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El Archivo del Trauma - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 Capítulo 44 Un Golpe de Cortesía
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44: Capítulo 44: Un Golpe de Cortesía 44: Capítulo 44: Un Golpe de Cortesía Caminaba tranquilo por el patio de la escuela.

Me gustaba sentir el aire en la cara, era lo mejor de estar afuera.

Todo el lugar estaba lleno de niños corriendo y gritando por el recreo, pero yo intentaba no hacerles mucho caso.

Estaba en mi mundo, hasta que alguien me interrumpió.

—¡Elian!

Era Amélie.

Se puso justo delante de mí para que no pudiera seguir caminando.

—¿Qué pasa?

—le pregunté.

—¿Vas a ir al cine con todos?

—me soltó de una vez.

—Me da miedo —le dije.

No me gustaba mentirle, y con ella sentía que podía decir la verdad.

—¿Miedo?

—Es que hay mucho ruido ahí dentro.

El sonido de las películas es demasiado fuerte y me duele la cabeza.

Prefiero quedarme en mi casa, ahí no hay gritos ni ruidos feos.

Amélie me miró de lado, como si estuviera pensando si burlarse de mí o no.

Tenía esa cara de “te pillé” que siempre ponía.

—¿Tienes nueve años y te da miedo el ruido?

¿No estás ya muy grande para quejarte por eso?

—¿Eres tonta?

—le respondí, y le di un golpecito suave en la cabeza.

No me molestaba, pero era lo que siempre hacíamos.

—Jeje…

era broma —dijo ella, riéndose mientras se rascaba donde le pegué.

Me quedé un rato mirándola.

No sé por qué, pero ver sus ojos me hacía sentir bien, como si todo el ruido del patio desapareciera.

Era una sensación de paz muy bonita.

—¿Tengo algo en la cara?

—preguntó ella, ladeando la cabeza.

Miré hacia otro lado rápido.

Sentí que las mejillas se me ponían calientes y me dio mucha vergüenza.

No entendía por qué me pasaba eso, era muy raro.

—N-nada —dije apenas.

—Está bien.

Pero…

¿puedo pedirte un favor?

—Mmm, bueno —respondí.

Me puse a pensar qué querría.

¿A lo mejor otro helado?

¿O que la ayudara con la tarea?

Pero ella es más lista que yo, así que no creo que fuera eso.

Estaba un poco nervioso, la verdad.

—Si te pido que me acompañes al cine…

¿irías conmigo?

Me quedé callado.

Creo que mi cabeza se trabó del todo.

Sentí mucha, mucha vergüenza.

—¡Ay!

¡No me hagas repetirlo, Elian!

—me gritó ella al ver que no decía nada.

—L-lo siento…

pero no entiendo.

Va a ir todo el salón, no hace falta que yo vaya también.

—¡Que no es por eso, tonto!

—¡Ay!

¡¿Por qué me pegas?!

—protesté cuando me dio un manotazo.

—¿Es que no te das cuenta?

Tu mamá me dijo que te la pasas encerrado.

¡Te estoy pidiendo que salgas de tu cueva aunque sea un ratito!

Tenía los ojos brillantes, como cuando está muy decidida a ganar en algo.

Ya sabía que no me iba a dejar en paz si no le hacía caso.

—Ah…

si te digo que no, ¿qué vas a hacer?

—le pregunté, sabiendo que iba a perder.

—Entonces te obligo.

—Eh…

bueno, está bien.

Te acompaño.

Ella ladeó la cabeza otra vez, pero no sonrió.

Se veía un poco molesta.

—¿Y ahora qué pasa?

—pregunté con curiosidad.

—Si lo dices con esa voz de flojera, no me gusta.

¡Qué difícil eres!, pensé, pero no lo dije.

No quería que me pegara otra vez.

—Bueno…

yo…

¡Está bien!

¡Te acompañaré en tu súper aventura!

—dije con mucho entusiasmo y levanté el brazo como si hubiera ganado una carrera.

Amélie se me quedó viendo con una cara muy rara.

—No…

te sale muy mal hacer eso.

—No lo vuelvo a hacer…

—dije bajando la cabeza, sintiéndome un poco tonto.

—Jeje…

bueno, algo es algo —dijo ella al final con una sonrisa de las suyas.

Escuché cristales rompiéndose dentro de mi cabeza.

El sonido crecía de forma exponencial, astillando mis pensamientos con un ruido insoportable que amenazaba con fragmentar lo que quedaba de mi conciencia.

Entonces, el estrépito se apagó de golpe y desperté.

Lo primero que sentí fue el frío.

Era un frío gélido que se filtraba por mis poros y reactivaba el dolor en mi abdomen, mis costillas y mis brazos.

Fue ese dolor el que me trajo de vuelta a la realidad, recordándome que no estaba en el patio de la escuela, sino en una celda con sábanas rosas.

Abrí los ojos con lentitud.

Mi visión estaba empañada por una neblina de estática.

No quería levantarme; una parte de mí deseaba hundirse de nuevo en la inconsciencia para escapar de la pesadez de mis párpados.

Entonces, divisé una silueta sentada en el borde de la cama.

El dolor de cabeza era punzante, pero la presencia de un extraño hacía que quedarme acostado fuera un riesgo inaceptable.

Me incorporé despacio, sujetándome el cráneo con una mano como si intentara mantener las piezas en su sitio.

—Oh, despertaste.

—¿Eres…?

—Llevas unos cuarenta minutos durmiendo.

No está mal —respondió ella.

Era la misma chica.

Estaba allí, sentada con una postura insultantemente relajada, balanceando los pies con la despreocupación de quien espera a un amigo.

Observarla me provocó una punzada de ira; actuaba como si violar mi mente no hubiera sido nada.

—¿Por qué me enseñaste eso?

—logré articular.

—¿No querías verlo?

—me devolvió la pregunta, sin rastro de culpa.

—Ese no es el punto.

Ella desvió la mirada un instante, observando algún punto invisible en la habitación, y luego volvió a conectarse conmigo con una ligera sonrisa.

—¿Quieres volver ahí?

—¿Qué?

¿Tú puedes…?

—Detuve la ilusión porque me dio cosita —dijo, restándole importancia mientras jugaba con sus propios dedos—.

Casi lloras, jeje.

—No es gracioso.

No estaba para bromas.

Mi sistema estaba saturado y, aunque me sentía más calmado que antes, una corriente de molestia profunda vibraba bajo mi piel.

—Y…

¿ya no me quieres golpear?

—preguntó, inclinando la cabeza.

—¿Me das permiso para hacerlo?

—Eres libre de hacerlo.

Acepté el reto.

Tuve que gatear sobre el colchón para acercarme a ella.

Levanté mi torso con esfuerzo y alcé el puño.

Su rostro no cambió; mantenía una expresión neutra, casi desafiante, incluso cuando mi mano estaba a punto de impactar.

La golpeé.

Fue un golpe gentil, suave y deliberadamente delicado.

Mi puño cerrado simplemente reposó sobre su cabeza, un contacto que pesaba más por lo que significaba que por la fuerza empleada.

—Ah…

¿ese es tu golpe?

—dijo ella, mirando de reojo hacia mi mano.

—Sí.

—¿Eh…?

Creí que querías matarme.

—Ganas no me faltan —respondí, dejando caer el brazo—.

Pero no…

creo que no realmente.

Ella sonrió de forma sutil, un gesto casi imperceptible que suavizó sus facciones.

—Tu cara de asesino no va con tu gesto tierno —comentó, mirándome con una fijeza que me resultó incómoda.

Me alejé instintivamente.

No quería volver a tocarla.

Mi instinto de preservación me gritaba que cualquier muestra de amabilidad por su parte era una nueva forma de manipulación.

Mi expresión volvió a su rigidez habitual y supe que no cambiaría frente a ella.

Lo que hizo fue una humillación; invadió mi privacidad más absoluta y le faltó el respeto a la memoria de Amélie.

No importaba cuánto sonriera.

Antes que nada, debía descubrir cómo rayos funcionaba su habilidad.

Iba a obligarla a decirme la verdad por haber jugado conmigo, y sobre todo, por haber jugado con ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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