escapar de la máscara de piedra que solía ser mi rostro.
Mi corazón martilleaba contra mis costillas heridas con tal fuerza que temí que estallara en mil pedazos.
Quería abrazarla.
Quería volver a ser el niño que corría a su lado.
Por Dios, que sea real.
Necesito que sea real.
Ella posó una mano sobre mi cabeza, acariciando mi cabello con una suavidad hipnótica.
—Tranquilo…
estoy contigo —murmuró con una dulzura que me hizo cerrar los ojos.
Cuando levanté mi brazo para tomar su rostro, una vara metálica le atravesó el rostro.
La vara quedó a centímetros de mi rostro, clavada en la pared.
—¿Eh…?
Mi cerebro tardó un segundo extra en procesar lo que estaba viendo.
Amélie se desvaneció.
El color rosa, el calor, incluso su olor…
todo se evaporó como la estática de un monitor apagado.
No quedó nada, solo el vacío absoluto del concreto frente a mí.
—Lo siento.
Ya me estaba dando tristeza verte así.
Tuve que cortar la ilusión.
¿Ilusión?
¿Ilusión?
La palabra rebotó en mi cráneo como una bala.
—¿D-de qué hablas?
—logré articular, mi voz quebrada, patética.
—Tienes una buena razón para querer salir de aquí, ¿verdad?
—continuó la voz, destilando una indiferencia analítica.
El impacto de la realidad me golpeó con más fuerza que cualquier puñetazo.
La lágrima que había estado reteniendo finalmente se derramó, trazando un camino caliente sobre mi mejilla fría.
Mi brazo, que aún buscaba el rostro de Amélie en el aire vacío, descendió lentamente, perdiendo toda su fuerza.
—¿Me…
engañaste?
—dije sin emoción.
—No.
Solo te mostré lo que realmente deseas.
Levanté la vista con un esfuerzo agónico.
Frente a mí, apoyada en las escaleras de la litera, se encontraba una chica.
No era Amélie.
Parecía tener más o menos mi misma edad, pero en ese momento, su identidad me resultaba irrelevante.
El vacío que dejó la desaparición del espejismo era un agujero negro en mi pecho.
¿Por qué?
¿Por qué enseñarme eso para luego arrebatármelo con tanta crueldad?
Perdí el control.
Me lancé hacia ella con la mirada vacía, impulsado por una fuerza que no reconocía como mía.
La prensé violentamente de la camisa, inmovilizándola contra la estructura de la cama, y alcé el puño.
Por alguna razón que escapaba a mi lógica, sentía un deseo primitivo y abrasador de golpearla, de romper algo para silenciar el ruido en mi cabeza.
Mi rostro permanecía inexpresivo, una máscara de piedra que ocultaba un incendio interno.
—Está bien si quieres golpearme —dijo ella, observándome con una calma que me resultó insultante—.
Puedes hacerlo.
Quería.
Dios, cómo quería hacerlo.
Sentía una emoción tan viscosa y potente que amenazaba con desbordar mis circuitos.
Quería destrozar la fuente de mi engaño.
—Por favor…
no lo hagas.
Me quedé congelado.
Esa voz.
No de nuevo.
Amélie…
no…
—Oye…
deja de usarla —titubeé, sintiendo que una parte de mí se quebraba.
La emoción desconocida hablaba por mí, robándome el léxico técnico—.
Deja de usar su voz.
—No estoy haciendo nada —respondió ella en un susurro.
El pánico, el verdadero pánico, se filtró por mis grietas.
Me solté de ella como si quemara y me alejé trastabillando hasta el rincón de la cama.
Miré mi muñeca de forma compulsiva, buscando el dato que me devolviera la cordura.
Lo que vi me hizo retroceder aún más.
[ESTABILIDAD: 52%] Maldición.
Me estoy perdiendo.
Estoy entrando en un bucle de retroalimentación negativa.
—¿Estás bien?
—preguntó la chica, dando un paso hacia delante.
Comencé a hiperventilar.
El aire entraba en mis pulmones como si fuera estática pura, raspando mi garganta.
Elian…
cálmate.
Cálmate.
Debía respirar, forzar a mi corazón a descender antes de que el daño fuera irreversible.
Un mar de emociones descontroladas se agitaba dentro de mí, una patología del afecto que mi madre me había entrenado para suprimir.
Pero ella no me entrenó para esto.
Me entrenó para la guerra, para el hambre, para el cálculo…
pero no para Amélie.
Justo ella tenía que ser el arma que me destruyera por dentro.
—Por favor…
duerme.
Esa voz ya no era la de Amélie.
Era una orden, una sentencia de compasión ejecutada con frialdad.
Antes de que pudiera procesar el movimiento o intentar una defensa inútil, sentí un impacto seco y preciso en la base de mi cuello.
Mis rodillas cedieron de inmediato.
La desconexión fue total, como si alguien hubiera cortado el suministro eléctrico de mis sentidos.
Caí rendido, despojado de toda voluntad y resistencia.
La cama, con su dulzura artificial y su textura impropia de este mundo, me acogió en un abrazo envolvente.
Mientras la negrura me reclamaba, mi mente se refugió en el único lugar donde no dolía: el pasado.
Un pasado que, aunque me empeñara en reconstruir con cada fibra de mi memoria, sabía que era una frecuencia perdida.
Un eco de algo que nunca volvería a ser real.
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