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El Archivo del Trauma - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - 45 Capítulo 45 El Estigma de las Rosas
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45: Capítulo 45: El Estigma de las Rosas 45: Capítulo 45: El Estigma de las Rosas Volví a la habitación después de un baño que, aunque necesario, no logró quitarme la sensación de suciedad interna.

Al cruzar el umbral, mis sospechas se confirmaron de inmediato: ella seguía allí, como si fuera una parte más del mobiliario de la celda.

—¿Terminaste de ducharte?

—Yo creo que sí —respondí, dejando que la ironía fluyera.

—Ajá…

Ese sonido.

Esa mirada maliciosa que me recorrió de arriba abajo…

Me sentí estúpido por haber aceptado sus condiciones.

En ese momento, mi mente analítica me gritaba que había cometido un error de cálculo social.

—Cállate…

—mascullé, desviando la vista.

—Te queda lindo.

Ella me sonrió de una manera que me revolvió el estómago.

No era una sonrisa de burla cruel, sino algo mucho peor: era una sonrisa de afecto.

Miré la ropa que llevaba puesta; era simple, demasiado simple, carente de cualquier refuerzo o utilidad táctica.

No era ropa para combatir, era ropa para existir.

¿Por qué demonios acepté?

La respuesta llegó de inmediato, amarga y lógica.

No tenía alternativa.

Las prendas que traía puestas estaban destruidas, reducidas a jirones de tela y polvo tras los últimos enfrentamientos; además, el olor a sudor y sangre comenzaba a ser un distractor para mis sentidos.

Esta ropa nueva, en cambio…

olía a rosas.

Un aroma dulce y persistente que se sentía como una invasión a mi espacio personal.

Qué afortunado soy…

¿verdad?

pensé, mientras el sarcasmo intentaba tapar mi humillación.

—No le veo lo lindo.

—Es verdad —concedió ella, levantándose con una agilidad felina—.

No es lindo.

Es tierno.

De nuevo esa sonrisa cálida, intentando abrirse paso a través de las grietas de mi armadura lógica hasta llegar a mi corazón.

No iba a permitirlo.

Cada vez que ella intentaba humanizarme, mi estabilidad vibraba en una frecuencia peligrosa.

En este lugar, ser tierno era lo mismo que estar muerto.

Ignoré su comentario sobre mi apariencia y desvié la conversación hacia un terreno más práctico.

—¿Eres tú mi compañera de habitación?

—pregunté, manteniendo la voz plana.

—Ah, sí.

Me senté en el escritorio que me correspondía, adoptando una postura rígida.

La observé con una fijeza quirúrgica, tratando de procesar cada microexpresión, cada movimiento de sus manos, cualquier detalle que pudiera categorizar para entender quién era ella realmente.

—La cama rosa de ahí es tuya, ¿verdad?

—Ajá.

—Por último…

tu habilidad —dije, dejando que la frialdad impregnara cada sílaba—.

¿Qué es exactamente?

Ella no respondió de inmediato.

Se sentó en su propio escritorio y, con un gesto parsimonioso, miró hacia el techo inclinando un poco la cabeza.

Parecía estar buscando las palabras exactas en un catálogo mental lleno de dudas.

Tras unos segundos que se sintieron como una eternidad, volvió a clavar sus ojos en mí.

—Veamos…

digamos que mi habilidad consiste en obligar a tu cerebro a proyectar aquello que más deseas.

Ese es el resumen más rápido que puedo darte.

—Entonces es por eso que yo pude ver a Amé— Me detuve en seco.

Sentí un escalofrío recorriéndome la nuca al darme cuenta de que casi me delataba yo mismo.

Estaba a punto de darle un nombre, una etiqueta, una debilidad que ella podría usar en mi contra.

—¿Qué pasa?

—preguntó ella, entornando los ojos con curiosidad.

—Dime algo —dije, tratando de recuperar mi tono clínico y neutral—, ¿tú puedes ver lo que proyecta tu habilidad?

¿Ves lo mismo que yo?

—No exactamente —respondió ella, mientras jugueteaba con un mechón de su cabello—.

No es como una película que puedo ver desde afuera.

Me tensé.

Mis dedos se cerraron sobre el borde del escritorio, esperando la confirmación de mi mayor temor: que ella hubiera visto su rostro, su sonrisa, su nombre.

—¿Entonces qué es lo que ves?

—insistí, bajando la voz.

—Solo percibo la intensidad de la emoción…

y sombras de lo que intentas hacer en tu cabeza —continuó ella, volviendo a mirar al techo—.

No veo tu película, pero veo tus reacciones.

Para mí, tú solo estabas ahí, arrinconado, estirando la mano hacia la nada con una cara de niño perdido.

Un niño perdido.

Esa descripción me golpeó más fuerte que el golpe que me había dado en el cuello.

Odiaba que pudiera leerme de esa forma, interpretando mis impulsos sin necesidad de escanear mi pulso o mi respiración.

—Pero cuando el aire se puso pesado…

—ella hizo una pausa y volvió a clavar sus ojos en los míos—, y vi que tu rastro emocional estaba a punto de quebrarse, supe que lo que sea que estuvieras viendo era demasiado real.

Tragué saliva.

Mi garganta se sentía seca, como si el polvo de las ruinas se hubiera quedado atascado allí, asfixiándome.

Ella no sabía quién estaba frente a mí, pero sabía perfectamente lo que me estaba haciendo.

—Por eso lo corté —concluyó ella con un susurro que no esperaba—.

Me dio tristeza verte así.

Sentí una punzada de rechazo inmediato.

Tristeza.

Una emoción inútil que no servía para reparar un sistema dañado ni para devolverme el control.

Ella no había visto el rostro de Amélie, pero había pesado mi dolor desde afuera como quien pesa un objeto inerte.

Saber que me había observado interactuar con el vacío, llorando por una sombra que solo yo podía ver, me hacía sentir mucho más desnudo que si me hubiera quitado la ropa.

—Me cuentas todo esto porque alguien te lo ordenó, ¿verdad?

Llegué por fin al meollo del asunto, al núcleo de mi desconfianza.

Activé todos mis sentidos, esperando un cambio en su expresión, que sus hombros se tensaran o que algún movimiento involuntario delatara su agenda oculta.

Pero no hubo nada.

Al contrario, permaneció tan inalterable como el concreto que nos rodeaba.

—Mmm, no —respondió con una naturalidad pasmosa—.

Nadie me lo ordenó.

Si te digo todo esto es porque me siento un poco culpable por haberle hecho eso a mi propio compañero de cuarto.

Solo por eso.

Analicé su rostro buscando la más mínima fisura, pero no pude detectar ninguna mentira.

No hubo titubeos, ni desvíos de mirada; sus ojos permanecieron fijos en los míos, transparentes y calmados.

Esa falta de malicia me resultaba más inquietante que una amenaza directa.

—Entonces eres tonta por revelarme tu habilidad tan pronto.

—No me importa que sepas qué puedo hacer —replicó ella, encogiéndose de hombros—.

Después de todo, tendrías que saberlo tarde o temprano.

—¿A qué te refieres?

—Bueno…

mañana verás cómo nos manejamos aquí.

No te preocupes; como compañera tuya que soy, y como tú eres el nuevo, mi deber es ser tu maestra.

—No me agrada la idea —respondí de inmediato, sintiendo una punzada de irritación.

La sola idea de que ella, la persona que acababa de desmantelar mi privacidad mental, fuera mi “maestra”, me resultaba insoportable.

Era un pensamiento desagradable que chocaba contra mi orgullo y mi necesidad de control.

En este lugar, el conocimiento era poder, y ella acababa de demostrar que tenía mucho más de ambos de lo que yo estaba dispuesto a admitir.

—Oye, ¿puedo saber tu nombre?

—preguntó ella de repente.

—Creo que ya te explicaron que yo sería tu compañero de habitación —respondí, tratando de mantener la distancia—.

Es seguro que habrás escuchado mi nombre por ahí.

—No.

No sé cómo te llamas.

Por eso te pregunto directamente a ti.

Me he topado con gente extraña en mi vida, pero esto estaba en otro nivel.

Como mínimo, lo que esperaría de alguien en su posición sería que intentara diseccionar mi habilidad para conocer mis límites.

¿Y en cambio me preguntaba por mi nombre?

O era muy astuta, o era rematadamente tonta.

Y no sabía por cuál de las dos opciones decantarme.

Si estaba aquí, era porque poseía algo que había llamado la atención de esos psicópatas.

Un pensamiento cruzó mi mente como una ráfaga: ¿estaría ella en la misma situación que yo?

Mis ojos la recorrieron rápidamente, en un escaneo visual involuntario.

Se veía en buen estado físico; vestía prendas sencillas, y su cama estaba decorada con colores llamativos que gritaban una paz que yo no sentía.

Incluso se había permitido el lujo de tener vestimenta masculina para regalármela.

—Oye, ¿qué tanto me ves?

—preguntó ella con una pizca de diversión.

—Nada…

—desvié la mirada de inmediato.

Solo a mí se me ocurría analizarla con tanta fijeza; en este contexto, mi escrutinio técnico podía malinterpretarse fácilmente.

La pregunta seguía flotando en el aire: ¿ella ya pertenecía a este lugar o había sido capturada y domesticada mucho antes que yo?

Pero, mientras me perdía en el laberinto de mis propios pensamientos, la puerta se abrió con un sonido seco y definitivo.

El hombre que había sellado mi destino entró en la habitación con la autoridad de quien es dueño de cada molécula de aire que respiramos.

Malrec estaba aquí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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