El Archivo del Trauma - Capítulo 47
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47: Capítulo 47: Activos de Repuesto 47: Capítulo 47: Activos de Repuesto Sé que he dicho que siempre hace frío.
Pero esto es un chiste.
Hace mucho más frío aquí fuera que en las celdas del refugio.
Este aire gélido no se limitaba a rodearme; parecía tener dedos que atravesaban mi piel para tocar mis huesos directamente.
Era una sensación terrible, una advertencia física de que el mundo exterior ya no nos pertenecía.
—Suban.
Llegaremos en unas dos horas —ordenó Malrec, su voz saliendo como un rastro de vapor gris.
Éramos cinco: Malrec, la chica de la habitación, ese tal Niro, otro chico cuyo nombre no me interesaba y yo.
El vehículo era una reliquia, una mole de metal viejo que chirriaba bajo el peso de las modificaciones.
Aunque el espacio era reducido, logramos entrar.
Malrec tomó el volante con una familiaridad inquietante; el otro chico se sentó de copiloto, dejando el asiento trasero para los activos.
Los demás nos apretujamos atrás.
El motor tosió antes de rugir con un sonido gutural, y nos pusimos en marcha.
A través de la ventana, observaba cómo la neblina se agitaba.
No era tan espesa como en la Marea Alta, pero el siseo que producía al chocar contra el metal del coche me erizaba la piel.
Era el sonido de la estática intentando devorar la realidad.
Aun así, era una frecuencia que todavía podía controlar.
A lo lejos, sin embargo, la bruma se cerraba como un muro sólido.
Me pregunté qué ocurriría si nos internábamos ahí sin el equipo adecuado.
Seguramente, dejaríamos de existir antes de tocar el suelo.
Niro comenzó con sus juegos, murmurando idioteces, mientras que mi compañera de habitación se limitaba a recostar la cabeza contra el cristal, aparentemente durmiendo.
¿Acaso no se cansaba de dormir?
¿O era su forma de escapar de este infierno?
Da igual.
Mi mente no estaba en ella.
Solo podía repasar la realidad de mi situación: ahora no era más que un niño secuestrado por adultos.
La pregunta me golpeaba las sienes con cada bache del camino: ¿Mi entrenamiento con Marcus no sirvió de nada?
¿O es que estos sujetos estaban en una escala de poder que yo ni siquiera podía comprender?
La impotencia me invadió como un veneno.
Si hubiese entrenado más, si hubiera sido más rápido, más fuerte…
tal vez las cosas serían diferentes.
No, ¿a quién quiero engañar?
Vencieron a Marcus como si fuera un estorbo.
Era imposible que yo pudiera haber hecho algo.
Pero lo que realmente me quemaba por dentro era Valieth.
La supuesta guerrera fría, la mujer que me moldeó con mano de hierro, no había movido ni un músculo para evitar esto.
Qué decepción.
Su silencio fue la traición más pesada de todas.
A pesar de todo, una parte enferma de mí quería regresar al refugio.
Estos sujetos, por fuertes que sean, son psicópatas.
Al lugar donde voy, quién sabe qué horrores me esperan.
Cómo viviré, qué tendré que hacer…
todas esas preguntas resultaban innecesarias cuando tu concepto de vida se reducía a tu valor como herramienta.
Espero poder salir de aquí y volver algún día.
Pero la lógica me abofeteaba: no tengo idea de dónde estoy.
No sé qué tan lejos estamos del refugio ni en qué dirección se mueve este carruaje fúnebre.
No tengo forma de volver; si intento escapar solo, terminaré muerto en una cuneta de píxeles y frío.
Quiera o no, dependo de estos sujetos.
Por ahora, no tengo otra opción más que obedecer y esperar el fallo en el sistema.
Apoyé la cabeza en el cristal frío, sintiendo la vibración del motor en mis dientes.
Solo quedaba esperar a llegar a mi destino.
A mi nueva y absurda vida.
El traqueteo del coche se detuvo de golpe.
El silencio que siguió fue casi doloroso después de dos horas de rugido de motor y siseo de estática.
No nos habíamos detenido por un fallo; el camino simplemente se había rendido ante unos portones de hierro negro que cortaban la niebla como cuchillos.
—Bajen.
Y controlen sus caras, especialmente tú —dijo Malrec, señalándome con un gesto seco de la cabeza sin mirarme—.
No quiero quejas, ni preguntas.
Solo silencio.
Bajé del vehículo, sintiendo cómo mis piernas flaqueaban un poco por la vibración constante del viaje.
El frío seguía ahí, pero el paisaje era un insulto.
Frente a nosotros se alzaba una hacienda.
Era una construcción imponente, de muros altos y blancos que parecían haber sido arrancados de otro tiempo y pegados aquí a la fuerza.
No había rastro de la erosión digital que devoraba el resto de la ciudad.
Mientras caminábamos hacia la entrada, sentí una mano en mi hombro que me obligó a frenar un poco.
Era Niro.
Por primera vez, su sonrisa burlona había desaparecido.
—Escúchenme bien —susurró Niro, mirando de reojo la espalda de Malrec—.
Ya he estado aquí antes.
No hablen si no les preguntan, no miren a los guardias a los ojos y, sobre todo, no toquen nada.
El Administrador odia las manchas en su realidad.
Si valoran sus lenguas, manténganlas quietas.
Tragué saliva.
Que incluso alguien como Niro estuviera tenso decía más de este lugar que cualquier descripción de Malrec.
Cruzamos el umbral y el lujo me golpeó.
Suelos de mármol, techos altos y hombres armados con uniformes impecables que nos miraban como si fuera ganado recién llegado del matadero.
Las puertas dobles al final del pasillo se abrieron.
Estábamos en el centro del tablero.
Estábamos ante el hombre que poseía nuestras vidas.
—Oh, finalmente llegaron.
La voz pertenecía al hombre que nos esperaba al fondo de la estancia.
No gritaba, pero su tono tenía una autoridad gélida que parecía llenar cada rincón de la sala.
—Traje a los activos —respondió Malrec, dejando de lado su tono rudo para adoptar uno más profesional, casi servil.
La figura nos recorrió con la mirada.
Apenas fueron unos segundos, pero sentí como si me estuvieran escaneando el alma, buscando una grieta o un fallo de fabricación.
Sin decir palabra, hizo una señal imperceptible para que lo siguiéramos.
Malrec asintió y nos empujó a avanzar.
Mientras caminábamos por pasillos que olían a cera de muebles caros y a ozono, aquel hombre comenzó a hablar sin detenerse.
—Iré directo al grano.
Hemos tenido algunos inconvenientes en la ciudad del sur.
El grupo cinco fue neutralizado; los tomaron como rehenes.
Tengo esta información porque solo uno de ellos logró arrastrarse de vuelta para contar el incidente antes de expirar.
—Y…
quiere que nosotros vayamos, ¿cierto?
—intervino Malrec.
—Así es.
Obtendrás tu recompensa por este trabajo extra.
Los llamé a ustedes y al grupo dos porque, sobre el papel, son los mejores.
Por favor, no mueran; el equipo de limpieza odia recoger cadáveres en territorio hostil.
Yo ni siquiera terminaba de procesar lo que decían.
¿Ciudad del sur?
¿Rehenes?
No tenía el valor ni la información necesaria para abrir la boca, pero, al parecer, alguien más sí lo tenía.
—¿Puedo saber por qué su “grupo cinco” fue a la ciudad del sur en primer lugar?
—La voz de mi compañera de habitación cortó el aire como un cuchillo.
Me quedé helado.
El hombre ni siquiera se volteó al escucharla.
Tenía un valor suicida para hablar así, considerando que hace apenas unos minutos nos habían advertido que el silencio era la única regla de oro.
—Jaja.
Bueno —el hombre soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor—.
Se supone que irían a traer mercancía, pero había demasiados enemigos.
El cálculo falló.
—¿Entonces nos quiere mandar a nosotros, unos “reclutas novatos”, directo a la boca del lobo?
Me parece una misión suicida —sentenció la chica.
Me tensé tanto que los tendones de mi cuello crujieron.
Estaba demente.
Tenía que estarlo.
¿Por qué carajos decía eso delante del tipo que controlaba nuestra existencia?
Esta chica iba a hacer que nos ejecutaran allí mismo, sobre el mármol impecable, antes de que tuviéramos siquiera la oportunidad de salir a morir en una misión.
Malrec se detuvo en seco y se volteó.
Su mirada era fulminante, una promesa silenciosa de que, si el Administrador no la mataba, lo haría él en cuanto estuviéramos a solas.
El Administrador, sin embargo, se detuvo frente a un gran ventanal que daba a un jardín de estática gris y sonrió de medio lado.
La tensión en la sala era tan espesa que casi podía verla.
—No te preocupes —dijo el Administrador, restándole importancia con un gesto—.
El grupo dos, liderado por Morwyn, ya está en camino hacia el sur.
¿Morwyn?
No tenía ni idea de quién era, pero el nombre pareció flotar en el aire con un peso propio.
—El grupo dos es, ciertamente, más fuerte —continuó el hombre—.
Morwyn, por sí solo, podría deshacerse de toda esa basura, ¿no es así, Malrec?
—Se giró hacia él con una sonrisa leve, casi imperceptible, grabada en el rostro.
—Ja.
Pues tienes razón —admitió Malrec, aunque su tono ocultaba una pizca de envidia.
—Jeje, creo que entiendo —soltó Niro por lo bajo.
Me pregunté por qué Niro diría eso.
Yo me sentía completamente perdido; todos habían pronunciado al menos una palabra, marcando su territorio.
Yo, por mi parte, prefería ser una sombra, un error en la matriz que nadie notara.
—Bien, partirán en quince minutos.
Mientras tanto, los invito a un trago.
En ese momento, sus ojos se clavaron en mí.
Me miró de reojo, con una curiosidad analítica que me hizo sentir desnudo.
—Mmm, pareces joven.
¿Cuántos años tienes?
Maldición.
Mi plan de pasar desapercibido falló rotundamente.
Por la estupidez de un trago de cortesía, me veía obligado a revelar información.
Aunque, conociendo a este tipo de hombres, me pareció que lo hacía a propósito.
—Ah…
¿de qué edad le parezco?
—respondí, devolviéndole la bola con cautela.
—Veamos…
pareces un joven adulto o un adolescente.
Aunque es raro ver adolescentes que sobrevivan en este mundo.
Entonces…
¿eres un joven adulto?
Con que quería jugar a eso.
Nada mal.
No iba a darle una respuesta masticada.
—Puede considerarme uno, si le parece lo mejor para la misión —contesté con una frialdad que no sabía que poseía.
—Oh, qué respuesta.
Eso me hace pensar que no eres tan joven de mente.
Sentí el peligro.
Una pregunta trampa.
Si no fuera por las lecciones de mi madre, habría caído de cabeza en su red.
Decidí devolvérsela.
—Me halaga, pero estoy aquí para servirle, nada más.
Usted debe ser la cabeza de todo esto, ¿verdad?
—Supongo —respondió él, entrecerrando los ojos—.
¿Tú qué crees?
—Creo lo obvio.
Me duele la cabeza si me pongo a pensar demasiado en jerarquías —concluí, manteniendo la mirada lo justo para no parecer desafiante, pero tampoco sumiso.
El tipo me observó en silencio por un momento eterno.
Por un segundo, creí que se había enojado y que mi cabeza rodaría por el mármol.
Pude ver de reojo a Malrec; estaba impactado, casi pálido.
Era normal: me había puesto a jugar dialécticamente con el hombre más peligroso de la habitación.
Lo siento, Malrec, pero la curiosidad por desmantelar la mente de este sujeto me ganó.
De repente, el hombre soltó una carcajada y me rodeó el hombro con el brazo, atrayéndome hacia él.
—¡Jaja!
Me caes bien, chico —dijo con una sonrisa que apestaba a falsedad.
—E-es un privilegio…
—logré decir, intentando no arrugar la nariz.
Quería que me soltara.
Olía a un alcohol caro y fuerte que me mareaba.
Sin embargo, el contacto sirvió de algo: empecé a entender su psicología.
Es un hombre que se aburre del poder y busca chispas de resistencia.
No importaba cómo, pero debía sobrevivir al asedio de esta misión.
Ya tenía algo en mente.
Un plan que empezaba a formarse entre la estática de mi cabeza.
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