El Archivo del Trauma - Capítulo 48
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- Capítulo 48 - 48 Capítulo 48 Piezas en el humo
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48: Capítulo 48: Piezas en el humo 48: Capítulo 48: Piezas en el humo Después de un viaje en un vehículo considerablemente mejor que el anterior —uno que no chirriaba con cada bache—, habíamos llegado a los límites de la ciudad.
—Está desértico…
—murmuré, casi para mí mismo.
El lugar no solo estaba vacío; parecía que la existencia misma se había retirado de aquellas calles, dejando solo el cascarón de lo que alguna vez fue una zona vibrante.
—Según la ubicación, debemos avanzar un poco más a pie.
En diez minutos estaremos en el punto —dijo Niro, consultando un dispositivo que emitía una luz azulada y mortecina.
—Bien.
Dejaré el auto aquí —sentenció Malrec, apagando el motor—.
A partir de este punto, no podemos hacer ni el más mínimo ruido.
Sentí un toque ligero en mi brazo.
Al girarme, vi al chico cuyo nombre seguía siendo un misterio para mí.
Estaba señalando con el dedo hacia una estructura que se alzaba a lo lejos.
—¿Allá?
—pregunté, siguiendo la dirección de su mano.
Él asintió con un movimiento seco.
Mis ojos se clavaron en un edificio que parecía sostenerse por puro milagro; su estructura estaba tan dañada que daba la impresión de que un suspiro lo derrumbaría.
Al principio, no vi nada.
No detecté vibraciones en el suelo, ni pasos, ni respiraciones ajenas a las nuestras.
Sin embargo, justo cuando iba a apartar la vista, percibí un leve movimiento a varios metros de nosotros.
Fue apenas un parpadeo en mi rango de visión, algo que no encajaba con la estática del entorno.
No le di importancia; en este mundo, la mente te juega malas pasadas constantemente.
Pudo haber sido cualquier cosa: un trozo de hormigón cayendo o un fallo en mi propia percepción.
Me fijé en el chico.
Tenía una mirada inexpresiva, como si estuviera hueco por dentro.
Me pregunto qué edad tendrá alguien que se veía tan desgastado por el Archivo.
—Oye, una consulta —le susurré—.
¿Cuántos años tienes?
No dijo nada.
En su lugar, movió las manos con una agilidad sorprendente.
Tuve que concentrarme y seguir sus dedos para entender el gesto: tenía veintidós años.
—Ah…
¿no puedes hablar?
—pregunté, sorprendido.
Negó con la cabeza.
Un guerrero mudo en un mundo que se rige por frecuencias y sonidos.
Qué extraño.
¿Sería una consecuencia del trauma o una elección propia para sobrevivir?
—Oigan, dejen de jugar.
Vengan rápido —nos siseó Malrec, que ya se había adelantado unos metros, oculto tras la sombra de un camión volcado.
El tiempo de las preguntas se había terminado.
Nos desplegamos en formación de rombo.
Mientras Malrec vigilaba el frente, Niro cubría la derecha y la chica la izquierda; el sujeto de veintidós años y yo nos encargamos de vigilar la retaguardia.
Éramos los ojos en la espalda del grupo.
Avanzamos centímetro a centímetro, tragándonos el ruido de nuestras propias botas.
Sin embargo, a medida que nos acercábamos al objetivo, empecé a escuchar sonidos extraños.
Pequeños chasquidos, siseos metálicos que no provenían de nosotros.
La paranoia empezó a trepar por mi columna vertebral.
¿O tal vez era algo más?
Miré mi muñeca por un segundo.
Mi índice de estabilidad había subido al 59%.
Estaba recuperando la lucidez, pero eso era un arma de doble filo.
¿Lo que escuchaba era una amenaza real que mis sentidos ahora sí podían detectar, o eran los últimos estertores de mi mente fracturada?
Al final, la cifra seguía ahí, estancada en el 59%, recordándome que todavía estaba a un paso del abismo.
Tras una lucha interna contra mis propios nervios, logramos situarnos a solo un edificio de distancia de nuestro destino.
—Bien.
Solo un poco más y— El mundo estalló.
Malrec no pudo terminar la frase cuando un vehículo que nos servía de cobertura no solo voló por los aires; se convirtió en una lluvia de metralla y fuego que desgarró el silencio de la ciudad.
El impacto nos obligó a retroceder de golpe, con los oídos zumbando y los pulmones llenos de humo.
De entre las llamas y la distorsión, una figura se alzó con una calma aterradora.
—Llegaron —pronunció una voz desconocida, filtrada por la máscara de alguien que no pertenecía a este lugar.
—¡Ja!
¡Al final decidieron salir de su cueva!
—gritó Malrec, recuperando el equilibrio con una rapidez inhumana.
¿Qué había pasado con el sigilo?
Al demonio con todo.
Nos habían estado esperando desde el primer segundo.
Éramos nosotros quienes habíamos caminado directo a su red.
El sujeto se paró sobre el chasis retorcido de un camión, mirándonos desde las alturas mientras el fuego proyectaba sombras alargadas y grotescas sobre el asfalto.
—Supongo que ustedes son el siguiente grupo —dijo el desconocido, con una indiferencia que me heló la sangre.
—Entonces nuestros amigos…
¿dónde están?
—preguntó Niro.
—No responderé.
Los mataré rápido; eso es todo lo que obtendrán de mí.
—Malrec…
—intenté hablar, con la garganta seca.
Sentí un asco profundo al tener que pronunciar su nombre, pero en este momento, mi captor era lo único que se interponía entre la muerte y yo.
La vulnerabilidad era un peso físico.
—¿Qué quieres?
—me espetó Malrec sin mirarme—.
¿No ves que estoy a punto de jugar con este tipo?
Mientras hablaba, un aura gris, densa y cargada de estática, comenzó a rodear sus puños.
Una sonrisa de pura satisfacción maníaca se dibujaba en su rostro.
Malrec no estaba asustado; estaba hambriento.
— ¿Crees poder reducir ese camión a cenizas?
—le pregunté, manteniendo la voz lo más firme posible.
—¿Eh?
¡Claro que sí!
¿Por qué rayos me preguntas eso?
Preferiría que no gritara.
Es cierto que ya nos habían detectado, pero llamar la atención para que más enemigos se acerquen a ver el espectáculo era una molestia innecesaria.
—Para que lo explotes de una vez —respondí seco.
Malrec se volteó a verme con una expresión extraña; por un segundo, creí que me mataría ahí mismo.
—¿Por qué le haría caso a alguien más débil que yo?
¿Eres tonto?
Esto iba a ser un problema.
Pero en este mundo, siempre hay que extraer lo que mejor te sirva de cada palabra.
Su orgullo era mi palanca.
—¿Terminaron de hablar?
—interrumpió el sujeto sobre el camión, impaciente.
—¡Déjame terminar con el niño!
¿O es que tienes prisa por morir?
—le espetó Malrec sin mirarlo.
—No me interesan tus diálogos absurdos.
—¡¿Qué dijiste?!
El aura gris envolvió por completo sus puños mientras Malrec se ponía en pose de combate.
Su inestabilidad era su mayor debilidad, y mi mejor herramienta.
—Malrec.
Creo que ese tipo es superior a ti —solté, como quien lanza una cerilla a un charco de gasolina.
—Estás loco si piensas eso.
Vas a ver cómo me lo devoro y juego con él.
Si lo decía en ese orden, una imagen grotesca se me venía a la mente, pero no era momento para el asco.
—Entonces debes golpear lo que lo mantiene en equilibrio —insistí—.
Es decir…
lo que está justo debajo de él.
—¡Cállate!
¡Tú solo quieres que haga explotar esa basura de camión!
—¿Entonces es que no puedes?
—¡Ya te dije que sí puedo!
—Pues no me lo has demostrado.
Creo que me estás mintiendo —dije, sintiendo un terror absoluto.
Este tipo estaba tan desquiciado que podría haberme atacado a mí en lugar de al enemigo.
Por suerte, su necesidad de validación fue más fuerte que su ira hacia mí.
—¡Te demostraré que un crío no puede hacerme de menos!
Gritó mientras se lanzaba, pero no contra el hombre.
En su lugar, descargó un golpe devastador contra el núcleo del vehículo, haciéndolo estallar en una llamarada masiva.
El enemigo tuvo que saltar, retrocediendo por la onda de choque.
—¡¿A dónde crees que vas?!
—rugió Malrec, aprovechando el aire para propinarle un golpe que lo mandó directo al suelo.
Aprovechando el caos, el fuego y la cortina de humo negro que habían creado el auto y el camión, me giré rápidamente y tomé de la mano a la chica.
—Oye, ¿qué haces?
—preguntó ella, confundida.
—No preguntes, solo sígueme.
Para mi suerte, no opuso resistencia y se dejó arrastrar.
Pero Niro no iba a estar de acuerdo con esto.
—¡Niño!
¡No te separes!
—gritó desde la retaguardia.
—Tranquilo, yo terminaré la misión —le respondí sin mirar atrás—.
Sé mi escudo, por favor.
Niro se detuvo en seco.
El joven mudo no hizo ningún movimiento, simplemente nos observó con esos ojos vacíos.
Podía sentir sus rostros de sorpresa, pero me daba igual.
A las malas había aprendido que, aunque quiera llorar, aunque tenga un miedo que me paralice, tengo que usar lo que me dejó mi madre.
Es lo único que tengo.
Al final, aquel entrenamiento inhumano y crudo sirvió de algo.
—¿A dónde vamos?
—preguntó la chica mientras corríamos entre escombros.
—Nuestra próxima parada es…
el final de esta misión.
Nos adentramos en un edificio en ruinas, dejando atrás el sonido de los golpes de Malrec y las explosiones, preparándonos para encontrar a los rehenes.
O lo que quedara de ellos.
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