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El Archivo del Trauma - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - 46 Capítulo 46 Reloj de Sangre y Rosas
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46: Capítulo 46: Reloj de Sangre y Rosas 46: Capítulo 46: Reloj de Sangre y Rosas La chica y yo giramos al unísono.

Malrec estaba allí, apoyado en el marco de la puerta con la misma sonrisa de siempre; esa expresión que nunca alcanzaba sus ojos, pero que lograba tensar cada nervio de mi cuerpo.

—¿Cómo estás, muchacho?

—preguntó, con un tono peligrosamente afable.

—Qué raro que me preguntes eso.

Usualmente no hablas así —respondí, sin ocultar mi desconfianza.

Se acercó a paso calmado, como un depredador que no tiene prisa porque sabe que su presa no tiene adónde ir.

De pronto, puso una mano sobre mi hombro.

La presión fue instantánea y asfixiante; su aura gris se filtró a través de la tela de mi ropa nueva, pesando como el plomo.

—Así es.

Pero ya que serás nuestra herramienta, debo tratarte con algo de delicadeza, ¿no crees?

—Supongo…

De repente, retiró la mano y me propinó un golpe leve, casi burlón, en la cabeza.

—¡Jajaja!

¿A quién pretendo engañar?

Nadie trata con delicadeza a una herramienta.

¿Debía habérmelo esperado?

Sí.

No había ninguna razón lógica para concederle el beneficio de la duda a este tipo.

Elian, recuerda: para él, no eres una persona, eres una inversión.

Se alejó unos pasos y nos barrió a ambos con una mirada calculadora.

—Escuchen, digamos que hubo un adelanto en los acontecimientos.

—¿A qué se refiere?

—preguntó la chica.

—A decir verdad, han pasado cosas…

no muy buenas.

Como sea, saldremos en dos horas.

Prepárense.

Los quiero ver afuera puntualmente, ¿oyeron?

—Espera —lo interrumpí—.

No hay relojes en este mundo.

Es difícil calcular el tiempo si solo estoy metido aquí dentro.

Era una verdad a medias.

Gracias al entrenamiento que tuve con mi madre, era capaz de calcular el paso del tiempo con precisión mecánica sin necesidad de un reloj, pero dije eso con una sola intención: quería saber cómo se orientaban ellos en este eterno limbo gris.

Malrec soltó una risa seca y burlona.

Sabía que disfrutaba de esos pequeños momentos en los que podía recordarme mi ignorancia; era su forma de mantenerme bajo su bota.

—Niño, ¿acaso no sabes cómo identificar el cambio de los ciclos?

Me pareció haber oído esa palabra antes, perdida en algún rincón de mi memoria, pero no lograba recordar quién la había mencionado.

En cualquier caso, no podía darme el lujo de ignorar la información que este hombre estaba soltando.

—Pues no —respondí con sequedad—.

¿Qué es eso de los ciclos?

Malrec no me respondió directamente.

En su lugar, ladeó la cabeza y volteó a ver a la chica, dándole espacio para que se hiciera con el escenario.

Ella soltó un suspiro largo, pero no se levantó.

Se limitó a señalar hacia el techo, hacia las capas de tierra y concreto que nos separaban de la superficie.

—Aquí abajo el tiempo no existe —explicó ella, manteniendo su calma habitual—.

Pero el mundo gris ahí arriba respira.

Lo llamamos la Marea.

Cuando la niebla se vuelve ligera, el ciclo de actividad comienza.

Pero cuando el aire se siente denso, el frío se vuelve insoportable y el gris se oscurece hasta parecer petróleo…

eso es la Marea Alta.

Malrec asintió con un espasmo de satisfacción, como si la explicación le causara un placer casi físico.

—Exacto —interrumpió él, su voz subiendo un octavo de tono—.

Es el fin del ciclo.

El momento en que la presión aplasta a los débiles.

Y según mis cálculos, la marea bajará en dos horas.

Ese será nuestro momento para salir a jugar.

—¿Entonces…

qué significa que la marea baje?

—pregunté, tratando de unir las piezas de este rompecabezas climático.

Malrec se detuvo en seco.

Su sonrisa se crispó por un segundo, revelando una chispa de irritación pura en sus ojos.

Me miró como si acabara de preguntarle si el agua moja.

—¿Eres tonto?

—soltó una carcajada que sonó más como un ladrido—.

Significa que la presión de la niebla disminuye.

Significa que el aire deja de intentar colapsar tus pulmones y que las criaturas de la Marea Alta regresan a sus agujeros.

—Sigo sin entender —solté con una calma fingida.

En realidad, lo entendía perfectamente, pero quería molestarlo.

Quería ver cuánto tardaba en resquebrajarse esa máscara de superioridad.

Fue un movimiento arriesgado; pinchar a un hombre que te ve como un objeto puede terminar en un desastre, pero necesitaba medir su paciencia.

Malrec se detuvo en seco.

Su mandíbula se tensó y se inclinó hacia mí con una brusquedad que me obligó a contener el aliento.

Invadió mi espacio personal, trayendo consigo ese aroma a estática y peligro que emanaba de su presencia inestable.

—Significa que la visibilidad aumenta lo suficiente como para que podamos movernos sin chocar contra una pared…

o contra algo peor —siseó, su voz vibrando con una irritación contenida—.

En dos horas, el mundo de allá arriba se vuelve transitable.

Por eso saldremos entonces.

¿O necesitas que te lo dibuje con sangre?

Se enderezó de golpe, sacudiéndose las manos con un gesto de asco, como si el simple hecho de estar cerca de mi ignorancia lo hubiera ensuciado.

—Creo que ya entendí —concluí, dando por terminado el juego de provocación.

—Bien.

Entonces los veo arriba en dos horas.

Adiós.

Malrec se dio la vuelta y se alejó con esa elegancia errática suya.

La puerta se cerró detrás de él con un estruendo metálico que pareció sellar el aire de la habitación, dejándonos de nuevo a solas en aquel cubo de concreto.

—Me voy a dormir un ratito.

Levántame en dos horas —dijo ella con total naturalidad, mientras comenzaba a trepar hacia su litera.

—Oye, oye.

No te duermas ahora —la interrumpí, incrédulo—.

No es un buen momento para… —¿Y qué sugieres que hagamos?

—me cortó ella, asomando la cabeza por el borde de la cama con una calma que me desarmó.

—Ah.

Pues…

tienes un punto.

No teníamos equipo que revisar, ni un mapa que estudiar, ni aliados con los que conspirar.

Solo teníamos tiempo.

La chica se acomodó, tirando de las sábanas rosas hasta cubrirse los hombros.

—Levántame, ¿sí?

No querrás que Malrec venga a buscarnos personalmente.

—Ahh…

está bien —respondí a regañadientes.

Era una chica exasperante.

No me agradaba; su ligereza me parecía un insulto a la gravedad de nuestra situación.

Sin embargo, mientras cerraba los ojos, su rostro recuperó esa expresión de serenidad absoluta que parecía invitar a la confianza.

Obviamente, no iba a caer en esa trampa.

En mi mundo, la confianza era un lujo que se pagaba con sangre.

Me quedé sentado en el escritorio, escuchando el ritmo pausado de su respiración.

Durante las próximas dos horas, ella dormiría mientras yo me dedicaría a lo único que sabía hacer: procesar.

—Ah…

—dejé escapar un suspiro que resonó en las paredes desnudas—.

Esto va a ser un problema.

Tenía que pensar en cada paso.

Mi nueva vida, mi nuevo hogar, mi nuevo rol como herramienta.

Todo esto era una construcción ajena, una jaula diseñada por psicópatas que olía a rosas y a muerte.

Pero mientras ellos veían en mí un activo, yo veía una oportunidad de reconocimiento.

Observaría, aprendería sus ciclos y memorizaría sus fallos.

Todo esto debía terminar.

No sabía cuánto tiempo estaría encerrado en este limbo gris, pero una cosa era segura: cuando las puertas se abrieran en dos horas, no saldría solo una herramienta de Malrec.

Saldría alguien buscando el hilo suelto que hiciera colapsar todo este lugar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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